Rafael «El Gallo» y los toros de Miura

por | 26 May 2012 | Retazos de Historia

Las broncas se las lleva el viento y las cornadas se las queda uno”. Una definición muy propia de la personalidad singular de Rafael El Gallo. Como poseedor de todos esos elementos mágicos de los toreros geniales, se le pueden aplicar aquellas palabras del poeta sevillano Joaquín Romero Murube, cuando escribía en su “Discurso de los toreros” que este corte de diestros “tienen del tiempo y del espacio, es decir, de las dos extensiones puras de la existencia, una medida aparte de los demás mortales. Y en el toreo esto lo manifiestan maravillosamente”.

Pero esa genialidad nacía de forma natural, no era ni pose, ni añadido artificioso. En uno de sus libros cuenta Díaz Cañabate una anécdota que lo refleja bien. Toreaba Rafael en Madrid. En su primer toro hizo, además de su conocida “espantá”, una de las peores faenas de su vida torera. Llovieron almohadillas y el público se hartó de gritarle.

Cuando “El Gallo” decaído por su suerte, volvió junto a la barrera, Vicente Pastor, que lo apreciaba mucho, se creyó obligado a consolarle. Y así,  le dijo:

–Hay que ver cómo está el público esta tarde, Rafael…

A lo que Rafael le respondió con viveza:

–Para vosotros, colosal. ¡Ya los he dejado a todos roncos!

A  “El Gallo”, tan expresivo como era, se le adjudican muchas situaciones anecdóticas y frases muy rotundas. Pero detrás de ellas siempre había más de que una mera ocurrencia. De ello da prueban dos definiciones que, con su carga de ingenio y gracia, no dejaban de ser muy precisas: “Clásico es lo que no se pude hacer mejor. Perfecto es lo que está bien arrematao.” Si se piensa un poco se advierte la carga de contenido que tienen.

La diferencia de “El Gallo” con todos los demás radicaba, precisamente, en que aquello que expresaba era fruto de su propia sinceridad, que a veces parece ingenua y en ocasiones chistosas. Por eso, la anécdota de Valladolid tampoco fue una ocurrencia: era la exteriorización de lo que en ese momento sentía. Se anunciaba aquella tarde en un mano a mano.  Habiendo matado al primero de su lote, sin lucimiento alguno. En esto que un espectador comenzó a increparle duramente a la muerte del toro y gritaba:

—A la cárcel, a la cárcel con El Gallo…

A lo que Rafael, consciente de que aún le quedaban dos toros encerrados, respondió:

–A la cárcel… ¡qué más quisiese yo con lo que me queda ahí dentro!

Pero en todas las circunstancias, su concepto sobre el valor y el miedo se sale por completo del discurso usual, incluso del que podría parecer lógico. Quizás sea por esa teoría de su diferente concepción del tiempo y del espacio, que explicaba Romero Murube.

Desde arriba –explicaba en una ocasión– parece que el toro se está quieto; pero a medio metro de él, o a dos metros, según los casos, se oye su respiración, se observa su mirada, se ven sus gestos, y por todo esto y otros muchos detalles, se deducen sus intenciones. Y cuando no se puede con el toro, hay que dar la espantá. Y eso es lo que hacía yo. En cuanto notaba que el toro me iba a dominar, salía por pies. Pero la espantá no es miedo, es defenderse del toro”.

Y añadía: “El que tiene miedo lo tiene en todos los toros, y cuando sale de casa ya va a la plaza asustado, y cuando sale a los medios ya ni ve.  Por eso, cuando uno ve que lo va a coger,  no se va a quedar uno a merced de la fiera. No es miedo, no. Si el toro era bueno y entraba, yo no tenía que dar la espantá. La prueba de que no es miedo es que con toros de esos, como los de Miura, después de haber dado la espantá, he vuelto a ellos y he estado superior. Y cerca. Porque yo he sido de los que se han puesto más cerca de los pitones, y por ahí hay miles de aficionados que no me dejarían mentir”.

Precisamente sobre los toros de Miura mantenía un criterio invariable:  son toros de los que necesita un torero para acreditarse. Haga usted una faena con un miura y la cuesta arriba le parecerá cuesta abajo.  ¿Pero qué más quiere un torero que consagrarse con un miura? Yo no se a que viene el recelo con estos bichos. De mi puedo decirle que no les he hecho ascos nunca”.

Pero el miura en toda la extensión que taurinamente se da al término, existe, pero El Gallo pensaba que “es como el gordo de la Lotería. Que sale uno de uvas a peras. Y cuando sale…¡la fin del mundo! ¿No le he dicho que es como el gordo? Al que le toca, le toca. Yo, en toda mi vida por las plazas, no he visto más que dos miuras-miuras. Con la marca de la casa. ¡Qué dos! El uno le tocó a Paco Madrid, y cuando el hombre cogió la muleta, ya había mandado la fiera cuatro a la enfermería; como sería el maldito, que la gente volvía la espalda y pedían que no lo matara. El otro le tocó a Vicente Segura. Yo estaba en el tendido y me salí para no verlo. Le cogió al entrar a matar. Eran toros que parecía que llevaban una persona dentro, de lo bien que discurrían. Una persona con muy malas intenciones”.

Y venía a concluir rotundo que si uno de esos loe hubieran tocado a él, no habría pasado nada: “No me hubiera pasado nada porque me habría ido a casa. Se puede luchar con animales, con más o menos instinto, pero cuando el animal tiene cerebro y piensa, igual o mejor que usted y que yo, no hay nada que hacer”.

“Todos los miuras que yo he visto –concluía– han salido buenos, menos esos dos. ¿Por qué iba a tenerles prevención? Si con muchos de ellos he hecho las mejores faenas de mi vida… Con los miuras, lo que hace falta es que no tenga uno la mala pata de que le toque el especial, el que justifica la leyenda negra. Y eso, como ha visto usted, es muy difícil”.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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