Los toreros protagonizaron la salida de las crisis de la Fiesta en los siglos pasados

por | 30 Ago 2012 | Documentos

No debiera entenderse como una exageración si se afirma que la etapa de crisis y de contradicciones que hoy vive la Fiesta tiene antecedentes bastante precisos, por ejemplo, en lo que ocurrió en el siglo XVIII y sobre todo en la primera mitad del XIX. Son contextos históricos radicalmente diferente de los actuales y, sin embargo, se producen paralelismos que necesariamente tienen que llamar la atención.

Pero más interesante, más esperanzador, es ver cómo de aquellas de crisis nacieron unas etapas de resurgimiento taurino. Curiosamente, siempre se remonta no como consecuencia de actuaciones ajenas, de orden institucional, por ejemplo, sino merced a la aparición y a los esfuerzos de nuevas generaciones de toreros, que consiguen abrir nuevas etapas de gloria incluso a pesar de las circunstancias cívicas.

Curiosamente, esas etapas de regeneración de la Fiesta va de la mano de nuevos avances técnicos y artísticos. Cuando se trata de salir de la crisis en la que entra  la Fiesta durante el reinado de Felipe V, no puede ser una pura casualidad que Joaquín Rodríguez “Costillares” imponga las primeras y rudimentarios normas que reglan la lidia, conforma las cuadrillas tal que nos llegan a hoy, hasta diseña el primer traje de luces. A partir de ahí se abre la etapa que capitanean Pedro Romero y Pepe-Hillo.

Pero  décadas después, cuando las torpezas nacidas de la Corte de Carlos IV y de Fernando VII vuelven a llevar a la Fiesta a otra etapa de decadencia, que alcanza su culminación con las banderías políticas de los propios toreros, nace la iniciativa de la elaboración de los primeros Reglamentos y se inicia la etapa previa al “Siglo de Oro”, gracias a la competencia de “Lagartijo” y “Frascuelo”, precedidos por “Paquiro”, “Cuchares” o “El Chiclanero”.

Tanto en una etapa como en la otra, los Anales taurinos enseñan que se trata de figuras que no tienen pereza de ser rompedoras con las formas del pasado, para traer unos tiempos nuevos, que además tienen en su objetivo la globalidad del fenómeno taurino, desde sus formas regladas hasta aspectos los contenidos de la propia lidia.

No son trasladables a hoy estas experiencias de los siglos XVIII y XIX. Eso es obvio. Las circunstancias históricas y sociales son de no sólo diferentes, sino de otro orden muy diferente.  En cambio más posible parece que, al igual que en el pasado, las soluciones de hoy al final tengan que venir, precisamente,  a través de los propios toreros. No se trata de que tengan, o haya que concederles, especiales poderes de actuación. Ni los necesitaron en el pasado, ni los debieran necesitar ahora. Lo que aportaron, lo que hoy pueden aportar, porque sólo ellos pueden hacerlo, son nuevos esplendores en los ruedos; esto es: nuevos esfuerzos creativos para, librando la batalla de la propia ortodoxia del Toreo, volver a crear las necesarias corrientes sociales de admiración y estima por cuanto ocurre en el ruedo.

En el fondo, la gran enseñanza que se aprende releyendo el pasado –como se comprueba en las notas que a continuación se resumen–, es que fueron los apoyos sociales, el arraigo de la Fiesta en todas las capas sociales, lo que de verdad permite que el Toreo viva una etapa de esplendor. Fue la acción de los toreros lo que provocó entonces, lo que hoy se le debe pedir, fue ese fenómeno que los taurinos definen con tanta propiedad cuando dicen que Fulano o Mengano “se ha llevado a la afición detrás”.

Fiados de estas experiencias del pasado, a lo mejor no resulta una pura utopía pensar que ha llegado el momento de esperar menos de las decisiones de las Instituciones –que con que no estorben ya puede ser bastante–  y más de la integridad y sinceridad de las decisiones de los propios toreros, y con ellos del resto de los profesionales.

Las experiencias durante el siglo XVIII

Con la llegada a comienzos del siglo XVIII al trono de España de Felipe V, se produjo brusco enfriamiento de la pasión taurina animadora y sustentadora de la afición, particularmente entre los nobles, debido a que el nuevo monarca no ocultaba su desdén hacia las fiestas de toros. Sin embargo, el creciente papel que venían desempeñando los toreros de la época –en realidad, auxiliadores de los caballeros– y la afición que se desarrolla entre la nobleza de ejecutar las primeas suertes a pié, en especial la de matar a estoque.

Pese a la actitud real, estas circunstancias provocaron unas crecientes corrientes populares de acercamiento de las clases populares, que preferían los festejos taurinos a cualquier otro tipo de diversión.

