Lo que dice la crítica de la histórica tarde de El Puerto

por | 7 Ago 2011 | Temporada 2011

Diario de Swvilla, 7 de agosto de 2011
 
Tarde de ensueño en la Plaza Real con Morante y Manzanares
 
GANADERÍA: Seis toros de Núñez del Cuvillo ofreciendo juego en líneas generales, aunque con sus reparos, tuvieron nobleza y variable fondo en el tercio de muerte, con distinta intensidad. Ejemplo, el tercero, que pese a que no tuvo fijeza en los primeros tercios, fue bueno en la muleta y premiado con la vuelta al ruedo.
TOREROS: Morante de la Puebla, de grosella y azabache, media contraria y tres descabellos (silencio), pinchazo bajo y estocada (dos orejas) y estocada tendida (dos orejas). Manzanares, de habano y oro, estocada (oreja), estocada recibiendo y un intento de descabello (oreja tras aviso) y estoconazo (dos orejas). Sobresaliente de espada: Antonio Fernández Pineda, de rosa y oro, que no intervino en la lidia.
Incidencias: Cartel de ´No hay billetes´ en tarde de poniente que se calmó. Sobresalieron los toreros de la cuadrilla de Manzanares, los Blázquez, Truijllo y Curro Javier que fueron aplaudidos y sonó la música en su honor en banderillas en los toros cuarto y sexto, siendo despedido con aplausos el picador Barroso.
 
Francisco Orgambides
Casi tres horas de toreo de gourmet en El Puerto y todos encantados, tal fue la borrachera de arte y de detalles de una tarde que necesitaría de medio periódico para matizar y relatar con la mínima precisión, y que no olvidará el público que llenó la Plaza Real hasta el punto de poner el cartel de "No hay billetes". Porque hubo tal ambiente, tal brillo y calidades en los toreros, tal emotividad en la tarde, y tantos condimentos como la inspiración de Morante, la elegancia de Manzanares, la profesionalidad de las cuadrillas, el contrapunto de la soberbia banda de música, y tanto positivo en la balanza, que estuvo bien hasta el que vendía las cocacolas… Los dos toreros banderilleando al quinto, Morante inspirado pidiendo una silla para iniciar la faena de muleta a ese toro, el de La Puebla y el alicantino embriagando al público en sus dos últimos toros al son del pasodoble…
 
Muchos momentos para el recuerdo hilvanados con el temple de Manzanares, el embrujo de los ayudados de Morante, la tersura de la muleta del alicantino, la estampa del sevillano manejando -unas veces con desgarro, otras casi con insensible pereza- el percal, y todo ello con el soporte profesional de unos torerazos de plata que se entregaron. Será para unos un festejo triunfal pero los que allí estuvieron, los que sacaron los pañuelos y los que rompieron a batir palmas por bulerías vivieron una tarde de felicidad, lo que en este valle de lágrimas donde nada más que se habla del diferencial, de las elecciones anticipadas y de un tal Standard & Poole, es un soplo de vida.
 
El público fue feliz y con eso sobra. No nos olvidemos de los toros que, pese a los reparos que puedan ponerse, aportaron lo suyo, embistiendo -unos más y otros menos, los de allí con más fuerza que los de aquí, aquellos más mansos que éstos- porque, como me decía un veterano torero en la plaza, "de Cuvillo hasta los bueyes". Eso sí, la vuelta al ruedo del tercero se discutió.
 
No pasó nada con el primero más que el dorado remate del capote de Morante. El toro se quedaba corto, defendiéndose cuando no perdía las manos. El sevillano fue silenciado. Con el segundo, un toro con nobleza pero sin vigor, noble pero con pocas y medidas embestidas, Manzanares planchó la muleta en una faena con parsimonia, dejando ventilar al toro y dosificando el vigor. La oreja fue clara y puso a Morante a seguir la rueda del escapado alicantino.
 
Y pedaleó Morante. El tercero fue mansito y sin fijeza en los primeros tercios pero llegaba muy largo. Casi con desgana, muy despacito, Morante lo vio en los vuelos del capote y apostó por el toro. Lo midió en varas dejando que cediera el caballo para no desgastar y aunque el toro fue a sol, lo recogió por bajo para llevarlo al tercio de capotes y sublimarlo por los dos pitones. Faena inefable de un torero en estado de gracia y un toro para mecerlo. De sensación.
 
