Santander: la última corrida de Manolete, antes de Linares

por | 26 Ago 2010 | Retazos de Historia

Fue el 26 de agosto de 1947, en Santander, en la corrida local de la Beneficencia, toreando con Juanito Belmonte y el  Raúl Ochoa Rovira, con toros de Rogelio Miguel del Corral, una ganadería de procedencia Saltillo y Vega Hermosa, que se había formado en 1935 y que, con diversas transformaciones, llega a nuestros días en el hierro de Peñajara.
 
Si nos fiamos de la escueta reseña que distribuyó la agencia Efe –que entonces firmaba como “Agencia Cifra”–, aquella tarde Manolete “toreó confiado y tranquilo, oyendo oles y música”, dando la vuelta al ruedo en su primero y recibió una gran ovación en el quinto. En el que cerró plaza recibió el brindis de su compañero Rovira.
 
Según se narra en ´100 años de toros en Santander´, de Pablo Morillas, los toros salmantinos fueron ´modélicos´ en mansedumbre. Belmonte se limitó a cumplir sin poner gran cosa de su parte, en el primer toro, y anduvo algo más entonado en el cuarto. Manolete expuso mucho para ligar faena a su primer toro, escuchando la música y las ovaciones, y mató pronto, dando la vuelta al ruedo. En el quinto volvió a pisar terrenos de compromiso para poderle al manso y el público supo valorar la entrega del diestro que mató de una buena estocada y un descabello. El debutante Rovira estuvo breve y no muy sobrado de recursos en el tercero y en el que cerró plaza puso más entrega y logró algunos muletazos de buen ver, manejando con soltura el acero. Fue despedido con aplausos.
 
En Santander ya había toreado Manolete en esta temporada la tarde del 6 de agosto, con Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez, que obtuvo por cierto un gran triunfo. Y perdió de actuar la tarde del 3 de agosto, como consecuencia de la cornada que había sufrido en Madrid, en la Corrida de la Beneficencia celebrada el 16 de junio, que le mantuvo inactivo hasta el 4 de agosto.
 
Si hacemos caso a lo que contaba Clarito en sus Memorias, Manolete ya se sentía incómodo y en más de una ocasión en aquellos días había repetido, refiriéndose al traje de luces, “estoy por no ponérmelo más”.  Una de las cosas que más le habría contrariado fue el poco público que había ido a la plaza en Toledo el 17 de agosto. De allí pasó a Gijón, el día 24, y luego a Santander. 
 
En estas fechas, algunos días los debió pasar en San Sebastián, donde veraneaba su madre. Para Linares emprendió viaje en coche desde Madrid en la tarde del día 27, a la que iba a ser su corrida número 501 y su toro 1004, el último, que se llamaba  “Islero”.
 
 
100 AÑOS DE TOROS EN SANTANDER. II volúmenes.
Pablo Morillas y Felipe Fragua Pando
Edición de Antonio Martínez Cerezo.
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