REVISTA DE PRENSA: Así ha visto la crítica la reaparición en España de José Tomás

por | 20 Jun 2014 | Documentos

En el diario “El País”, Antonio Lorca en una crónica titulada “…Y José Tomás resucitó escribe entre otras cosas:
“Otra vez, con este torero, se masticó la tragedia en la plaza e, instantes después, la resurrección y la gloria. Parece ser el sino de José Tomás. Acababa la faena al quinto, se dio la vuelta para dirigirse al burladero y tomar el estoque de verdad cuando el toro, al que había perdido la cara, se arrancó, lo empaló por detrás y lo volteó de forma espeluznante; dio el torero una vuelta de campana en el aire, y el testarazo en el suelo fue tremendo. Tomás cayó bocabajo y en la arena quedó inerte hasta que fue recogido por las asistencias, con el cuerpo desmadejado, y trasladado a la enfermería como un trapo.
Se preparó, entonces, Finito para acabar con el toro y allí andaba el hombre, tras un pinchazo con el semblante despavorido, a punto de dar el mítin, cuando hete aquí que José Tomás aparece por el callejón y la locura se apodera de los tendidos. La preocupación por la horrorosa cogida se transfiguró en apoteosis, gritos de “torero, torero” hasta que acabó con el toro —la cara de Tomás muy pálida y las fuerzas mermadas—, y los tendidos piden y exigen al presidente las dos orejas que pasea en verdadero loor de multitud.
Fue, sin duda, la resurrección de José Tomás. Fue una cogida de muerte, parecía que le abandonaba la vida camino de los médicos, pero volvió a la gloria torera en pocos minutos. Cosas de los genios.
Por cierto, ayer, en Granada mantuvo las constantes toreras que un día lo convirtieron en leyenda. Después de veintidós meses de retiro forzoso, Tomás no ha olvidado el toreo. Y, así, buscó la pureza y la autenticidad; se mostró seguro y confiado; desbordó sabor y torería; manejó el capote con verdadera maestría a la verónica y por ceñidas chicuelinas. Sobresaliente el toreo a la verónica, ganando terreno en cada lance, con las que recibió al quinto. Con la muleta en las manos citó al pitón contrario, cargó la suerte, alargó los muletazos, bajó las manos cuando los toros lo permitieron y dijo seguir siendo el torero que un día entusiasmó a todos los públicos.
No ha olvidado José Tomás su toreo; lo que José Tomás ha olvidado ha sido el toro. Con los elegidos para la ocasión granadina —de correcta presentación, bonitas hechuras, ayunos de fuerzas y desbordante de almibarada nobleza, sobre todo, el primero— este torero no emociona. De hecho, no hubo arrebato en toda la tarde, ni conmoción, ni ese entusiasmo que suele acompañarle”.

Por su parte, Zabala de la Serna en “El Mundo” publica una crónica titulada “Épica victoria contra las cuerdas” en la que se puede leer:
“Al sobrero de Juan Pedro Domecq se le fundían sus acaramelados pitones con su pinta jabonera. Una monada. JT se plantó pronto e intercaló verónicas y chicuelinas tragalonas con el toro en fase de ataque con las manos por delante. La fuerza desapareció pronto: en un lance de Cubero los cuernos se enterraron en la arena y sucedió que las puntas se las tragó la tierra.
Careció el juampedro de ritmo en su tardanza y de clase en su juego tras la muleta de José Tomás. A media altura lo esperó, lo trató con mimo y tersura en tres derechazos y en otros tres mediada la recolocación. Concedió respiros entre series. Cuatro redondos y una trinchera bellamente incompleta. La banda rompió a tocar antes que la faena, y los seguidores místicos la mandaron callar. JT se enfadó, se giró hacia el director y con la espada simulada le ordenó la batuta: ¡música, maestro! Pero no había concierto. El toro tardeaba, se resistía o se aflojaba. La izquierda apuró la embestida en tanda en do mayor, cuando el bicho se paró en mitad del viaje y el de Galapagar lo aguantó hasta vaciarlo. La plaza eclosionó de verdad. Ya era el final. Una estocada rinconerilla, y necesitada del descabello por su colocación trasera, entregó el premio a la constancia.
