Los toros desde el Siglo de Oro

por | 10 Jun 2012 | Literatura taurina

Nadie puede dudar de cual es el deporte nacional de España. El fútbol fue introducido por los británicos en la península a finales del siglo XIX y se jugó por primera vez en el país vasco en la década de 1870. El primer club fue fundado en Huelva en 1889, el año en que según parece se empezó a utilizar la pelota de fútbol de cuero en España. Hay muchas historias de fútbol, todas bien documentadas. Pero mucha gente también atesora la idea de que España tenía otro deporte nacional, que no está tan bien documentado, pero que levanta pasiones igualmente, es decir los toros. La polémica sobre la suspensión de las corridas en Cataluña demuestra que el tema se siente con intensidad.

Cuando un asunto levanta los ánimos, uno puede estar seguro de que no hay ninguna prueba definitiva que respalde a ninguna de ambas partes, y esto es lamentablemente lo que sucede en el caso de los toros. Hace unos meses, un artículo en esta revista [El Cultural, 2-8 de diciembre de 2011] firmado por Gonzalo Santonja, utiliza un documento histórico como evidencia de “la pasión taurina de los españoles del Siglo de Oro”. El autor sugiere que Felipe II era partidario de las corridas, y que rechazó una bula papal contra ellas. El hecho es, por decirlo brevemente, que ninguna de estas conclusiones es correcta, y se ha leído erróneamente el documento en cuestión. Un día quizás habrá una historia precisa y bien investigada de las corridas durante sus primeros siglos. El presente comentario aborda algunas cuestiones que se plantean en el contexto actual.

El documento que se cita en el artículo en El Cultural data de 1570 y se refiere a una bula promulgada por el papa Pío V tres años antes, prohibiendo las corridas de toros en toda la Cristiandad debido a los peligros para la vida y la integridad física. El documento se refiere a las corridas como se practicaba en “estos reynos” (un término, debemos señalar, que siempre se refiere sólo a Castilla y no a la totalidad de España), y afirma que son populares, antiguas y sobre todo seguras, contrariamente a lo que el papa pudo pensar. Examinemos el contexto de esta controversia.

Prohibición de las corridas de toros

En 1567 el papa Pío V, actuando sobre información acerca de las muertes humanas que causaban las corridas de toros, emitió una bula prohibiendo las corridas por toda la Cristiandad. Podemos seguir la controversia a través de la documentación publicada en 1914 por el Padre Luciano Serrano. Hubo indignación en España, conocida por ser el único país donde las corridas de toros se practicaban regularmente. Cuando un tal fray Antonio de Córdoba escribió el mismo año un tratado atacando el punto de vista papal descubrió que no podía obtener una licencia para publicar dentro de España. Consecuentemente, se las arregló para publicar la obra en Venecia, donde el Papa consiguió intervenir de alguna forma y obtuvo la supresión de la sección acerca de los toros. Fray Antonio y otros que pensaban como él, fueron por lo tanto silenciados en Italia y España. En 1568 Felipe II, como sabemos por la documentación en el estudio de Luciano Serrano, permitió la publicación de la bula papal en España, pero ni él ni el gobierno tomaron medidas para apoyarla o contradecirla. La polémica continuó durante varios años más, lo que explica por qué los documentos a favor de las corridas, como el de 1570 publicado por G. Santonja, siguieron enviándose a los miembros del gobierno. El problema con este documento es que, como ahora veremos, no refleja la opinión popular ni incluso la opinión del rey.

