Reivindicación de las suertes para parar al toro de salida

por | 4 May 2016 | Retazos de Historia

Bien podría decirse que se trata de unas suertes que han caído en desuso. Y no se sabe a ciencia cierta cuál es su por qué, cuando siempre resultaron muy necesarias y convenientes. Pero sin remontarnos en tantos años, uno recuerda aquella forma tan torera de parar y de correr un toro que realizaban gentes grande entre los hombres de plata, tal que Almensilla, Chaves Flores o Tito de San Bernardo, por citar tan sólo tres nombres.

A simple vista, parece un contrasentido cuando hoy abunda tanto el toro abanto  y corretón, en paralelo la mayoría de las veces con su baja casta. Hace unas décadas contábamos con un número tasado de ganaderías con esta peculiaridad; hoy, en cambio, son la inmensa mayoría.  Y así discurren los primeros lances de la lidia.

Ahora se ha impuesto, en tan gran medida que se ha convertido casi en norma de obligado cumplimiento, que sean los matadores los que se encarguen de fijar los toros de salida. A más a más: muchos aficionados más jóvenes hoy no han visto otra cosa.

Si se piensa un poco, qué gana un matador corriendo de detrás de su enemigo, que ha puesto pies en polvorosa; o qué gana haciendo de su toreo de salida un conjunto de lances inconexos porque el toro va y viene dando la vuelta al ruedo. Sin embargo, no es la primera ni la segunda vez que se comprueba que si por una casualidad sale su banderillero a parar a ese toro, del tendido nacen hasta protestas. Incomprensibles protestas.

Sin embargo, ya en las Tauromaquias antiguas nos recordaban que esa forma de parar y de correr los toros permitía de ver las condiciones del toro, de su embestida, e incluso de los terrenos a los que pueda tener querencia. Años después, el célebre Santos López Pelegrín, “Abenamar”, en su libro “Filosofía de los toros” [1], escribía en 1842 que  “el correr los toros aunque es muy fácil, no es sin embargo tanto que no tenga sus reglas para ejecutarlo con perfección y seguridad, pues de otra suerte iremos descompuestos, y el toro será el que nos corra, en vez de nosotros correrlo a él”.

De mediados el siglo pasado en adelante, como otros tantos banderilleros de fuste, Alfonso Ordóñez[2]  sostenía que para torear de recibo a una mano en ese recibir al toro,  exigía darle previamente un par de capotazos a dos manos, uno por cada pitón, porque no a todos se les puede torear a una mano, ni a con todos la suerte se puede ejecutar de la misma forma.

Al hablar así, el menor de la saga de Ronda venía a hacer suyo el pensamiento de “Abenamar”, que un siglo antes había advertido sabiamente que “el que vaya a correr un toro debe advertir las piernas que tiene, si está o no en querencia, si está distraído, y la clase de toro que es”.

Pero tras ese parar al toro, luego el banderillero podía lucirse en otra suerte no menos eficaz: torear al toro a una mano, para dejárselo en suerte a su matador. Y llevar a una mano, no era a base de tirones, sino de llevarlo muy embebido en el engaño, templadamente y con torería.

Esas suertes, cuando estaban bien ejecutadas, tenían tal plasticidad que levantaban al aficionado en el tendido. Y al contrario de lo que ahora muchos entienden, tal forma de proceder no era precisamente perniciosa, ni mucho menos se consideraba como signo de dejación del espada de turno; todo lo contrario: era lo que permitía luego al matador conjuntar una serie de lances, fijado ya el toro en el capote.  Resultaba tan usual actuar así que pasaba a convertirse casi en noticia que tal o cuál torero hubiera recibido de capa a su enemigo sin que antes intervinieran sus banderilleros.

Al reivindicar esta forma de entender una parte de la lidia, no se trata de nostalgia alguna. Por el contrario, lo que se reclama es que en el ruedo las cosas se hagan de forma que todos podamos comprobar mejor las condiciones de un toro, a la vez que al matador de turno se le permite desde el primer momento estirarse con el capote en los lances de salida.

Junto a la estética y la eficacia que siempre tuvieron esas suertes, hoy además resultan de una especial necesidad, cuando abundan los toros que campan a su antojo de un lado para otro, sin fijeza alguna y, cómo mucho, yendo de topetazo en topetazo en el burladero desde el que se le llama para frenar su alocada carrera.

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 [1] Santos López Pelegrín, “Abenamar”, en “Suertes del toreo”, trabajo incluido en “Filosofía de los toros”. Editorial Boix. Madrid, 1842.

[2] José Luis Ramón, “Todas las suertes del toreo por sus maestros”. Editorial Espasa. Madrid, 1998

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