De ello deja constancia Nicolás Fernández de Moratín en su conocida  Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas de toros en España, dirigida al Príncipe de Pignatelli,  en la que escribía que su abuelo materno, acompañando por algún lugar de La Alcarria los ejercicios taurinos del marqués de Mondéjar y conde de Tendilla, dejó "muerto a un toro de una estocada". Y abundando sobre la progresión del toreo a pie a finales del siglo XVII, se hace eco de los recuerdos de aficionado de su padre, en cuya memoria había quedado grabado un claro precedente de la suerte que, al cabo de más de doscientos años, puso de moda el famoso "Don Tancredo": "En tiempo de Carlos II dos hombres decentes se pusieron en la plaza delante del balcón del Rey, y durante la fiesta, fingiendo hablar algo importante, no movieron los pies del suelo, por más que repetidas veces les acometiese el toro, al cual burlaban con solo un quiebro de cuerpo u otra leve insinuación; lo que agradó mucho a la corte".

Suena hoy como a ya conocido que Moratin añorara en su escrito las épocas taurinas anteriores, ante lo que consideraba el "amaneramiento" en los que había incurrido el arte del toreo en el último cuarto del siglo XVIII, en línea con quienes, añorando los tiempos pasados, auguraban la decadencia del toreo y barruntaban su definitiva desaparición.

En realidad, en decadencia la afición de la nobleza –la historia dice que don Jerónimo de Olaso, don Luis de la Peña Terrones y don Bernardino Canal fueron los últimos caballeros rejoneadores–, lo que nació y creció fue la Fiesta en su versión a pié, con un amplio número de toreros que asumen todo el desarrollo del espectáculo, basado casi en exclusiva la forma de dar muerte al toro a estoque. Se trata de nombres históricos como los de Lorenzo Manuel, "Lorencillo”, o  Francisco Romero, abuelo del colosal matador rondeño Pedro Romero.

El propio Moratín certifica en su citada carta la nueva forma de la suerte de entrar a matar con estoque y muleta, practicando los rudimentos de lo que más tarde se llamó matar recibiendo: "Por este tiempo [1726] empezó a sobresalir a pie Francisco Romero, el de Ronda, que fue de los primeros que perfeccionaron este arte usando de la muletilla, esperando al toro cara a cara y a pie firme, y matándolo cuerpo a cuerpo; y era una cierta ceremonia que el que esto hacía llevaba calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de terciopelo negro para resistir las cornadas […]. Así empezó el estoquear, y en cuantos libros se hallan escritos en prosa y verso sobre el asunto no se halla noticia de ningún estoqueador, habiendo tanta de los caballeros, de los capeadores, de los chulos, de los parches y de la lanzada a pie, y aun de los criollos, que enmaromaron la primera vez al toro en la plaza de Madrid, en tiempo de Felipe IV".

Y al amparo de estos cambios, la Tauromaquia registra la llegada de una nueva generación de toreros. Es la etapa de los hermanos Pedro, Félix y Juan Palomo, de Juan Esteller "El Valenciano", de José Leguregui "El Pamplonés", Antonio Martínez o de Diego del Álamo, entre los que, además, destacan el valiente del guipuzcoano Martín Barcáiztegui, "Martincho", compitieron con el gaditano José Cándido -padre del gran Jerónimo José. Pero además se procede a la formalización de lo que hoy entendemos como cuadrilla del matador y aunque de una manera no reglada se comenzaba a institucionalizar las distintas suertes y tercios de la lidia, aunque todavía conviviendo con festejos de orden menor, de lo que luego serían las charlotadas o festejos cómicos.

El tránsito definitivo al toreo moderno lo protagoniza  Joaquín Rodríguez, "Costillares". Y lo hizo, en primer término, dando rango de reglas a ese conjunto desordenado y no siempre coherente de normas de lidia distintas en cada ocasión; sienta así las bases de lo que serán décadas después la corrida tal como la entendemos hoy, Introdujo, además, la innovación de seleccionar a su cuadrillas de toreros auxiliares, algo que hasta entonces se encargaban de realizar los empresarios. Se encarga también de  elegir una indumentaria específica para la práctica del toreo, compuesta por una chaquetilla, un calzón corto y una faja, un antecedente directo del traje de luces de nuestros días. Pero sobre todo, como es bien conocido, a “Costillares” se adjudican las primeras formas de realizar el toreo de capa y su papel en el conjunto de la lidia, en el que el principal radicaba en descubrir el comportamiento de las reses.  Sin duda, su mayor aportación a las técnicas del volapié, suerte de entrar a matar a los toros parados.