El cuarto fue corretón, probón, mansete y pese a que tuvo dos entradas casi se fue sin picar. Manzanares lo fijó por chicuelinas y con un abelmontado recorte campero lo fijó y allí empezó otro poema con la muleta, ahora eslabonado, templado y elegante para matar recibiendo. Oreja y delirio.
 
Los dos últimos toros, nobles pero con poco gas. En el quinto Morante ligó los medios pases a toro parado con tal belleza que con el aire de la música el público se embriagó y convenció al palco: dos orejas. Pero es que los ayudados finales eran para emborracharse y se puso el público en pie. Invitó a Manzanares a parear y escapó por muy poco de un percance.
 
Lo mismo con el sexto, que brindó a Fermín Bohórquez, esta vez sonó Nerja de una banda cuyos solistas cortan orejas: el toro tenía dos o tres primeras embestidas emotivas y sedosas, pero se paraba en el remate, sin motor. Manzanares de nuevo lo entendió y templó, manejando los tiempos aunque esto parezca el rebuzno de un político, pausando una faena intensa y bonita, adobada por el buen hacer de la cuadrilla. El público salió dando pases. Óle.
 
 
ABC, 7 de agosto de 2011
 
Morante y Manzanares, duelo de dioses
 
LORENA MUÑOZ
Llenazo en los tendidos y máxima expectación para el mejor cartel de la temporada portuense. Se notaba en el tendido el runrún de las tardes en las que el público está dispuesto a que pasen cosas y a divertirse. Y ayer pasaron y muy buenas. Un duelo de dioses en el Olimpo del toreo, que hicieron disfrutar a pesar de que no hubo rotundidad en ninguna faena.
 
Morante se abrió de capote a la verónica con lances despaciosos, los dos últimos sensacionales, y una media eterna. Aquí acabó la historia del primero, con el que abrevió entre algunas protestas del tendido.
 
Al tercero, lo saludó con templadas verónicas, un poco despegadas, aunque poco importó. La apoteosis morantista llegó en la muleta, ya que tras una serie de doblones mostró su mejor dimensión. Desmayado en los muletazos, puso en pie al tendido con un cambio de mano sensacional. Trincherillas, naturales ligados y hasta arrebatado se quitó las zapatillas. «Ignorado» tuvo una fijeza extraordinaria, aunque fue excesiva la vuelta al ruedo que concedió la presidenta, por lo que el público la recriminó.
 
Protestado fue el quinto hasta que Morante hilvanó un quite por chicuelinas ajustadas y una media y accedió a la petición de poner banderillas. Invitó a Manzanares, que puso voluntad. El de La Puebla se confió demasiado en un quiebro y se llevó un puntazo. Para acabar la ya noche le bajaron una silla desde el palco de invitados y el primer muletazo fue sentado. Templadísimo y muy despacio, a pies juntos, con ayudados, un afarolado… Hubo de todo. Hasta palmas por bulerías.
 
A los medios sacó Manzanares al segundo, con el que no pudo estirarse, con mucho mimo. Lo cuidó en un puyazo y en una lidia magnífica de Juan José Trujillo. Manzanares supo medir los tiempos y toreó muy templado: hubo un natural de cartel. Inteligente, logró meter en la muleta al manso cuarto. Derechazos largos, enroscados al cuerpo, tanto que a veces casi eran circulares. Inteligente el diestro y perfecto en su planteamiento, mató recibiendo. Como necesitó del descabello cortó una oreja, a pesar de la fuerte petición de la segunda. En el sexto se volvió a desmonterar toda su cuadrilla. En la muleta, aunque humillaba, se paró y le dio espacio entre las series, mientras sonaba la música en una larga faena, rematada de un estoconazo y cortó dos orejas. Ambos toreros se marcharon a hombros.
 
