Manili y Pepe Luis Vargas: Valor y pundonor de toreros antiguos

por | 6 Dic 2011 | Retazos de Historia

Lo dejó escrito Joaquín Vidal en mayo de 1991, en las páginas del diario “El País”: “Para valientes, Manili y Pepe Luis Vargas. La corrida que tuvieron delante era como para echar a correr. Los Guardiola salieron peligrosos; los toros más peligrosos de cuantos llevamos en la feria; los más peligrosos entre cuantos hayamos visto en la temporada. Y el de Charco Blanco aún peor, porque pegaba cornadas en cada embestida. Y, sin embargo, los quisieron torear como si fueran canela.No es que estuvieran equivocados Manili y Pepe Luis Vargas. Es que buscaban el triunfo en Madrid con la fe y el ahínco de quien quiere alcanzar la gloria aunque sea atropellando la razón. La cogida era evidente e inevitable con el toro de Charco Blanco, a pesar de lo cual Vargas le citaba al natural y en redondo una vez y otra, por si se producía el milagro de que el toro tomara el engaño”.

De esta tarde isidril, el desaparecido crítico añadía: “El milagro fue, sin embargo, que Vargas no saliera cogido en cada embite, porque el de Charco Blanco ni loco iba a ir al engaño. Lo suyo consistía en buscar el bulto y pegar el tornillazo. Milagro también fue que el tercero no levantara los pies del suelo al jabato sevillano, que hasta plegó la muleta para citar desde lejos al natural y después porfió repetidas veces sobre ambas manos, sin otros resultados que encontrarse con los pitones en el pecho. Primero y segundo fueron los únicos ejemplares que de alguna forma podían considerarse manejables, pues al fin y al cabo tomaban la muleta. Lo hacían con la cara alta y el consiguiente peligro, y el problema era bajársela. Galloso no lo hizo. Debió pensar: «¿a ver quién le pone el cascabel al gato?»”

Seguía así su crónica: “La respuesta se la dio Manili: «Yo se lo pongo». Y dicho y hecho. No hacía falta más que pisar el terreno adecuado, citar con mucha verdad, mandar en el muletazo y de paso jugarse la vida. Dirían toreros de todo corte y quizá de no tantas agallas: «Qué gracioso, jugándose la vida; así cualquiera». Manili -un pundonor de diestro antiguo- tiró, obligó, templó y se pasó los pitones por aquí y por allí, entre naturales, redondos, pases de pecho, ligazón, torería de la mejor ley. Como, no mató y hasta escuchó un aviso, le hubiera dado con la máquina de escribir, porque es imperdonable que, se dejara escapar ese triunfo de apoteosis que ya tenía ganado”.

Más adelante, Vidal llama la atención del lector en estos términos: “Hasta con él capote -una suerte que la mayoría de los espadas eluden- estuvieron extraordinarios. Los dos recibieron a sus toros ganándoles terreno en el lance y embraguetándose en la misma boca de riego. Los dos hicieron quites. Uno de Vargas por chicuelinas fue primoroso y cuando en el sexto se echó el capote a la espalda, para pasarse por la barriga los puñales del Charco Blanco, la emoción adquirió caracteres de angustia”.

Y como colofón, estas palabras: “Los espectadores, de paso y los cuatro frívolos que también hay entre aficionados se lamentaban al final de. que habían visto una mala corrida. Bueno, pues no hubo tal. Cuando en el ruedo hay toros -bien que sean duros como la piedra- y unos gigantes del valor como Manili y Vargas, la corrida nunca puede ser mala”. 

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Taurología

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