Se cumple el centenario del nacimiento de Pepe Alameda

por | 17 Nov 2012 | Literatura taurina

Este pasado 24 de noviembre de 2012, cuando la temporada ha concluido en España y esté dando sus primeros pasos la campaña americana, se cumplió el centenario del nacimiento de José Alameda, uno de los escritores y críticos taurinos más relevantes del siglo XX, sin cuyas aportaciones no puede entenderse en su totalidad lo que ha sido el Arte del toreo del último siglo.

Mientras en España pasada desapercibida. En México se conmemorará esta efeméride. Y así, entre otras, en la ciudad de Mérida se anuncia una sesión de homenaje, con activa participación de la Casa de España. Un homenaje y un recuerdo muy justos, dada la dimensión del escritor madrileño, del que va a carecer incomprensiblemente en su tierra natal.

Como los años pasan inexorablemente, hoy son muchos los aficionados más jóvenes que no conocen o tan sólo lo hacen por alguna referencia el papel que en la critica taurina desempeñó Pepe Alameda. Por eso sería muy oportuno dar a conocer su figura. Pero la realidad es que ni la editorial Espasa-Calpe, que tiene publicados gran parte de sus escritos, siquiera fuera por propósitos comerciales, ha demostrado el menor interés en destacar la efeméride que ahora se cumple. Como tampoco en el ministerio de Educación y Cultura, que ahora comanda administrativamente lo taurino, han tenido la sensibilidad necesaria, sino que han dejado pasar la efeméride como si nada representara. Ni el propio Ayuntamiento de Madrid, con el sin número de placas que tiene puestas por toda la ciudad, algunas de méritos más bien dudosos, ha tomado la iniciativa de significar el centenario de un madrileño muy reconocido en el mundo.

Bien podría hacerse una traslación a esta poco comprensible ausencia de memoria, las muy bellas palabras el propio Pepe Alameda escribió en una de sus primera crónica mexicanas, publicada el 14 de julio de 1944 en “La Lidia”:

“Muchas veces hemos asistido en tardes grises a corridas luminosas y bajo cielos entoldados hemos tenido la suerte de contemplar faenas memorables. Pero el domingo pasado nos sucedió lo contrario. Había una luz sesgada, de iniciación de poniente, una luz de oro sutil, ligeramente rebajado, en la que las siluetas de los toreros parecían más airosas y más rico el bordado de sus trajes. Era como para iluminar lances definitivos, creaciones singulares. Y, sin embargo, no vimos nada de eso. En balde el oro fino del sol mexicano buscó por el ruedo como según cuenta la leyenda, buscaba Diógenes por el mundo. Este no encontró un hombre y aquél tuvo que ocultarse tras las montañas que rodean nuestro valle, sin haber conseguido alumbrar tampoco un momento de grandeza. No quiere decir esto que no hubiera en la corrida manifestaciones de arte y de valor. Pero indudablemente el conjunto hubiese estado más a tono con el gris de otras tardes que también por su parte hubieran merecido, mejor que la del domingo, aquella luz privilegiada que fue lo único en verdad bello que disfrutamos”.

Y en efecto, el sol de su calidades literarias aparece hoy ocultado por las nubes de la ausencia de un recuerdo, cuando tan necesario es contar intelectuales y poetas que canten con fundamento la realidad de la Fiesta. En este centenario, ha faltado ese momento de grandeza que añoraba el escritor en su crónica, precisamente para recordar en toda su dimensión la trascendencia de este madrileño que en México se hizo universal.

¿Quién era Pepe Alameda? Esencialmente un poeta que nos legó obras excelentes. Pero a nuestros efectos era, sobre todo, un aficionado cabal que aportó tanto a la literatura como al periodismo taurino trabajos que debieran considerarse de obligada lectura y consulta para quien quiera entender todo el devenir de la Fiesta a uno y otro lado del Atlántico, un Arte que siempre gusto definir con una frase que hoy es más que un santo y seña: “El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega”.

