Paco Ojeda y ese terreno inverosímil que pisó en los ruedos

por | 23 Feb 2013 | La Tauromaquia de los grandes maestros

"Ni soy el Mesías prometido, ni Juan Belmonte resucitado, ni he inventado el toreo. Soy un torero que tiene como horizonte acercarse lo más posible a la pureza sin engañar a nadie, ni a mí mismo", decía de sí mismo Paco Ojeda en entrevista en Diario16, que hoy da gusto releer.

Pero el torero de Sanlúcar de Barrameda tenía algo diferente. Juan Antonio Gómez Angulo –presidente que fue de la Comisión de los expertos– afirmaba en una reciente conferencia que "Paco Ojeda ha sido el ultimo gran revolucionario del toreo en España". Es una idea que años antes ya había esbozado Juan Pedro Domecq Solís, cuando escribía: "Paco Ojeda, con su toreo curvilíneo y su ligazón en un terreno inverosímil hasta ese momento del natural y el pase de pecho. Esta forma de torear y estos terrenos van a influir de forma notable en el toreo que se realizará a partir de entonces. Por ello, para mi, Ojeda es el último gran innovador en la evolución de la Tauromaquia".

Y no hace mucho, en la revista que Taurodelta edita en Madrid,  Paco Ojeda le confesaba a José Ignacio de la Serna: “Aseguraban que era imposible que le hiciera al toro lo mismo que a las vacas. Pensaban que mi concepto y mis formas distaban mucho de la realidad. Sin embargo, en mi fuero interno estaba convencido de que a los toros se les podía hacer cosas distintas. Quería ir un paso más allá́”.

¿Donde residía la dificultad de esa concepción del toreo? Según el torero, “en quedarme en el sitio después de rematar una serie, y cuanto antes mejor. Ahí́ radicaba la emoción y la dificultad de mi toreo. El toro se volvía buscando la muleta y se encontraba conmigo. Entonces me quedaba cerquita, sentía su calor y dejaba que me oliera la taleguilla de arriba abajo”.

“Me costó mucho trabajo y muchas volteretas –añadía Ojeda–. Pero quiero dejar claro que no me cogían por torpe. Me cogían porque quería imponer mi voluntad a costa de lo que fuera. Buscaba nuevas soluciones, dentro de una manera personal de hacer y sentir el toreo”.

“Lo realmente difícil es quedarse en el sitio cuando los toros tienen ganas de pelea, cuando conservan su fiereza y  movilidad. Cuando lo conseguía, me sentía grande, y el publico lo percibía enseguida. Al toro se le somete cuando le obligas a que te rodee. Cuando te conviertes en el eje de su embestida y le ordenas que dibuje espirales a tu alrededor”. Y  venía a concluir el sanluqueño: “Nunca toreé al son del toro. Lo mío era obligarle a pasar por donde no quería. Sé que hay otras formas de entender el toreo, donde quizás se exponga menos y sea más ‘rentable’, pero eso no es lo que buscaba. Sin embargo, el merito no fue mío, sino del publico. El fue mi gran mi aliado”.

En el fondo es lo que advertía Ignacio de Cossío cuando escribió que “la gran personalidad que ha aportado al toreo de hoy en día está basada en su quietud, el inverosímil terreno que pisa y en la ligazón de los pases, difíciles facetas en las que este torero es un auténtico maestro. Bien es cierto que tal forma de interpretar el toreo no es posible realizarla con cualquier tipo de astado, pero incluso con los menos aptos intenta lo imposible y su labor raramente es deslucida".

