Mano a mano de diseño para unas bodas de plata

por | 19 Ago 2014 | Temporada 2014

BILBAO. Cuarta de las Corridas Generales. Algo menos de los dos tercios de plaza. Toros de distintas ganaderías; los de rejones, reglamentariamente desmochados. Pablo Hermoso de Mendoza, ovación, dos orejas y silencio. Enrique Ponce (de grana y oro), ovación, silencio y ovación tras un aviso.

Antes de iniciar el paseíllo se bailó un aurresku en honor de los actuantes, a los que el alcalde de Bilbao y el Presidente de la Comisión Taurina entregaron sendas placas. Hermoso de Mendoza salió a hombros de un costalero.

Tarde de conmemoraciones y honores, que  aunque fueran merecidos  tenían un bastante de justificación y adorno de la inclusión en una feria de primer orden de un cartel tan sui generis como el que se anunciaba. Tan es así que para Ponce ya era una "errepetición" de homenaje, que ya se le hizo otro idéntico en la Semana Grande de 2012, en el que también iba vestido de grana y oro. En cualquier caso, la ocurrencia de los organizadores casi funcionó en taquilla: no consiguieron poner el “No hay billetes”, que quedó muy lejos, pero hasta ahora ha sido la mejor entrada de la feria. Pobre consuelo. 

Pero cubierto el trámite, las cosas discurrieron desigualmente. En buena medida por el juego de los toros, que de tan seleccionados como estaban algunos parecían más bien de attrezzo: todos muy en el límite para poder ser denominados “toros de Bilbao”. Bajo este punto de vista, una decepción: las efemérides deben ser completas.

Para el caballero navarro hubo un toro importante, con el hierro de Carmen Lorenzo; otro muy bondadoso pero sin fondo, de Fermín Bohórquez, y un tercero de Victorino Martín nada apto para el toreo a caballo, para el otro tampoco. Por su parte, Enrique Ponce echó por delante uno  blando y suave de Juan Pedro Domecq, al que más que torear había que mimar; el de Victorino, sin remate ni presencia adecuada –que en una plaza de primera no habría pasado el fielato del reconocimiento–, resultó muy deslucido; lesionado en chiqueros el anunciado de Alcurrucén –-un dije de toro–, para cerrar la tarde lidió un sobrero también de Juan Pedro, nobilísimo ante los engaños, pero al que su escasa fortaleza le restaba importancia.

Con el reaparecido “Chenel”, Hermoso de Mendoza dejó en Vista Alegre quiebros y toreo de excelencia ante el buen toro de Bohórquez. No es posible torear con mayor ligazón y temple. Pero toda su faena a éste que abrió plaza rayó a un nivel enorme, sin una carrera inútil, sin más alardes que los que supone el auténtico “parar, mandar y templar”. Luego falló con el rejón de muerte, pero ahí quedó su faena.  Muy meritoria ante el bueno y exigente toro de Carmen Lorenzo, al que había que imponerse y poderle, como hizo el navarro; con la emoción de la pujanza del “murube”, Hermoso de Mendoza cuajó una faena estimabilísima y con “Disparate” un gran tercio de banderillas. Dos orejas sin dudas en el palco. Resolvió con solvencia la lidia del impropio “victorino”, ante el que invitó a poner un par de banderilla a su sobresaliente, Sergio Domínguez.

Con esa carencia de valores sustantivos a la lidia, que generan los toros sin fondo alguno, Enrique Ponce toreó pulcramente a su primero de Juan Pedro, con su peculiar sentido estético; pero luego dejó una estocada caída y mal ejecutada. Hizo un esfuerzo con la sardinilla de Victorino, pero el “albaserrada” no tenía ni clase, ni bravura; lo lidió sin agobios. Frente al que cerraba la tarde, ya entre dos luces, dio toda una lección de lo que es la ligazón y la plasticidad en el toreo. Cierto que el almibarado sobrero rezumaba bondad, pero el punto artístico lo puso el torero. Y lo hizo en tal nivel que si nos descuidamos pasamos por alto que el toro no tenía ese punto de poder que convierte el arte en épica. Una faena con su sello propio, que la afición bilbaina celebró largamente. La media en buen sitio no resultó suficiente y luego se demoró con el descabello, para que todo concluyera en una cariñosa ovación.

La ocurrencia del cartel resultó para el público amena, aunque no resulta fácil  acostumbrarse a esa alternancia del toro romo y el toro en puntas. Para los actuantes puede ser cómoda, porque elimina competencias; pero para el espectador da la impresión de que “vista una, vistas todas”. Vamos, que mejor no repetir. Como cosa curiosa, vale; como fórmula convencional, mejor la dejamos.

Como habría que abandonar esas tristísimas salidas a hombros como la que  hoy protagonizó Hermoso de Mendoza: con un costalero  en solitario, de los que van de feria en feria y que ya llevan hasta anuncio en la camiseta. ¡Qué imagen tan pobre de lo que es un triunfador! Pero con esa manía tan extendida de que al ruedo no salte nadie a alzar en hombros al ídolo,  es lo que se estila. Una pereza de escena, en el siglo de la imagen.

Apóyanos compartiendo este artículo:
Taurología

Taurología

Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.