OSELITO [Andrés Martínez de León]: «¡Suerte!»

por | 12 Ago 2014 | Hemeroteca taurina

Suerte. Mágica palabra en la fiesta de los toros. ¡Suerte! ¿Y qué es la suerte? Pues… ¡qué sé yo! Tó y ná. Argo misterioso e imprevisible que lo mismo te acompaña en un talegaso de quinse metros, que se orvida de ti ar doblarse la silla habiéndote ingresar en er gremio de los cojos pa toa la vida. Un geniesillo burlón que se sirve de las cosas menos pensá pa sarvarte o perderte. ¡Suerte! ¡Eso!

Tos necesitamos suerte en la vida. Pero er torero más. Muchísimo más. En las dos horas de corría -de no haber «caballazos», claro- un manojo de espadas de Damocles. grande como to los espárragos de Aranjuez juntos, penden de un hilo sobre sus cabezas. Con razón le llaman «suertes» a los lanses taurinos.. ¡Vaya si lo son! Si medimos la tremenda potensia der toro, sus afilaos cuernos y su terrible fieresa con la fragilidá del  hombre vestío de luses, aquí debiera haber más muertes que en er boxeo, las carreras de bólidos o por cuarquier penarty más o menos injusta En la fiesta de los toros, aunque otra cosa se crea, la muerte es más aparente que real. Afortunadamente, claro está, es más el ruido que las nueses. Pero es tan pavoroso ese «ruido» y la posibilidá der tremendo desgarro en núestro cuerpo, que sólo ponerse delante de una fiera asi, ya es una barbaridá, y cada «suerte» la suerte de resurta ileso.

Tó los toreros son muy religiosos. Lo son. Pero no deber mesclar ar sielo con estas mlnusias der geniesillo travieso de la suerte en la tierra. Vean lo que le susedió a sierto diestro que en su afán de agarra la estocá, se encomendó ná menos que a su ángel de la guarda. Pero resurto quel ángel era partidario del furbo, y pinchó más que un higo chumbo.

Suerte. Suerte. Suerte.

Yo no me rio cuando er torero rectifica la posición de la montera si ésta cae a la arena boca arriba en er brindi ar público. Ya sé que es mas seguro no hacer caso del esaborío que te grita ¡con la izquierda!, que vorve boca abajo la montera. Pero en la fiesta de toros está to tan pendientde un hilo -éxito y fracaso: vida y muerte- que me explico tó lo que se haga, por absurdo que sea, con tal de que ese hilo no se rompa y te den con tó los espárragos en las espaldas. Er torero que al estrenar un traje recibe er «castañaso» der toro y deside no ponérselo más como si las humirdes lentejuelas tuvieran la curpa: er que por ná der mundo usaría este color o el otro en sus vestios; er que le es más simpático este toro que el otro. Y… er que no le gusta ni este, ni el otro, ni ninguno, que de to hay.

Juan Bermonte se descubría siempre que pasaba frente a la casa de «la Viuda», en la calle O´Donnell sevillana, porque un toro de Concha y Sierra le sarvó artisticamrnte en Madrí cuando se hundía sin remedio.

Dos banderilleros regresaron al hotel después der sorteo, máxima suerte. El apoderao comía a dos carrillos: “¿Hemos tenío suerte?”, preguntó. “Nosotros, regulá. Nos ha tocao dos toros. Pero “suerte” la suya, con esos dos pollos que tiene delante”.

Y es que la suerte -en los toros y en la vida- no es ná y es tó. Argo misterioso que te hase asertá los catorse resurtaos, sin saber de furbo, mientras técnicos de deportes mú buenos mozos se pudren sin dar una.

¡Suerte! Y a está dicho tó.

© El Ruedo, 11 de agosto de 1964

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Taurología

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