Memoria de «Tito de San Bernardo», el respeto por la espada y la muleta

por | 15 Oct 2010 | Retazos de Historia

Conociendo su valía y su afición, le preguntaba en los albores de la tarde, cuando iba vestirse un terno azul marino y plata, que no terminaba de explicarme esa consideración sin límite que un banderillero tiene con el matador, cuando en muchas ocasiones saben bastante más del oficio que ellos. Y su respuesta fue fulminante: “El que coge la espada y la muleta tiene una responsabilidad y una preocupación muy grande.  Nuestra obligación es respetarle”.   Para en seguida seguir con la conversación: “Para qué engañarnos, no tenía el valor necesario, porque de torear como banderillero a torear como matador hay mucha diferencia”. 
 
Manuel Rodríguez, "Tito de San Bernardo", empezó a soñar con ser torero en el Matadero Municipal de Sevilla a comienzos de los años 40. Como otros muchachos de la época, desde muy joven toreaba con una muleta de arpillera las becerrillas que le echaban los matarifes.  Allí compartía lecciones, entre otros, con Manolo Vázquez. Con trece años nada más debutó en Huelva. “Pero toreaba poco, si un año toreaba unas cuentas novilladas, al siguiente eran menos, y al siguiente…”. Hasta que lo dejó, para hacerse banderillero. “
 
Y paso a paso, desde los años 50 fue en la cuadrilla de todas las figuras de cada momento: Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez, El Viti, Diego Puerta, Paco Camino, Dámaso González… Pero por razones de edad nunca pudo cumplir su sueño dorado: “He ido con muy buenos toreros y muy buenas personas, pero si pudiera coger un ideal a mí con quien me hubiera gustado ir es con Pepe Luis. Cuando yo era un crío era una figura enorme y, además, conviviendo todo el día en el mismo barrio, éramos como de la familia
 
Había empezado ya a vestirse, si no recuerdo mal, cuando como de pasada comentó: “Desde por la mañana cuando te despiertas, se te mete el olor a toro en la barriga y hasta que no se mata la corrida no se te quita la preocupación”. Para seguir luego, como quien habla sólo con uno mismo: “Me di cuenta que no servía como matador, pero a mí lo que me gustaba era esto, era el oficio que de verdad conocía, pues me dije: a ello. Hay que comprender las posibilidades que uno tiene y las condiciones que son necesarias. Además, cuando de verdad se tiene afición, se supera todo y se disfruta toreando”.
 
En este casi soliloquio, en esas horas que otros a lo mejor están durmiendo la siesta, Tito de San Bernardo me explicaba que “cuando toca ir al sorteo, lo primero que hago es mirar a la cara a los toros. Y luego, el bulto. Uno lo que quiere es que a su matador le toquen los dos mejores, que embistan. Y ya te vas fijando en el tipo del toro”.
 
Y es que la primera razón de su oficio es que su torero triunfe: “Si el torero triunfa, todos triunfamos con é. Lo mismo que si las cosas no salen bien, uno sale como apocado de la plaza”.
 
¿Y lo más duro?, le preguntaba mientras se ajustaba el chaleco. “En el toreo todo es duro, pero lo que más pesa cero yo es el toro y los viajes. Claro que el toro siempre impone más que los viajes, por duros que sean”. Pero también recuerdo tantos días, tantos meses fuera de casa: “Cuando vas bien colocado, durante la temporada estás más tiempo de plaza en plaza que en casa. Y en cuanto acaba, nos íbamos a América en octubre y volvíamos en marzo. Pero en seguida otra vez empezábamos con Castellón, Valencia, Sevilla, Madrid…. Así un año tras otro. Pero eso es a lo que aspira un banderillero,  a ir bien colocado y poder torear muchas tardes”.
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