José Tomás bordó el toreo a la verónica con un quinto engatillado de Victoriano del Río que era un tío largo y montado de 580 kilos como no se habrá visto en esta plaza. La media iluminó gloriosamente Granada. Apostó JT por no castigarle cuando había poder por pulir. La muleta fue látigo y seda desde los estatuarios iniciales. Nunca se entregaba el toro en la medida que lo hacía el torero. Sin terminar de humillar el bruto, que como tal embestía, a pies juntos concluía una faena de valor y pureza. De mucha verdad. Pero al rematar la última serie con el de pecho o le perdió la cara o quiso José Tomás ir a por la espada. El torazo traidor ya clamaba por los adentros y arremetió por la espalda y se lo pasó de pitón a pitón en el aire. Lo giró como un muñeco y lo reventó contra el suelo. Literalmente. JT quedó inerte en el suelo. K.O. Sin reaccionar. Se temía lo peor. Entre las cuadrillas lo agarraron. La cabeza caída. Entraron en la enfermería todos. La angustia, el miedo, el dolor.
Finito intentó matar al toro, que seguía con la testa por la Alhambra. Y en estas regresó José Tomás cómo si le hubieran dado a oler amoniaco en la esquina. Contra las cuerdas. Como a los grandes del ´box´. Y lo mató como pudo. Y cortó las orejas que antes del volteretón se presentían. Entre gritos de «¡torero, torero, torero!» el paseo al ruedo triunfal. Bestial el amor propio, el orgullo, la casta. Eran casi las diez de la noche y José Tomás volvía a ver la luz de la épica”

En “La Razón” puede leerse la crónica de Patricia Navarro, que entre otras cosas señala:
“Era cuestión de días. Un par o tres los que en la cuenta atrás restaban a los tres meses. 21 en la suma en el vacío. Casi dos años después de ver la obra maestra de José Tomás el 16 de septiembre en Nimes, volvía. No lo hubiera firmado yo hace tiempo. Aquella mañana francesa, en el Coliseo romano, fue todo historia, la suya y la nuestra, y con la fatídica sensación de que detrás de esa inmaculada y genial obra de seis toros seis nos atraparía hasta el cuello, qué desasosiego, el silencio. El desierto. Casi dos años, cual condena, fueron necesarios para quitarme la razón.
Ironías del destino, caprichos que dicen, la vuelta de José Tomás coincidió con la coronación de Felipe VI. Dejamos Madrid, el corazón de la historia, y encaminamos al sur, destino la ciudad andaluza. Una multitud se arremolinó en los aledaños de la plaza, un «no hay billetes» esperaba dentro. A quince minutos de que diera comienzo el festejo llegó al coso José Tomás, furgoneta azul, el contraluz en su rostro, y vestido tabaco y oro. Impresionaba. Hay cosas que no tienen explicación.
La alegría, esta vez, nos duraría poco. Se fue derramando en la falta de fuerzas del segundo, primero de José Tomás, y después de las vueltas y revueltas que necesitó el presidente asomó el pañuelo verde. Salió un sobrero de Juan Pedro Domecq, que fue toro irregular en el ritmo. La expectación que despierta el torero de Galapagar hace que se redoblen los silencios. Es un espectáculo en sí. La faena fue de menos a más, conteniendo las irregularidades, buscándose, buscándonos, y llegó el trofeo. Correcto. Bien.
Pero algo fuera de lo común vivimos en el quinto. Aquello fue transitar en otro mundo, en otros mundos, en los del buen toreo y en los de la épica. En los del lance que conmueve y ese pellizco, ese punto más que te deja noqueado, mudo, sin aliento. Eso es José Tomás. Momentos únicos. Inesperados. Lanceó perfecto a la verónica a ese quinto de 580 kilos, montado arriba que salió cazando moscas y ya lo hizo en los burladeros y pegó un apretón en el caballo. E importaba un comino, porque nada importa a un tipo que es capaz de darse. Se fue a los medios y por estatuarios se jugó los muslos, pero hablamos de emoción y de arte, de profundidad, sentimiento, las bases que hacen que el toreo se rumie, se sienta, y no te deje impávido, aunque al cabo de la temporada superes las cien tardes. Le cogió la medida al animal, que se movía sin entrega, sin humillar, por la derecha, erguido el torero, plantado, taladrado al suelo, la muleta rota por abajo, los pitones por arriba, y bello. También al natural.
