Un toro espectacular y Javier Castaño salvan la tarde

por | 30 May 2012 | Temporada 2012

MADRID, 30 de mayo de 2012. Vigésima de feria. Tres cuartos de plaza holgados. Toros de Carriquiri, muy desiguales de presentación –4º y 5º cinqueños– y deslucidos, salvo el 6º. Carlos Escolar “Frascuelo” (de marfil y oro), silencio y silencio. Ignacio Garibay (de barquillo y oro), silencio y silencio tras aviso. Javier Castaño (de marino y oro), palmas y vuelta al ruedo.

Los carriquiris que trajo a Madrid don Antonio Briones, dicho quedó en la reseña precedente, tenían una muy desigual presentación. Desde los dos armarios que cerraron la corrida a otros menos rematados. Los cinco primeros fueron casi gemelos: dóciles y con las fuerzas justas, pero sin raza. Quizás se puede salvar al 2º, al que masacraron de tal forma en el caballo que llegó exánime al último tercio.  Y luego el sexto, que salvó la tarde.  En efecto, sin  este “Flamenco”, y sobre todo sin el empeño de Castaño, la tarde ganaderamente  habría pasado con más pena que gloria, como la mayoría de las que nos hemos echado al coleto.

El bueno de “Flamenco” era un armario, pero en este caso de los de tres cuerpos. Y para qué andar con rodeos: era manso y le costaba un mundo humillar. En los primeros compases permitía pensar que había llegado la hora de dar por finiquitada la tarde, aburridísima y plúmbea tarde. Pero hete aquí que Javier Castaño, que anda sobrado por todos los costados, se empeñó en lucirlo en el caballo.  Adelantemos que siempre salió suelto y sin emplearse de la suerte, pese al buen oficio de Tito Sandoval. Pero, en cambio, se arrancaba con alegría y buen galope. Hasta por cuatro veces lo hizo, la última desde los mismos medios. Todo un espectáculo y, además, inusual, que llegó mucho a los tendidos. Aquello ya parecía otra cosa.

Luego con la muleta tenía los pases justos y ni uno más; de verdad de verdad, la mitad de los que trató de enjaretarle Castaño. No era un animal rebosante de clase, pero en las primeras series con la derecha el torero pudo gustarse. Y con el público a favor, prolongó el trasteo ya con más desigual resultado, hasta el meritorio arrimón final. Media y un descabello fueron el prólogo a una vuelta al ruedo que recompensaba su generosa actitud. Con un premio añadido relevante: la gente salió de la plaza hablando de él y de su próximo compromiso con la corrida de Cuadri.

Ya con el tercero Castaño había dejado su tarjeta de visita, entre la complacencia del personal. Dentro de lo que era permitido por las condiciones del toro, dejó claro que no había venido a Madrid precisamente de excursión.

Cubría esta tarde su cita anual con Las Ventas el veterano “Frascuelo”. Con ninguno de sus dos toros tuvo opción alguna, salvo para dejar su sello añejo y torero en lo poco que se podía hacer. Mató la corrida sin agobios.

Por su parte, Ignacio Garibay cerraba las comparecencias mexicanas en el ciclo ferial. Tuvo un toro que, sin el ataque de las caballerías, ofrecía posibles para el triunfo, aunque fuera sosote; pero tal como le hicieron la suerte de picar, aquello era un imposible. Insistió con el  quinto, un tal “Letrado”, un cinqueño camino de los seis, que por lo que cuentan es conocido de esta plaza: ya estuvo el año pasado en los corrales, aunque luego no se lidió. Con todo, dentro tenía algo más que sus hermanos. Garibay, pulcro y ortodoxo, no alcanzó a poner ese algo más que se necesitaba. Y la tarde se le fue de vacío.

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Taurología

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