La posición de Felipe II al respecto es muy clara. Como su bisabuela Isabel de Castilla, a él no le gustaban las corridas y normalmente las evitaba, pero no tomó ninguna medida para imponer sus preferencias sobre los castellanos, que en cualquier caso no estaban de ninguna manera en favor del entretenimiento. Prohibió el deporte cuando comunidades específicas se lo pidieron (concedió una prohibición a los ciudadanos de Ocaña en 1561, como sabemos por un documento que encontré al hacer investigación en los archivos de los jesuitas en Roma). Ocaña fue simplemente un ejemplo de una oposición a las corridas que se podía encontrar en varias zonas de Castilla. Felipe II usó su sentido común y no tomó parte en la controversia. Cuando en 1566 las Cortes castellanas reunidas en Madrid le pidieron que prohibiera las corridas en toda Castilla y León (una petición que está muy lejos de un supuesto “fervor popular”), se negó a hacerlo aduciendo que era una costumbre tradicional y debía ser respetada.

Personalmente, demostró que no era partidario de ellas. En días de fiesta permanecía solo en el palacio trabajando, “mientras todos los demás” (cito de un manuscrito escrito por el nuncio papal) “iban a la corrida”. En la fiesta de San Juan en 1565 se celebró una corrida para la Corte. Los tres príncipes reales –Don Carlos, Don Juan de Austria y Alejandro Farnese– asistieron a ella, pero el rey no. En su boda con su cuarta esposa Anna de Austria, en 1570, tomó parte en las fiestas pero prohibió la corrida de toros, seguramente para mostrar su respeto por el decreto papal de Pío V. Todas estas referencias están tomadas de documentos de archivo inéditos. En septiembre de 1576, en el Escorial, Don Juan de Austria dispuso una corrida para entretener a la familia real y los ciudadanos. Pero el rey no fue. En su lugar el rey salió con el prior del monasterio para ver cómo avanzaba la obra del edificio. De vez en cuando, por supuesto, la actitud de Felipe II no le impidió asistir por cortesía a las corridas que se ofrecían para la Corte.

Felipe II no era partidario

De estas pocas referencias dos conclusiones quedan claras: los toros no tenían aceptación universal en Castilla en el Siglo de Oro, y Felipe II no era un partidario de los toros. Podemos añadir una tercera conclusión, a la que voy a referirme en breve: los toros no gozaban de ninguna manera del favor general en España. Por supuesto, a pesar de una considerable oposición, las corridas consiguieron más tarde popularizarse en muchas partes del país, y hubo reyes que eran todo lo contrario de Felipe II. Tenemos el caso de Felipe V, para quien las corridas se convirtieron en una forma de terapia. Cuando llegó a la península como el nuevo rey, asistió en Vitoria a su primera corrida de toros en España: “el rey estuvo tan gustoso”, informa la Gaceta de Madrid, “que después de ver correr veinte toros, preguntó si quedavan más”.

¿Fueron populares realmente los toros? Afortunadamente, sabemos la respuesta porque el gobierno de Madrid realizó una encuesta específica sobre la materia a finales del siglo XVIII. La realidad básica de la Península era la persistencia de la cultura popular, de costumbres tradicionales que seguían cambiando de carácter pero que nunca perdieron su fuerza y, por el contrario, empezaron a dominar los comportamientos sociales y el concepto que se tenía de España. Los toros formaban parte de este cuadro, pero al mismo tiempo durante la Ilustración los proeuropeos proponían reformar la cultura desterrando los aspectos que ellos consideraban demasiado populares o vulgares.

Por ello la élite ilustrada del siglo XVIII criticaba las corridas de toros, que el ministro Jovellanos calificó de violentas y feroces y creía que era hora de que la “ferocidad” dejara de tenerse en España por una virtud cívica. A lo largo de la historia, las corridas de toros habían sufrido el rechazo de quienes las asociaban con una cultura primitiva. A Isabel la Católica le disgustaban por lo sanguinario, mientras que a Felipe II le repugnaba su vulgaridad y prefería actividades más caballerescas y medievales, como las justas y los torneos. Casi sin excepción la corrida tuvo el rechazo de la élite ilustrada y de los intelectuales europeizados que ponían sus miras culturales fuera de la Península. En cierto sentido y en contra de lo que se piensa, nunca fue la fiesta nacional del conjunto de España. Se desconocía en toda la mitad norte, excepción hecha del País Vasco. En fecha tan tardía como 1800, no había toros ni en Cataluña, ni en Galicia, ni en Asturias. Los catalanes consideraban las corridas un signo del atraso de España con respecto a Europa. El doctor Robert, alcalde de Barcelona, organizó en 1901 una asamblea popular en la que pidió su abolición. El novelista valenciano Blasco Ibáñez satirizó las corridas de toros en su famosa novela Sangre y arena.