Así andábamos, cautivados, cuando el toro se rajó, lo había cantado. Midió los tiempos José Tomás pero tuvo el inexplicable descuido de perder la cara al toro. Y ese instante fue desgarrador. Lo cogió de una manera tan agresiva, tan violenta, le vapuleó de tal manera, que dolió en el tendido, se quedó maltrecho, bocabajo, inerte. Qué pavor trepaba por todos los poros de la plaza. Urgía la enfermería como urgía saber qué tenía el torero. Fino salió a darle muerte y antes de que éste lo consiguiera, la plaza se puso en pie, volvió el dios de piedra a no dejar su obra inacabada. Joder, el alma desencajada, si es que eso es posible. Se caía la plaza. Épica, emoción, dignidad, arrestos. Otro planeta, el nuestro, el suyo…”

En el diario “ABC”, el titular de la firma taurina, Andrés Amorós, ofrece este punto de vista:
"La reaparición en España de José Tomás, en el día del Corpus, que da nombre a la Feria de Granada, ha supuesto una verdadera revolución: lleno de «No hay billetes», reventa, turistas procedentes de muchos puntos… Este año, los toros tienen aquí especial protagonismo: incluso la Tarasca ha desfilado con una falda que simula un capote de torear. Se han vendido 9.500 abonados para un aforo de 11.000…
Final feliz para todos los que se han desplazado hasta la ciudad de la Alhambra, con José Tomás y Rafael Cerro como triunfadores. El episodio más emocionante se vivió en el quinto toro. Marcado con el hierro de Victoriano del Río, es el único que sale con algo de fuerza y soporta un puyazo bueno de José María Prieto, cosa que la gente recibe con estupor. José Tomás lo brinda al público y asusta a todos con tres muletazos haciendo el poste sin moverse. Surge por primera vez la emoción, que había estado ausente toda la tarde. Los naturales resultan desiguales porque el toro se para y se raja a tablas. La esperada apoteosis se apaga por culpa de la res pero al dirigirse a tablas para coger la espada pierde la cara y le pega un topetazo tremendo. No se sabe si es solo el golpe o si va herido. Pasa a la enfermería. Finito entra a matar a mucha distancia dos veces pero ante el asombro de todos reaparece José Tomás, con una fuerte paliza pero sin cornada, y lo mata a la segunda, produciéndose el delirio. Asoman los pañuelos y corta las dos orejas.
El diestro sufre la fractura de la séptima costilla izquierda, según han confirmado las pruebas realizadas a última hora de la noche en el Hospital Clínico de la ciudad.
Antes, el toro de su vuelta en España, de Domingo Hernández, es devuelto por flojo. Sale un sobrero de Juan Pedro Domecq parecido al titular: va largo pero con muy pocas fuerzas. Con el capote enlaza verónicas con chicuelinas, un recurso populista. Lo cambian con un picotazo, da una vuelta de campana y embiste a la muleta casi cayéndose continuamente. El diestro luce muy buen estilo pero sin toro. Solo estética, nada de emoción. Tanto es así que hay un pequeño conflicto con la música: cuando empiezan a tocar, surgen protestas y la banda para; José Tomás dice que sí y vuelve a sonar. En los naturales ha de citar seis veces para que el toro embista y, además, se derrumba. La mayor ovación la logra al aguantar dos parones porque el juampedro se apaga enseguida. Escucho a mi vecino: «Un toro soso y bobo que no dice nada aunque él sea un gran torero». Corta una oreja ligerita tras una estocada caída.
El cartel de esta tarde, como todos aquellos en los que participa José Tomás, se ha preparado minuciosamente: toros de dos ganaderías (no se sabe por qué razón), cuidadosamente elegidos; él actúa en segundo lugar, después de un veterano y antes de un joven que, presumiblemente, poco le van a apretar. Como dice Crispín en «Los intereses creados», «el triunfo es seguro, ¡valor y adelante!»”

En “Granada hoy”, así como en los restantes periódicos del Grupo Joly, Luis Nieto firma una crónica titulada “José Tomás, torería, drama y épica”, en la que entre otras cosas afirma:
“Llegó José Tomás a Granada como Gran Capitán de la coletería actual y retomó su plaza de toros en el día en el que habían coronado en Madrid a Felipe VI. En la capital del antiguo reino nazarí impactó de nuevo, con otro triunfo heróico, conjugando maestría, valor, temple y enardeciendo al público tras una gran actuación en su segundo al que cortó las dos orejas tras una cogida dramática.
Las huestes que le siguen fielmente a José Tomás arroparon a este diestro singular dinamizando desde la mañana la capital en hoteles, bares, taxis, etcétera, que lo notaron extraordinariamente. Día grande en Granada para el retorno tras dos años de ausencia de este José Tomás que ha elevado a 8.000 el número de abonados y que colgó desde el primer día que se anunció el cartel de ´No hay billetes´. No cabía un alfiler en la Monumental de Frascuelo donde el de Galapagar ha salido a hombros en varias ocasiones.
