¡Pobres toros! (Un texto de Claudio Sánchez de Albornoz)

por | 8 Ene 2011 | Documentos

“Imagino la indignación de la frase liminar de estas líneas “¡Otro antitaurino más!”, se dirán algunos al leerla. Pues no, señor; no soy un enemigo de la llamada “Fiesta nacional”. No he sido nunca un aficionado en el sentido estricto del vocablo. ¡Ay de mí si lo hubiese sido! Desde el año 1936 hasta ahora [1979] he vivido en países donde no se celebraban corridas de toros. Pero apenas volví a Madrid en 1936 [debe tratarse de un error de imprenta, pues don Claudio regresó definitivamente a España una vez muerto Franco, en 1976] fui a los toros y me emocionó que me brindaran una par de banderillas a caballo y la suerte suprema. Pero ya conocéis mi teoría. Fracasó la Armada Invencible y triunfaron los juegos y deportes ingleses.
La lucha del hombre con el toro es una trimilenaria tradición ibérica. Por eso se practicó en el sur y en el levante de España – díganlo la estela de Clunia y las cabezas de toro de Costig – y subió Ebro arriba hasta los vascones navarros y hasta los vecinos por ellos vasconizados – recordemos la sanferminada y los antañones pugilatos de fuerza con los toros de fornidos vascongados-. Por ser de tradición ibérica atravesó los Pirineos y ha habido corridas en la zona iberizada de las Galias y no fue tradicional – lo afirmaba Jovellanos – en la España celta de Asturias y Galicia, aunque luego se aceptara en ella.
Es, por tanto, en verdad un espectáculo nacional aunque siempre haya tropezado con no pocas resistencias. ¿Me creeréis si os digo que en la segunda mitad del siglo XVI los hidalgos cordobeses procuradores a Cortes consiguieron que éstas solicitaran del rey la supresión de las corridas de toros? ¿Me creeréis si os digo que Felipe II – ¡Felipe II! – se negó en consentir en ello? Los aficionados a los toros deberían gritar en una “corrida de Beneficencia”: ¡Viva Felipe II!
No, cuando escribo ¡pobres toros! No aludo a los que caen en las muchas plazas de España cada año durante la temporada. Mueren luchando que es, al cabo, una noble manera de morir, y a veces se cobran de sus debeladores corneándoles, lo que no pueden hacer los a diario sacrificados en los mataderos…”
 Fuente: C.Sánchez-Albornoz, “Confidencias”
(Espasa-Calpe, S.A., Madrid, 1979), pp. 183-184.
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