Cuando, en 1767, Jovellanos solicitó un informe sobre este espectáculo, resultó que las corridas sólo se celebraban regularmente en 185 poblaciones de España, lo que le llevó a la conclusión de que no podían considerarse una afición nacional. El gobierno adoptó un plan con el que se propuso abolirlas en un plazo de cuatro años. En la práctica, la inercia española impidió que se hiciera nada hasta una ley de 1786 que las prohibía, pero tampoco entonces ocurrió nada y hubo que volverlas a prohibir cuatro años después. El público salió de su alegre desobediencia de la ley cuando un torero se desangró a causa de una cogida hasta morir ante los ojos de la reina María Luisa. En consecuencia, en 1805 el ministro Godoy las prohibió. En la práctica, sin embargo, continuaron y, en realidad, alcanzaron su mayor auge, mientras la figura del toro se convirtió en una especie de símbolo de la identidad española. De Goya a Picasso, se podía encontrar la figura romántica del toro en la obra de algunos artistas. Desde el siglo XIX, la fascinación por África se extendió a otras ramas de las artes en España, y coincidió con el culto renovado de la corrida. De este periodo data también la práctica de construir las plazas de toros al estilo neo-mudéjar medieval, considerado como más apropiado para un deporte asociado con sangre, arena y sol africano.

De Unamuno a Hemingway y Picasso

España tiene muchas caras, y una de ellas es la imagen de un toro, que gusta a algunos pero no a otros. La imagen interesó a Hemingway, en cuyos escritos sobre España figuraban los temas de violencia y muerte. Su entusiasmo principal era la tauromaquia, que le cautivó profundamente, y una visita a Navarra en 1923 le inspiró para escribir su novela The sun also rises (1926, traducida sólo 20 años más tarde, con el título de Fiesta) que llevó la corrida del lugar a la atención mundial y ganó fama para la fiesta de San Fermín. En contraste, a muchos españoles no les gustaba este deporte. Unamuno comentaba que el flamenco, los toros y la zarzuela eran “una plaga”, que en lugar de educar a la gente a pensar los mantenía felices con “majaderías y barbaridades”. El deporte tiene un lugar reconocible en la cultura de España, y personalmente no estoy a favor de la prohibición en Cataluña, posiblemente porque al igual que Felipe II creo que las personas tienen derecho a sus espectáculos históricos. Pero, por supuesto, cuando hablamos de historia debemos tener cuidado de mirar bien la evidencia, siempre relacionar los documentos históricos con su contexto, y no permitirnos caer en extravagancias.

►Henry Kamen
Henry A. Kamen. experto hispanista  británico, Estudió y se doctoró en Historia la Universidad de Oxford. Posteriormente ejerció la docencia en las Universidades de Edimburgo y de Warwick, y en varias universidades de España y de los Estados Unidos. En 1970, fue elegido miembro de la Royal Historical Society (Londres). En 1984 fue nombrado para la cátedra Herbert F. Johnson, del Institute for Research in the Humanities, Universidad de Wisconsin – Madison. Asimismo, ha sido profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Barcelona desde 1993 hasta su jubilación en 2002. Desde entonces ha continuado dando conferencias, y escribiendo, y vive actualmente entre los Estados Unidos y en España.
Entre otros muchos trabajos de investigación, ha realizado una serie de biografías, de los reyes de España que él considera indebidamente desatendidas. También ha sido uno de los principales historiadores que han atacado la visión tradicional de la Inquisición española. 

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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