Una corrida para los toreros de Sánchez de Neira

por | 12 May 2011 | Temporada 2011

MADRID. Tercera de feria. Casi lleno. Toros de José Escolar, bien presentados y agresivos de pitones, que presentaron muchas dificultades. Rafael Rubio “Rafaelillo” (de violeta y oro), pitos y pitos. Fernando Robleño (de grana y oro), palmas y palmas. Alberto Aguilar (de azul cobalto y oro), silencio y silencio. Después del paseíllo se guardó un minuto de silencio por las víctimas del terremoto de Lorca (Murcia). La corrida duró una hora y tres cuartos.
 
Corrida dura donde las haya la que ha traído a Las Ventas don José Escolar. Ya imponían un respeto sólo con su trapío, agresivo y contundente. Pero cuando daban las dos primeras carreras, ya dejaban su tarjeta de visita: daban más regates que Ronaldo en un partido inspirado. Corrida para ser lidiada sobre las piernas y matarlas con desahogo, no para intentar naturales de alelí. Mi única duda es si al primero de la tarde se le da un puyazo más y si su matador no le recorta tanto la embestida en el inicio de faena, hubiera podido dar un mejor juego. Pero se trata de una duda bastante escolástica, más que nada por los gañafones que tiraba.
 
Tengo para mí que esto de las corridas duras tiene más aquel de lo que uno puede pensar de primeras. Importante es, desde luego, el tipo de toro que va a saltar al ruedo. Pero no es baladí una circunstancia demasiado frecuente: frente a ese toro agresivo con el que malamente se puede andar, unos sectores del público acaba tomando partido por el toro. Sin ir más lejos así ocurrió en esta tercera del abono isidril.
 
Tocarle las palmas en el arrastre a toros como los que han salido a Las Ventas, no es ya una mortificación añadida al torero; en sencillamente una notable ausencia de criterio y buen sentido. Pues esto, que es tan claro, ocurre. Lo dicho, además de injusto, es muestra de una insuficiencia alarmante de sentido taurino, porque una cosa es que un toro salga comiéndose a quien se ponga delante y otra completamente distinta es que tal agresividad sea signo de bravura, de raza.
 
Mientras veía esos despropósitos no se me iba de la cabeza el célebre tratado de Sánchez de Neira, un clásico de la literatura de toros, cuando a la hora de definir al torero le bastaban muy pocas palabras: el torero es –viene a escribir— un hombre esforzado. Los que han hecho en esta ocasión, pero también en casi todas las demás en las que se ajustan la taleguilla, el paseíllo responden al pie de la letra a la idea de Sánchez de Neira. Y sólo por eso ya merecen una consideración, esa consideración que esta tarde ha faltado en muchos momentos.
 
Y como alguien tenía que pagar los platos rotos, en esta ocasión le tocó al honrado Rafaelillo, al que unos sectores de la Plaza le pitaron con fuerza en sus dos toros y al que se despidió con bronca. No era para tanto. Más condescendientes se mostraron con Robleño –enormes sus lances de recibo al segundo de la tarde– y Aguilar.
 
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Taurología

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