 
La Voz de Cádiz 7 de agosto de 2011
 
Gran tarde de toros
 
JOSÉ REYES |
Lucía la plaza de toros de El Puerto sus mejores galas, con gradas y tendidos repletos a rebosar de un público dispuesto a disfrutar de la fiesta, de convertir en realidad experimentada el consabido axioma de Joselito, «Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros». Movida por ese deseo la desbordada concurrencia jaleó con inusitado énfasis a Morante cuando meció la verónica con garbo en su saludo capotero al que abría plaza, en el que destacaron un lance por el pitón izquierdo y una cadenciosa, lentísima media. El toro perdió gran parte de su inicial brío tras su pelea con el caballo, circunstancia que motivó una embestida corta y a la defensiva de un Morante que se afanó en pasarlo por la derecha. Pero entre caídas de la res y sucesivos enganchones, se consumó la primera y, por fortuna, única decepción de la tarde.
 
Lanzas que se volverían cañas en el tercero, un animal que tendía a salir suelto de los engaños y al que el de La Puebla inició el trasteo de muleta con arrebatados y dominadores pases por bajo que prosiguió con tandas de derechazos y de naturales que poseyeron exquisito sabor, consumada elegancia. Y tanto se ciñó en los remates y en los adornos que hasta resultó atropellado por la res. Los muletazos se sucedían inspirados, dramáticos, bellos, producto de ese don especial que atesora Morante, capaz de originar una emoción arañada y súbita con su baarroco toreo. Tras un pinchazo y una estocada en lo alto se le concedieron las dos orejas al torero y una incomprensible vuelta al ruedo al toro.
 
El quinto fue un ejemplar descastado, noble pero sin transmisión alguna, con el que el de La Puebla se gustó en un airoso quite por chicuelinas y con el que compartió tercio de banderillas con Manzanares, del que saldría perseguido y alcanzado al prender el último par. Inició la faena regalando a la afición la añeja estampa de citar sentado en una silla y desarrolló después una labor pulcra, decidida, pero carente de la intensidad que el toro no ponía. Unos exquisitos ayudados constituyeron el epílogo de una actuación que fue refrendada con una estocada algo deprendida. El primero de Manzanares ya había demostrado su escasa raza desde los compases iniciales de la lidia y llegó al último tercio con pocas fuerzas y menos ganas de embestir. Pero tras algunas probaturas, Manzanares pudo ligar una tanda de derechazos templados con la que sometió, por fin, al animal. Goteó el toreo al natural y en redondo, debido a las pausas prolongadas y obligadas entre pase y pase, alguno de los cuales resultaron limpios y profundos. Una gran ejecución del volapié le valió su primera oreja. Mismo premio que obtendría tras ejecutar la suerte de recibir y un final golpe de descabello en el cuarto, un animal que salió siempre suelto en los primeros tercios y con el que el alicantino se lució en un quite por chicuelinas rematadas con dos medias luminosas y ceñidas. Muleta en mano, imprimió alta dosis de plasticidad a su toreo, gustándose en cada pase, con lentitud y armonía, que le sirvió para recoger una embestida siempre dispuesta a la huida. Muletazos ligados y exactos que abrochaba con hondos pases de pecho o airosos molinetes. Ebrio de toreo el matador, puso a la plaza en pie por la enjundia de la obra fraguada. Obra de una sola mano, pues no probó el toreo al natural.
 
Cerró el festejo un colorado carente de casta y de fuerzas al que Manzanares no pudo sacar partido con la capa y al que elaboró una faena despaciosa, con tandas de naturales y de redondos que resultaron cuajadas por su relajo y ligazón. Faltó la vibración que no tuvo el toro, pero el torero de Alicante supo suplir tales carencias con la profundidad y el dramatismo que imprime a su toreo. Con la alegría de ver salir por la Puerta Grande a los dos toreros a hombros y con la sensación de haber vivido una gran tarde de toros, se marchó la afición feliz del centenario coso portuense.
 
 
La Razón, 7 de agosto de 2011
 
Aquí manda el arte
 
Álvaro ACEVEDO
Aburrido de vulgaridades, el público llena las plazas al reclamo de los toreros más clásicos, de los que entienden la tauromaquia como una forma de expresión, como un sentimiento, como un arte.Y el arte sublime de Morante se desparramó toda la tarde en lances de mecer al toro, en medias verónicas de muñecas muertas y en esas chicuelinas flamencas en las que, más que torear, alguien de la Puebla baila.
 