El primer toro de José Tomás fue devuelto por su carencia de fuerzas. Saltó un sobrero de Juan Pedro Domecq, jabonero, precioso y bien presentado, noble y al que le faltó poder. Verónicas templadas casi en los medios con unas chicuelinas tan ceñidas que levantaron ¡uyyy! en los tendidos. La faena se desarrolló en los medios, con torería, temple, muletazos suaves y dando tiempo al toro para que se refrescara. Con la diestra brilló especialmente en una serie de mano baja y en otra en la que relantizó los muletazos. Con la izquierda bordó el toreo con unos naturales barriendo la arena y que abrocho con un farol. Tras una estocada y un descabello ganó un trofeo.
Con el quinto astado, un astado de Victoriano del Río, bravo y exigente, jugó bien los brazos en los lances de recibo a la verónica. La faena, que brindó al público, fue coreada por el mismo desde su comienzo en el mismo platillo, en unos estatuarios en los que las dagas del toro le rozaron las femorales. Muy bien técnicamente, le tapó la cara en cada muletazo, llevando al toro embebido hasta que el animal se desentendió. Hubo mando en el trasteo. Cuando cerró tras unos naturales sueltos de bella factura, salió andando y el toro, de 580 kilos, como una locomotora, lo arrolló por la espalda, lo encunó. Voló José Tomás por los aires y al caer en la arena quedó conmocionado. Un grito angustioso invadió la plaza. Las asistencias se lo llevaron en volandas. Cuando Finito, tras un pinchazo, intentaba matar al astado, salió de la enfermería José Tomás, envuelto en una ovación estruendosa. Del drama a la épica. El diestro de Galapagar cuadró al toro y tras un pinchazo arriba, aplaudido, se entregó en una estocada y remató con un descabello. Para entonces el público gritaba ¡Torero, torero, torero!. Una especie de nevada cayó sobre los tendidos de la monumental granadina. Eran los miles de pañuelos solicitando las dos orejas que concedió de inmediato la presidencia. El diestro paseó despacio los trofeos en una de las vueltas al ruedo más clamorosas que se hayan vivido en una plaza”.

“Inmenso y épico José Tomás” titula su crónica F. Martínez Perea en el periódico granadino “Ideal”, en la que escribe:
Pareció casi un mal presagio, pero solo eso, afortunadamente. Y eso que el drama, horas después casi se suma al espectáculo. Y con José Tomás como actor estelar de una cogida, espeluznante, que sembró la angustia en los tendidos. Un suceso que no hizo sino engrandecer la propia leyenda del torero, quien tras redondear una faena sensacional al complicado quinto cometió el error de perderle la cara al burel y fue volteado de mala manera. Quedó el madrileño inerte sobre el albero y se temió lo peor. La impresión primera era que tenía una cornada en el costado y que la gravedad podía ser extrema. Los minutos se hicieron eternos hasta que un ruidoso murmullo confirmó lo que nadie podía ni imaginar y todos deseaban: José Tomás, pálido y maltrecho, salía de la enfermería para despachar al toro, en ese momento todavía en manos de ´Finito de Córdoba´. Atronadora la ovación para el genial torero, que no acertó en su primer intento, pero que pudo al fin despenar al burel tras una estocada casi entera y un certero descabello. Demostración, una más, de vergüenza torera y valor por arrobas. José Tomás en estado puro y en ejercicio de lo que es, un auténtico figurón del toreo.
Fue, sin duda, lo más emotivo de una tarde que tuvo ruido, sí, mucho ruido, pero también muchas nueces en la cosecha artística. Y con José Tomás, siempre José Tomás, como protagonista destacado. Porque el madrileño, ya antes de que devolvieran a su primero toro, quiso demostrar que esa su leyenda, plagada de episodios gloriosos y también de dramatismo -la épica siempre ha ido de la mano de este artista único y singular- tiene todavía muchos capítulos por escribir. Todos los que él quiera habida cuenta de que esa su fuente inagotable de sensibilidad y sentimiento, de espontánea inspiración y de estoico valor, sigue siendo un manantial caudaloso. Lo volvió a demostrar, en Granada, en tarde de gran compromiso, ante sus incondicionales, que son todos los que lo siguen, y los que suma cada vez que se viste de luces. Imponente su recibo capotero al castaño de Domingo Hernández devuelto por su manifiesta invalidez. Y no menos imponentes las verónicas a pies juntos al segundo bis, un jabonero de Juan Pedro Domecq con cierta nobleza y clase, pero también algo flojo. Un saludo que tuvo posteriormente el refrendo de una faena sencillamente primorosa por las pausas, por la inteligencia del diestro y por algunos pasajes de toreo purísimo que encandilaron al respetable. Por encima del toro José Tomás, que mató de estocada entera y descabello y paseó la primera oreja de la tarde.