No es cuestión de entrar aquí en la conocida polémica que “Costillares” mantiene con Pedro Romero –el mítico torero que mató más de 5.000 toros y no sufrió percance alguno de importancia–  acerca, precisamente, del volapié o de la estocada recibiendo, una polémica entre toreros que acabó costándole la vida a “Curro Guillén” en el ruedo de Ronda.

Dejando al margen la historia de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla y la misma controversia que enseguida nace entre lo que se denominará la Escuela Rondeña frente a la Escuela Sevillana –que como se ve, viene de muy antiguo–, a los efectos que nos interesan resulta de especial relevancia la figura del competidor directo de Romero: el sevillano José Delgado “Pepe-Hillo”. Y no tanto por los contenidos tauromáquicos de aquella competencia, sino para destacar una singularidad de  “Pepe-Hillo”: ser el primer torero que arrastró el fervor del público, sin distinción de clases, fuera del recinto de las plazas de toros, para convertirse en un fenómeno de notoriedad social. Con “Pepe-Hillo”, por otro lado, en el arte del toreo se imponen las corrientes del pensamiento ilustrado, que se plasman en su conocida “Tauromaquia” y las que llegan después.

Convivieron, pues, en esta etapa del siglo XVIII el desapego de los estamentos oficiales con el arraigo de la Fiesta en las clases populares y con evidentes progresos técnicos y artísticos en su desarrollo como espectáculo que ya responde a unas determinadas normas.

La crisis del siglo XIX

Sin embargo, estos avances tauromáquicos se ven frenados de nuevo a comienzo del siglo XIX, con la prohibición que en 1805 dicta Carlos IV, a la que dan fundamento doctrinal los escritos de los que bien podríamos denominar primero antitaurinos declarados de la Fiesta:  José Cadalso Vázquez y Gaspar Melchor de Jovellanos. La abolición decretada no causaba más que las rechiflas populares, hasta el punto que tres años después su sucesor, Fernando VII, no tiene más remedio que derogarla.

Pero en contra de lo que cabía esperar, las torpezas de Fernando VII en la pretendida restauración de lo taurino no trajo más que nuevas contradicciones. Y así, provocó un punto de politización entre la clase taurina, con Juan León, "Leoncillo" abanderando de la causa liberal, enfrentándose en los ruedos al caudillo de la afición absolutista, Antonio Ruiz, "Sombrerero". Esta virulenta división ideológica afectaba a todos los estamentos de la Fiesta: la afición, la autoridad, los empresarios, los ganaderos y los propios profesionales del toreo. Pero la politización de esta rivalidad, que llegó a alcanzar más relevancia que la competencia propiamente taurina, derivó pronto al extremo de imponer vetos o contratos según soplase el aire a favor de las adscripciones políticas, de los que una de las principales víctima fue el legendario “Paquiro”.

Junto a ello, la desgraciada forma que impuso el monarca con la creación en 1830 de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, al tiempo en contraposición a la clausura de todas las Universidades, no produjo más que un serio contratiempo para la Tauromaquia, siquiera fuera por las interpretaciones –algunas poco fundadas– que se impusieron en la época dentro y fuera del país. Con todo, la personalidad de Pedro Romero, nombrado director de esta Escuela, impidió que sus daños sociales fueran mayores, mientras que hizo posible el resurgimiento de una nueva generación de toreros importantes, desde “Paquiro”  a “Cuchares” o “El Chiclanero”.

Frente a estos elementos negativos, la irrupción de esta hornada de toreros relevantes, además de compensar las torpezas de Carlos IV y de Fernando VII, propició que se elaborara el primer ensayo de un reglamento taurino, obra de don Melchor Ordóñez y que tenía vigencia sólo en la provincia de Málaga.  Cinco años después, cuando Órdoñez pasa a ser gobernador de Madrid, aquel texto inicial sirvió de inspiración a la redacción del primer Reglamento Taurino, que data de 1852, que desde la capital se extendió luego a otras provincias de  forma paulatina.

Fueron aquellos tiempos duros, con la muerte fuera de los ruedos de “Paquiro” y de “El Chiclanero”, junto a las desgracias sufridas durante la lidia por “Desperdicios”, “Pepete” o “El Tato”. Pero fueron también el prólogo de la etapa de esplendor que personificaron luego “Lagartijo” y Frascuelo”, que  hicieron posible una de las grandes etapas de los Anales taurinos. Si "Lagartijo" personificaba la elegancia y el dominio de todas las suertes las claves, "Frascuelo" era la personificación de un desmesurado valor. Y los dos juntos, la seguridad para el aficionado de que iba a asistir a una competencia real en el ruedo.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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