Y en una faena, en una intensísima faena, que acabó con el gentío arrancado por bulerías. Las series fueron de ligazón asfixiante, como versos de rima libre encadenados en un poema de patetismo puro. Y también de ángel cuando cimbreó la cintura en esos naturales que eran naturales, en esos redondos que eran hondos y en esa trincherilla que fue de llorar. Al quinto lo banderilleó junto a Manzanares, luego pidió la silla de enea y creó una obra a golpe de inspiración, a fuerza de magia, al modo de un genio. Porque Morante es el genio y Manzanares, una especie de poderío mayiestático. Dibujó muletazos de gran hondura con su primero, y un cambio de mano de clamor. Le plantó cara a su segundo con técnica, ambición, y un toreo poderoso y escultural en una faena de enorme relevancia como respuesta al suceso morantista. Y se arrebató en el sexto, al que desbravó con la profundidad que merecía tan honda embestida en varios muletazos que dejaron roncas las gargantas. Letal con la espada, empató a orejas con el genio. La muchedumbre los sacó a hombros y luego huyó feliz por las calles de El Puerto jurando volver. En el toreo, manda el arte.
 
 
El Correo de Andalucía, 7 de agosto de 2011
 
Manzanares y Morante cuajan una gran tarde para la historia
 
Álvaro R. Del Moral
El mano a mano programado en El Puerto llenó la Plaza Real y colmó las expectativas levantadas.
 
El largo fin de semana taurino de El Puerto había comenzado el jueves mostrando a un pletórico, capaz e ilusionante Daniel Luque al que siguió el homenaje nocturno del viernes al viejo Fermín Bohórquez. Ponce y el mejor Cid de mucho tiempo se la jugaron sin cuento con un serio y complicado envío de Torrestrella que también incluyó un animal de excelsa bondad que sirvió para el reencuentro del de Salteras.
 
Pero el verdadero plato fuerte, el único que logró llenar la inmensa plaza de El Puerto estaba programado ayer: un atractivo mano a mano que enfrentaba a Morante y Manzanares con la vacada de moda, la de Núñez del Cuvillo. Tras el premioso preámbulo que abre los festejos en el Coso Real, Morante dibujó tres verónicas de postal con un toro inválido que no sirvió en el último tercio. El caso es que el personal andaba con él y le aplaudió desde que salió animoso a recibir al tercero, un toro sueltecito pero de excelente fondo que sirvió al de La Puebla para dibujar una faena plena de belleza resuelta sobre ambas manos que hizo crujir a la complaciente parroquia. El toreo al natural, el repertorio de aguafuertes y la sincera entrega del diestro de La Puebla, que culminó su trasteo con un pinchazo y una estocada, devolvieron las ilusiones de otro tiempo.
 
El quinto también le dejó expresarse por chicuelinas y hasta compartir palos con Manzanares, que encantó e improvisó a pesar de marrar. Morante sí acertó, aunque fue alcanzado al salir del embroque en el tercer par. Hubo larga pausa para recomponerle la ropa pero pidió una silla a los palcos y se montó la marimorena en un inicio de faena entronizado en enea. En la faena, dictada a golpes de inspiración, hubo de todo: muletazos hondos; ayudados de otro mundo y compás de bulería. La tarde estaba lanzada y aunque el toro no valía un duro el trasteo se vivió como una revelación que acabó de desatar el entusiasmo.
 
Manzanares había sido el primero en puntuar gracias a una faena ajustada, cuajada de pausas pero de sabia administración que rompió en dos excelsos muletazos diestros y un cambio de mano marca de la casa. Un natural de aire escultórico marcó la cumbre y apuntó el trofeo que amarró con un contundente volapié contrario que echó abajo al cuvillo. Había que salir a por todas con el cuarto, un mansísimo animal que se quedó sin picar. Pero hubo cante y quejío en las chicuelinas del quite, cosidas con media arqueológica. Curro Javier y Blázquez lo cuajaron con los palos y el Manzana se meció en la obertura de un faenón expresionista, hondo y arrebujado; interpretado sobre el lado diestro y sentido en cada pase.
 
No importó la mansedumbre del toro, que sí brindó nobleza para fraguar una obra refrendada con una espectacular estocada en la suerte de recibir que no bastó para echarlo abajo. Aún quedaba el sexto, brindado a Fermín Bohórquez después de un gazpacho de la cudrilla y cuajado de cabo a rabo en una faena a más resuelta de un soberbio volapié. Manzanares y Morante habían restituido el orden natural del toreo
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Taurología

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