Luis González, memoria viva del toreo de plata

por | 12 Oct 2011 | Retazos de Historia

Fue un auténtico caso excepcional en la historia de los toreros de plata, hasta ser por derecho propio uno de los grandes.  Se nos ido para siempre  hace unas semanas. Pero en la memoria quedarán siempre recuerdos imborrables de este Luis González, que tantas tardes de satisfacciones taurinas dio a los aficionados.  Un ejemplo elocuente: como rememora un buen aficionado, allá por la década de los 50 en una novillada de las del mes de mayo en la Maestranza estuvo genial: lidiando, poniendo toros en suerte, haciendo quites sensacionales, banderilleando…. Tan fenomenal, que al terminar la novillada 50 o 60 personas se echaron al ruedo y lo sacaron a hombros por la puerta de cuadrillas. Y era Sevilla, no una plaza cualquiera.

Pero los habituales de los tendidos sevillanos recordarán la tarde, de hace ya más de medio siglo, en la que se celebró un festival benéfico en el que mataron seis novillos tres grandes de plata: Julio Pérez "Vito", Antonio Luque Gago y Luis González. Le llamaron "el festival de los banderilleros", y fue algo excepcional. El Vito en un toro colocó tres pares al quiebro; los tres en el centro del ruedo, nada de aliviarse en tablas, quedándose parado y saliendo andando marchoso muy despacio de la cara del toro las tres veces. Luque Gago demostró lo que era: uno de los pocos banderilleros al que le servían el 100% de los toros y que tenía toro en absolutamente todos los terrenos y lugares de la plaza; banderilleó a sus dos toros sin dejar que le diesen ni un sólo capotazo en los seis pares. Y Luis González formó una auténtica revolución ¡con la muleta!: dos faenas en la línea típica de César Girón, que aún quedan en la memoria de cuantos tuvieron la fortuna de verlo.

Este Luis González, el torero que siempre quiso ser banderillero, empezó muy joven con su afición. “Que yo recuerde, quise ser torero desde que tuve uso de razón”, recordaba hace años.  Su temprana vocación le venía de la arraigada afición que se vivía en su familia. “Un tío mío era camarero, pero camarero de toreros, porque trabajaba en el Pasaje del Duque, en el Casino y en el Kursaal, que eran os sitios a los que siempre iban las figuras, como Chicuelo o Gitanillo, pero también los que empezaban, y a todos los que daba café, también a los estaban tiesos y no podían agar durante el invierno”.

En el ABC sevillano le contaba Luis González a Rafael Moreno –entonces periodista y luego apoderado de figuras—que, en correspondencia a estos favores, “mi tío podía ir luego a todas las corrida y me llevaba con él. Sólo hablaba de toros. La otra parte de la familia también estaba muy ligada a los toros. Mi abuelo tenía lo que entonces se llamaba la Huerta del Lavadero. Allí iba Gallito a matar toros a puerta cerrada para entrenarse. Así se aficionó mi tío y toda mi familia, Por eso sólo oí hablar de toros”.

Pero su vocación siempre estuvo clara: quería ser banderillero. “Veía a los toreros de aquella época y no me atrevía a competir con ellos Eran auténticos monstruos. Cualquier segundón de entonces sería hoy primerísima figura. Por eso ni se me pasó por la cabeza, conociéndome, intentar ser matador. Además, a mi me gustaban mucho las banderillas: el toreo a cuerpo limpio, con los palos en la manos, me figuraba a mí los dioses griegos”.

Con su punto de nostalgia, recordaba Luis que “la primera vez que me puse delante de un becerro fue en un pueblo de Jaén, en Pontones, donde iba a veranear con mis tíos, Tendría 10 años. Pero en plan serio, con 17 años me vestí de luces por primera vez, en la parte seria de una nocturna en Sevilla. Yo actuaba de banderillero y todavía recuerdo el sainete que pegué. Después de aquello ya lo dejé hasta los años 50”.

En este ínterin maduró su vocación y cuando de nuevo lo intenta ya se siente asentado en su decisión:  Fue con una vaca en La Rinconada; allí claro cual era mi camino, supe que iba a triunfar. Tenía 20 años y quise ir más deprisa de lo normal; enseguida me coloqué con Andrés Luque Gago. En aquella época los toros me cogían hasta haciendo el paseíllo. Hasta me aconsejaron que me hiciera mozo de espadas, porque no había manera. Pero me picó el amor propio y tomé la decisión de hacer lo que tenía que haber hecho: empezar por abajo. Por eso me fui a las capes y a torear por los pueblos para aprender el oficio”.

Y aprendido, todo salió como había soñado. Pronto ya entró en la cuadrillas de distintas figuras de la época. “Toreando un día con Rafael de Paula me vio El Vito y como faltaba un hombre para la cuadrilla de Jaime Ostos me llamó. Desde entonces formé pareja con él”.

En primera línea permanece hasta 1976, cuando decide dejarlo. Pro volvió a vestirse de plata, por una razón de amistad y un punto de romanticismo: “Volví para torear con el hijo de Litri, pero lo dejé pronto, sin avisarle a nadie”. Esta fue la retirada definitiva, con la sola excepción que ya tenía prevista: vestirse de torero para formar en la cuadrilla de Litri hijo el día de su alternativa, en Nimes.

Siempre confesó que su maestro en el oficio fue El Vito: “Me enseñó muchas cosas. Siempre fue el torero al que más admiré, porque le andaba muy bien a los toros, le dejaba el par siempre en su sitio y salía muy airoso de la suerte”.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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