Luis Carlos Fernández y López-Valdemoro, José Alameda en la literatura, nació en Madrid, en la calle Goya para ser más exacto, el 24 de  noviembre de 1912. Su padre, don Luis Fernández Clérigo, era diputado en las Cortes de la II Republica y llegó a formar parte del Consejo de Ministros. Muy de niño las circunstancias del momento hizo que la familia se trasladara Marchena (Sevilla); una circunstancia importante, porque esta estancia andaluza le acercó al  gallismo primero y más tarde a la concepción taurina de Chicuelo.

A Madrid regresa para licenciarse en Derecho por la entonces denominada Universidad Central de Madrid, para pasar luego a trabajar  en el Ministerio de Propaganda a las órdenes de Juan José Domenchina. Durante la guerra civil española ocupó un cargo en la Embajada de España en Bruselas.

Abocado al exilio en 1939, acudió primero a Paris, donde olvidó su título de abogado para trabajar como traductor en la oficina de Francia Libre. Pero aquella estancia en Francia le permite, sobre todo, ampliar sus estudios de Derecho en la Universidad de La Sorbona y en especial le acercó a las formas nuevas del periodismo.

Tras una breve estancia en Londres, toma el camino de las Ámericas, a la que llegó por los Estados Unidos y a continuación se asienta en el exilio  de México, como tantos otros españoles. Inició su actividad profesional trabajando en la radiodifusora XEBZ, que compatibilizaba con la gestión de una tienda de regalos. Posteriormente fue jefe de redacción de "Radio Mil"; cronista en la XEW y colaborador de diversas  publicaciones, como la revista El Hijo Pródigo, o los diarios Excélsior, El Universal, El Heraldo.

Pero desde su llegada a México se interesó  por integrarse en los grupos de intelectuales  y escritores de su época: Luis Cernuda, Octavio Paz, José Bergamín, José Gaos y Alfonso Reyes, entre otros,. De su relación con este grupo es fruto su primera aportación literaria,  Disposición a la muerte”, publicado en la revista “El hijo pródigo”. Es precisamente en este ensayo en el que por primera escribe lo que acabará siendo su santo y seña: “El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega”. Fue a partir de 1944 cuando entra de lleno en la crónica taurina

Intentó en algún momento integrarse en el campo de la enseñanza del Derecho, pero lo abandona pronto para dedicarse de lleno a su actividad literaria y de cronista taurino, por más que su actividad predilecta era la de poesía.

En su bibliografía destacan, entre otros, El toreo, arte católico, Los arquitectos del toreo moderno, Ensayos sobre estética, Los heterodoxos del toreo,  Las pantorrillas de Florinda,  El origen bélico del toreo, Crónica de sangre, Retrato inconcluso  –una especie de memorias personales– , Historia verdadera de la evolución del toreo y El hilo del toreo. En su haber tiene cuatro libros de poesía: Sonetos y parasonetos, Oda a España, Poemas al Valle de México y Ejercicios decimates.

Sus polifacéticas actividades le llevaron a dar conferencias por todo el territorio mexicano yen otros países. Hizo cine en su versión de cortometrajes y actuó en el teatro. En España transmitió corridas los años 74,78 y 82.  Fue objeto de numerosos homenajes, entre ellos un festival celebrado en Monterrey con la participación de Paco Camino, Manolo Martínez y Antonio Lomelín, que lidiaron toros de Los Martínez.

Hombre de extraordinaria cultura: crítico de pintura, literato, escritor ameno y profundo poeta lorquiano; profesor del idioma español, el cual recreaba los oídos de los aficionados oyentes a sus crónicas, Alameda era un gran conversador acerca de sus hazañas y las grandes faenas de “Joselito”, Gaona, Belmonte y “Chicuelo”, siendo admirador de Domingo Ortega, que era su cuñado, de Paco Camino, aunque sobre todos fue un martinista consumado. 

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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