No estamos en «sanisidro»: media entrada

por | 7 Jun 2011 | Temporada 2011

MADRID. Primera del abono del Aniversario. Media plaza. Tarde con lluvia intermitente. Cuatro toros de Los Bayones —de los seis anunciados–, de muy desigual presentación y de escaso juego, a excepción del tercero, que fue excelente; un sobrero de Hermanos Fraile Mazas (5º bis) y otro de Valdefresno (6º bis), de mal juego. Rafael Rubio “Rafaelillo” (de ciruela y oro), un aviso y silencio y silencio. Diego Urdiales (de azul pastel y oro), silencio y silencio. Matías Tejela (de rosa y oro), aviso y ovación y silencio.
 
Ya desde la calle de Alcalá se notaba que aquello ya no era una tarde más de San Isidro. Hasta se podía tomar café en las barras de los alrededores. Era el preámbulo a ver luego tan solo media entrada. A lo mejor es tan sólo una consecuencia de lo desapacible del día, con chaparrones intermitentes y temperaturas a la baja, por más que uno lo dude. Pero si, salvada la Beneficencia –que pondrá hoy el “no ha billetes”–, volvemos a las medias entradas, blanca y en botella. O sea que sólo por cabezonería se mantiene este abono bis, que si con los 75 años tuvo algún sentido, hoy carece de razón de ser. Si de paso Taurodelta le da un bajonazo a los carteles, pues a más a más.
 
Es lo que suele ocurrir cuando se libera al personal de obligaciones. Cuando se le permite elegir, lo hace: se queda en su casa. Y más de uno haría lo mismo en San Isidro cuando los carteles son deficientes. Lo que ocurre es que tal como anda esto de los abonos –oiga, que es un puntazo hasta para una herencia–, se mantiene a toda costa la titularidad, aunque sea buscando algún tipo de ayudita económica, como en tantos casos ocurrió este año.
 
Pero vayamos a la cosa de esta tarde. Y lo primero y fundamental para lamentar con toda sinceridad que Matías Tejela no fuera capaz de cortarle las orejas al excelente tercero de la tarde. Pero que no se engañe: aunque nos hubiera liberado del oprobio  de los tres bajonazos en los sótanos, su faena no estuvo ni de lejos a la altura de su enemigo. La calidad de sus embestidas exigía que el torero se rompiera, no que diera numerosos muletazos, la mayoría de ellos mecánicamente interpretados. Con actuaciones así se explica que siendo un torero tan nuevo haya dejado de tener toda novedad, que es algo que en los ruedos se marchita más rápido que la juventud.
 
Pero hay que lamentar, y mucho, que cuando se le ofrece una oportunidad que no es “echarle a los leones”, dos toreros honrados como Rafaelillo y Diego Urdiales tengan el santo tan de espaldas como hoy: cuatro toros sin casta ni fuerza, que antes de empezar ya se habían acabado. Los dos merecían mejor fortuna, que se la tienen ganada.
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Taurología

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