Morante y su «toro subjetivo», la armonía y la hondura del arte del toreo

por | 20 Ago 2014 | Temporada 2014

BILBAO. Quinta de las Corridas Generales. Dos tercios de plaza. Seis toros de Núñez del Cuvillo, simplemente correctos de presencia aunque desiguales de hechuras, blandos y manejables. Morante de la Puebla (de marino y oro), ovación, silencio y una oreja. José María Manzanares (de grana y oro), ovación, ovación y ovación tras un aviso.

Y Bilbao se volvió a enamorar de Morante. Bastó que pusiera sobre el tapete la armonía del arte del toreo. Ni siquiera hizo falta esa actuación absolutamente arrebatadora, que no lo fue. Resultó suficiente que explicara qué es la hondura de esa trilogía del parar, templar y mandar, en un toreo curvilineo. ¡Y no es poco!. Lo hizo con un toro que, de salida, no parecía el más adecuado. El torero hizo que lo fuera.

En los años gloriosos de Curro, decía don Luis Bollain –el mayor escritor que ha tenido el belmontismo– que para una tarde grande el de Camas necesitaba el “toro subjetivo”, concepto que, según explicaba, no guarda relación alguna ni con que fuera más o menos ofensivo, ni de que tuviera tal o cual calidad, elementos todos que son objetivables en el ruedo y desde el tendido. Curro no requería el toro recortadito, suavón, nada ofensivo por delante; lo que necesitaba para cuajar un día de gloria, decía el notario sevillano, era ese toro que respondiera a lo que Curro sintiera por dentro en ese preciso momento, necesitaba el “toro subjetivo”.

De este discurso[1] se acordaba uno viendo el toreo purísimo y profundo de Morante con el quinto de esta tarde. Observando su comportamiento en el primer tercio, era como para plegar el block de notas: aquel pozo no contenía el agua que se adjudica como necesaria a Morante. Pero el de la Puebla parece como si se encaprichara con este “Encumbrado” en las  cinco verónica y una media excelentes de su quite. Y ya dijo “este es el mío”, en la rotunda réplica a unas superficiales y despegadas chicuelinas de Manzanares en su turno, para explicarle al de Alicante como se cincela el verdadero lance que se adjudica al grandioso torero de la Alameda de Hercules.

Después de un quite así, tenía que venir algo grande. Y vino. Estábamos ante el “toro subjetivo”. La increíble despaciosidad de su muleta, la templanza de esa muñeca derecha, la verdad de sus cites, la largura del muletazo hasta muy atrás de la cadera, el adorno torerísimo frente a un imprevisto… Todo eso que incendia al público, con independencia de su grado de conocimientos, sencillamente porque lo sublime sobrecoge. Nadie se acordaba para entonces que el de Núñez del Cuvillo tenía tendencia a irse suelto de las suertes, ni de que en más de una ocasión amagó con rajarse,  ni de que su pitón izquierdo bajaba muchos escalones en calidad. Sólo quedaba en el recuerdo lo maravilloso del torear sublimemente despacio de Morante.

Pero hay que colocar en su lugar esta exaltación morantista. No ha sido la suya una de esas faenas que un torero cuaja un par de veces en su vida, ni marcará un antes y un después en su carrera. Lo de este 5º de la tarde ha sido como fuertes fogonazos de lirismo puro, cante del más grande frente a esos “jipíos” de tablaos para guiris. Esa es la diferencia.

Morante pudo estar más que torero y compuesto –que es lo que hizo– con el suave toro que abrió la tarde, al que innecesariamente le pegaron una barbaridad en el caballo, tanto como para llegar vacío al último tercio. No obstante, dejó detalles, “sus” detalles, que tanto se agradecen y que en Bilbao levantó al personal en más de una ocasión. Vino a ser como el tráiler de la película que nos reservaba el de la Puebla para luego, una vez resuelto el mero trámite de pasaportar al blando y aburrido 3º, que ese no era toro ni “objetivo”, ni “subjetivo”.

José María Manzanares ha cumplido con su compromiso bilbaino, un público que le espera tanto que incluso le ha ovacionado con largueza. La realidad es que, detalles al margen, ha sido la suya una actuación sencillamente correcta, una de tantas entre  las que lleva este año. Y como en otras, ha abusado del toreo en línea, despegado, sin terminar de arrebatarse en ningún momento. Y es que con las dimensiones que tienen su capote y su muleta –con las que pueden hacerse trebejos para completar un esportón– no es fácil alcanzar la belleza plástica y profunda a la vez del toreo. Como, además, las estrechuras en la actualidad no son lo suyo y tiene la mala costumbre de torear hacia las afueras, la cosa se complica aún más.

Esto suelen ser rachas de los toreros, que por las razones más diversas se envician en algunas formas de torear, hasta que luego vuelven de nuevo sus orígenes. Y los de Manzanares fueron mucho mejores que los que vemos hoy. Con todo, como la verdad no se olvida, aún mantiene momentos en los que te sorprende y te levanta del asiento. También en esta tarde bilbaina.

Aunque la espontaneidad con la que se construye este relato lo haya dejado para el final, hay que felicitarse de la notable mejoría que ha experimentado, después del tremendo bajón, la ganadería de Núñez del Cuvillo. Aunque algo blanda, hoy ha lidiado una buena corrida de toros. Parece que aquello fue un algo pasajero y se ha rectificado a tiempo. Bienvenido sea, porque siempre ha sido un hierro interesante, con un buen equilibrio entre el encastamiento y la bondad.

[1] Esta tesis de Bollain sobre el currismo la cuenta mucho mejor que nosotros Luis García Caviedes, en su libro “Curro Romero, mito de Sevilla”.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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