Mr. Franklyn saltó al ruedo de la vida en el verano de 1903 y en el cortijo judío de Brooklyn, N.Y. Concretamente en Park Slope. Sus padres, Abram y Luba Frumkin, inmigrantes rusos, judíos ortodoxos, trajeron al mundo otros nueve retoños; Sidney era el quinto de la tarde y ya se sabe que no hay quinto malo. Vivían todos del sueldo del padre, que era policía. Y no les iba mal: Sidney hasta pudo estudiar Comercio en la Universidad de Columbia.
En junio de 1922, con 19 años de edad, el futuro diestro decidió tomar al toro por los cuernos y tuvo una gran discusión doméstica con su padre. Así que decidió irse de casa y escogió alejarse de todo en México, donde quería estudiar el arte de las culturas precolombinas. Se radicó en Veracruz y allí fue donde asistió por primera vez en su vida a una corrida de toros. Su padrino fue el torero mexicano Rodolfo Gaona. Quedó profundamente fascinado. Tanto es así que decidió lanzarse a los ruedos. El 23 de septiembre de 1923 tomó la alternativa y empezó una carrera como matador que le llevaría a Panamá, Colombia, Portugal y España, donde cortó orejas en junio de 1929, con el nombre de “El Yanki” . Madrid, Valencia y Sevilla fueron sus plazas.
Ernest Hemingway, amigo personal que era –fueron corresponsales de guerra cuando la contienda civil española– escribió sobre él en su libro “Muerte en la tarde” elogios descomunales del tipo a “ni en España hay toreros tan inteligentes y con tanta ciencia”. Y su fama alcanzaba ya los Estados Unidos, donde llegó a rodar papeles en algunas películas.
Fue en los ruedos del cine donde conoció a James Dean, iniciando una profunda amistad –dicen que incluso algo más, pero de esto en esos tiempos no se hablaba– James Dean era un gran aficionado a las artes de la tauromaquia.
Fascinado con España, se radicó en Sevilla en 1950, donde abrió un café y hasta una escuela de tauromaquia. Pero tuvo problemas con la policía franquista por -oficialmente- un asunto de matrículas de automóvil, pero se cree –dice su biógrafo, Bart Coer– que fue por homosexual. Estuvo nueve meses encarcelado. En cuanto lo pusieron en libertad, regresó a los Estados Unidos. Se asentó en Texas.
Cuando ya se hizo demasiado tarde para tentar la suerte, Franklyn escribió una autobiografía, titulada “Un torero de Brooklyn” Su última corrida fue en Ciudad Juárez, México, en 1959. Se dedicó a partir de entonces, al periodismo de la tauromaquia.
A la edad de 72 años, solo y abandonado, pasó los últimos siete años de su vida en un asilo del Village (N.Y.) donde falleció en el mes de abril de 1976.
Fuente: Enlace judío.com
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