Pero la traca llegó con el quinto, un toro complicado que pedía firmeza y que la encontró de principio a fin. Muy quieto, muy firme y muy cerca siempre el torero. Soberanas las verónicas, escalofriantes las chicuelinas y supremos los remates. Rugió ya la plaza. Se barruntaba algo grande después de que el toro de Domingo Hernández, muy serio, pasara por la jurisdicción del varilarguero. Quería el maestro de Galapagar que el burel llegara al último tercio con las fuerzas suficientes y lo dejó entero. Brindó la faena al respetable y comenzó a estructurar una faena de altos vuelos iniciada con tres estatuarios marca de la casa, es decir, enormes. Y después, sin solución de continuidad, todo un recital, Facilidad, firmeza, hondura, estética suprema y dosis masivas de valor sereno. Lío grande del madrileño, que cometió el error, como ya queda dicho, de perderle la cara a su oponente porque los genios también tienen deslices. Y ocurrió lo ya descrito: el toreo hecho épica y José Tomás aclamado por una plaza rendida a su magia y a su gallardía. Palmas por bulerías y emoción, mucha emoción, compartida por el propio espada. Y Granada, una vez más, en el centro de toda esa demostración de torería. Porque José Tomás, salió de la enfermería con una contusión craneal de la que se recuperó rápidamente, pero también con una contusión en hemitórax izquierdo, según el parte médico emitido por el doctor Pablo Torné, quien recomendó al diestro un examen radiológico en el Hospital Clínico San Cecilio, donde le diagnosticaron una fractura con desviación de la séptima costilla izquierda, de pronóstico menos grave”.

Finalmente, Paco Aguado en su crónica para la Agencia EFE opina de la siguiente forma en un comentario titulado “José Tomás: como ayer, como siempre”:
“La tarde de la vuelta a los ruedos españoles de José Tomás no defraudó a nadie, porque el ya mítico torero se entregó de principio a fin en una tarde magistral en lo artístico, pero también con esa ética y ese pundonor de siempre para reponerse con entereza de un tremendo y aparatoso percance.
Ese único momento trágico de su brillante actuación llegó justo al final de su segunda faena, cuando casi todo el trabajo estaba hecho, cuando acababa ya de cuajar a un toro rajado y brusco al que hizo embestir más de lo que el animal deseaba.
Pero al salir el torero de la última serie de muletazos y cuando se encaminaba hacia las tablas a coger la espada de acero, el de Victoriano del Río, de 580 kilos y de acusada querencia a los tableros, vio la única oportunidad de coger desprevenido a quien tanto y tan magistralmente le había burlado.
El toro se le echó encima a José Tomás en una décima de segundo y, sin darle tiempo a reaccionar, le prendió por la espalda, le elevó a los aires y le zarandeó como a un pelele de un cuerno a otro, hasta que lo arrojó violentamente contra la arena.
La visión del ídolo caído como un boxeador noqueado en la lona, boca abajo e inerme sobre el albero, provocó una gran consternación en la abarrotada Maestranza de Granada, que vio en un espantado silencio como las asistencias le llevaban inconsciente a la enfermería.
Pero, cuando Finito de Córdoba ya se hacía cargo de la situación, un rugido de entusiasmo acompañó instantes después la salida de nuevo hacia el ruedo del héroe renacido, recuperado de la conmoción y que se dispuso a estoquear al toro al que acabaría cortándole las dos orejas.
Hasta entonces, José Tomás había lidiado magistralmente a los dos astados de su lote, un primer sobrero de Juan Pedro Domecq justo de fuerzas y de embestidas discontinuas, pero a las que él dio ritmo con el temple de su muleta.
En cambio, ese quinto, el más fuerte de la corrida, fue un toro de mayor temperamento al que meció a la verónica y al que apuró en faena cargada de matices técnicos y artísticos de principio a fin, desde los impávidos estatuarios de inicio hasta el mismo momento del percance, por mucho que a mitad de pelea el de Victoriano del Río se rajara”.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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