Los triunfos de Manzanares y El Juli no pueden tapar el fracaso de Núñez del Cuvillo

por | 18 May 2011 | Temporada 2011

MADRID. Novena de abono.  Lleno. Cuatro toros de Núñez del Cubillo y uno de Ortigao Costa y otro de Carmen Segovia, desiguales en todo. Julián López “El Juli” (de verde botella y oro), palmas y una oreja. Sebastián Castella (de grana y oro), palmas y un aviso palmas. José Mª Manzanares (de nazareno y oro), ovación y dos orejas; salió por la Puerta Grande. En una barrera del 2, asistió S.A.R. la Infanta Elena.
 
Es lo que tiene el buen toreo, que como las mantas zamoranas, todo lo tapa. Hasta el caso de Núñez del Cuvillo, que son palabras mayores. Pero El Juli se puso a meter en la muleta su segundo y, con ese poder que tiene, lo consiguió; faena técnicamente perfecta, de un lidiador ya indiscutible. Por  si era poco, Manzanares se empeñó en hacer que el último “cuvillo” fuera por donde no quería ir y le recetó luego un espadazo en la suerte de recibir que puso la plaza boca abajo. Y al salir, todos tan contentos.
 
Pero momentos tan gozosos ni pueden ni deben tapar todo lo que ha pasado, antes y durante la corrida. El ganadero titular, será porque el que no se consuela es porque no quiere,  se excusaba ya por la mañana, en una especie de caza de brujas,  para justificar que lo que le había dejado en cuadro su corrida era la psicosis de todo lo ocurrido con la anterior, de escandaloso recuerdo. Pues, va a ser que no, señor mío. La realidad es mucho más sencilla: que había contratado dos corridas para San Isidro sin tener en el campo toros con el suficiente trapío para comparecer en el foro. Vamos, como el que vende un jamón, cuando sólo tiene en su almacén un chorizo y un poco rancio. Todo lo demás son coplas. Pero no hay que preocuparse, las figuras seguirán discutiendo por anunciarse con esa divisa.
 
De los cuatro “cuvillos” de esta tarde, tres carecían del trapío exigible, los mismos tres que andaban sin celo ni raza; se salvó el sexto, aunque ya mediada la faena se vino abajo. El primer sobrero, de Ortigao Costa, cumplía la misma descripción, a la  que luego se apuntó también el de Carmen Segovia, que hizo quinto. El chistoso recordaría aquello de “mal de muchos, epidemia”. Pero la cosa no está precisamente para chistes en la cabaña de bravo.
 
Y camino íbamos de pagar los platos rotos en este cartel tan cerrado de la feria, que había congregado a los del clavel y a los de siempre. Pero en el cuarto, tras un deslucido primer tercio, salió El Juli y su muleta mágica hizo el resto. Tengo para mí que la clave estuvo en los cinco o seis muletazos por bajo, muy exigentes, con los que inició su faena; fueron verdaderamente perfectos  para que el “cuvillo” se acordara de que en su dehesa también hay sangre brava y de raza. A partir de ahí fue una demostración de poder y de conocimientos, con la muleta arrastrada por el suelo obligando a su enemigo a seguirle, sin dejarle un respiro. Lo mató por arriba y se le concedió una oreja. Probablemente no es de los días en los que El Juli habrá toreado con más sentimiento; pero ha sido una lección soberbia de un lidiador consagrado.
 
La otra cumbre de la tarde la subió Manzanares con el sexto, el más potable de los toros de don Álvaro, con una faena bien estructurada, basada en la mano derecha, con buen gusto y temple, pisando los terrenos adecuados. Se sucedieron series muy templadas, alargando la embestida del “cuvillo” hasta más allá de donde quería ir con toda su media raza. La cosa iba bien y muy entretenida, aunque sin ese arrebato que le tiene a uno en vilo; el arrebato lo puso al final el alicantino con un espadazo recibiendo, ejecutado en el mismo centro del platillo, que ya de por sí era de premio. Y se lo dieron por partida doble.
 
En su primero, El Juli estuvo cumplidor, que es lo que cabía hacer. Mas suerte relativa tuvo Manzanares con el soso tercero, al que también mató muy bien. Y la suerte estuvo negada para Sebastián Castella; por más que se empeñó por activa y por pasiva, no era posible hacer el buen toreo con ninguno de sus dos toros.
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Taurología

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