Ahí vienen a coincidir la mayoría de quienes han analizado el papel que Ojeda ha jugado en el trayectoria del Arte del Toreo. Y así, Fernando Claramente afirma en su historia de la Tauromaquia: "¿Qué  aporta Ojeda al toreo de su tiempo? ¡El sitio! Gritan los aficionados a coro. El sitio único, la proximidad al pitón, los pies bien clavados en la arena, la inmovilidad de las piernas y el sabio juego de brazos y muñecas, el temple y el talento para embeber la embestida en las telas. Ha entendido mejor que muchos compañeros de su generación al toro tardo, "regordío" de los años ochenta. Series largas de pases por uno y otro lado o sólo por uno de ellos, con los pies bien quietos. En los años cincuenta el toro trazaba un círculo. Ahora, porque Ojeda quiere, traza dos, en forma de ocho. Placer de la redondez, regusto de la espiral, del sacacorchos de la angustia en pases”.

Pero no todos han sido tan rotundos al enjuiciar a Ojeda. Por ejemplo, en uno de sus libros  Carlos Abella opina que "de la observación minuciosa del ejercicio cotidiano de su toreo, se apreció la que iba a ser su gran limitación: su personal toreo de "parón", de ampuloso adorno y de sorprendente aguante en los cites y en los remates de los muletazos, su toreo en tirabuzón –en ocho–, exigía el toro parado, sin fuerza, que no repitiera ni exhibiera el menor afán por seguir la muleta con codicia. Los aficionados no nos entusiasmábamos con su toreo sino con el sitio que pisaba. Lo importante en Ojeda no era cómo toreaba sino cómo citaba, cómo se adornaba después de torear, y cómo se quedaba en el sitio al concluir una serie para ligar el pase de pecho u otro remate. Lo bueno de Ojeda era lo que envolvía el toreo, no el toreo en sí”.

Más severo se pronunció en su día el acreditado aficionado Ignacio Aguirre, cuando escribía que "hay que juzgar a Ojeda como lo que es: un torero con empaque, de fuerte personalidad, distinto de la monotonía y uniformidad imperantes, pero corto de repertorio e incapaz de solventar los problemas que plantean los toros con dificultades”. Para  a continuación matizar:  Se creó un halo casi de leyenda en torno a un matador corto de recursos, con cierta torpeza en el manejo de los engaños, pero con un estoicismo hierático que transmite electricidad en los tendidos cuando sale el toro y hace su toreo".

Pero más allá de las opiniones, lo cierto es que Paco Ojeda y ese sitio que pisaba se aganó un lugar propio en los Anales de la Tauromaquia. Y así, la tarde de 1988, uno de sus triunfos más grandes en la Real Maestranza, Joaquín Vidal dejó escrito en “El País”: "La plaza entera estaba de pie, enardecida, cuando Paco Ojeda se pasaba por delante al quinto toro de la tarde, clavadas las zapatillas en la arena. Y cuando ya el alarde parecía haber llegado a su posibilidad infinita, y Ojeda se descaraba a un palmo de los pitones, firme e impasible el ademán, la muleta en ristre hecha un cartucho, volvía, de súbito, a citar el pase natural, a empalmarlo con el cambiado, y así una vez y doce, o las que fueran. La gente se llevaba las manos a la cabeza y creía estar soñando. Una vez y doce -las que fueran- el toro pasaba por delante del torero estatuario, en seguimiento continuo de la muleta que se movía a vaivenes de precisión. El triunfo era clamoroso y el torero lo solemnizaba con una prestancia épica”.

Algo que no es muy diferente a la conclusión a  la que llegó Filiberto Mira en su crónica de aquel 12 de octubre de 1982, cuando Ojeda se encerró con seis toros –que luego fueron siete—en el ruedo maestrante: "Nunca hasta él se había visto templar tanto en tan corto espacio. Ni conseguir tan largos y hondos pases en terreno tan exiguo”.

Transcurridos los años, cuando su paso por los ruedos podía contemplarlo con la perspectiva que da el tiempo, en una magnifica entrevista de Fernando Carrasco, en el ABC sevillano, Ojeda decía sencillamente: “Ahí había un sitio que quedaba libre, una plaza vacante. Y lo estaba porque era muy dura. Y dije, voy a meterme yo. Era la solución porque en ese momento, con tan buenos y grandísimos toreros, era muy complicado destacar”.

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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