Las raíces del pensamiento de Ortega y Gasset sobre la Tauromaquia

por | 31 May 2015 | Temporada 2015

El “regreso” de Ortega y Gasset a la plaza de Las Ventas no ha podido ser más oportuno, ni más positivo. Por un lado, porque ha dado a conocer al gran público –casi 30.000 personas ha visitado la exposición–  la figura de gran intelectual, algo que no suele resultar fácil cuando se trata de un hombre del pensamiento. Pero también porque ha vuelto a poner el foco de atención en la realidad de su aproximación a la Tauromaquia.

En la interesante tertulia que un grupo de historiadores mantuvo el pasado sábado en al aula Antonio Bienvenida, permitió conocer, o confirmar según se quiera, aspectos muy básicos sobre el pensamiento orteguiano. Coordinados por Carlos Abella, el historiador Gonzalo Santoja, el catedrático  Alberto González Troyano, el sobrino del torero de Borox Domingo López Ortega, el estudioso Ignacio de Cossio, el historiador Felipe González Alcázar –probablemente uno de los que mejor conocen el pensamiento de Ortega en esta materia– y Javier Zamora Bonilla, director de la Revista de Estudios Orteguianos, ofrecieron un panel de ideas que, girando todas sobre en torno a los toros, no dejaban de ser visiones complementarias.

Aunque se dijera sin un mayor énfasis, muy revelador resultó el testimonio de Domingo López Ortega. Con otras palabras, vino a explicar cómo la proximidad con Ortega y Gasset, sus tantos ratos de conversación, tuvieron un incidencia directa en la concepción del  toreo que caracterizó al de Borox. De hecho, de ahí nació ese concepto tan esencial del dominio sobre el toro de una forma natural, esto es: partiendo de su propia naturaleza. En el fondo, en esa concepción lo que subyacía era la propia raíz del pensamiento orteguiano acerca de la Tauromaquia[1].

Trasladándolo en palabras de Ignacio de Cossío, Ortega Gasset, que ha sido el mejor valedor que la Tauromaquia ha tenido en la historia, se enfrentaba a la cuestión taurina más allá de lo que propiamente era la corrida de toros. No frecuentaba las plazas, pero en cambio le interesaba todo lo que le rodeaba a la Fiesta.

Y es que Ortega y Gasset, como explicaron varios de los intervinientes, siempre entendió la Tauromaquia, mucho antes que otras cosas, como algo perteneciente al propio ser de España. De hecho, no le preocupaba tanto si en el ruedo ocurría esto o aquello; el hilo conductor de su pensamiento se centraba en la incidencia y la presencia histórica y social de cuanto hace al toreo en todo el proceso de construcción de España, de nuestra sociedad, desde 1650, e incluso antes, a nuestros días.

En suma, como explicó el profesor González Troyano, la Tauromaquia venía a ser, de acuerdo con esta concepción orteguiana, un elemento necesario para comprender en su integridad la historia de España. Pero también quizá por esa misma causa, el pensamiento de Ortega se sitúa más allá del tiempo histórico.

Una realidad que Felipe González Alcázar, estudioso de los escritos de Ortega, venía a definir muy acertadamente: la tauromaquia formaba parte de nuestra vida, de nuestra sociedad, en un movimiento que, a diferencia de otros hechos culturales, iba de abajo a arriba. Y así se puede comprender, por ejemplo, como desde la concepción originaria de una fiesta para la nobleza pasa a ser una fiesta del pueblo.

Esa ir a la raíz profunda del ser de lo taurino es lo que mueve luego al gran pensador cuando pone todo su empeño en que otros intelectuales aborden estos temas. Y así, por ejemplo, como documentadamente explicó Ignacio de Cossío, esa obra magna nunca mejorada del tratado enciclopédico titulada “Los toros. Tratado histórico y técnico” que inició y fundamentó el académico José María de Cossío, surge por empeño muy especial de Ortega y Gasset, quien siguió los trabajos a lo largo de toda su elaboración.

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[1] A propósito de esta reflexión práctica y tan ilustrativa de Domingo López Ortega, viene muy a cuento recordar la concepción orteguiana sobre la Tauromaquia, en los té﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ escribi que, adiferenscrito ercas a la verdad taurina que vertebra el pensamiento de Ortega. movimiento que, adiferenérminos que escribió en uno de los epílogos que preparó para la célebre conferencia de Domingo Ortega “El arte de torear”. En aquel texto afirmaba Ortega y Gasset:

“El componente primario de la intuición tauromáquica no es geométrico, sino llamémosle psicológico: es la comprensión del toro. No me refiero con ello al conocimiento de las varias propensiones que los toros manifiestan en sus comportamientos. Este conocimiento no es nativo. Se adquiere en larga experiencia, en suma, se hace. Lo que llamo "comprensión del toro", lo que en ella se comprende cuando se comprende, es su condición genérica de toro. Ahora bien, el toro es el animal que embiste. Comprenderlo es comprender su embestir. Esto es lo que sonará a desesperante perogrullada, porque se da por supuesto que todo el mundo "comprende" la embestida del cornúpeta. Mas el aficionado que en un tentadero se ha puesto alguna vez delante de un becerro añojo saliendo casi indefectiblemente atropellado, si reflexiona un poco sobre su fiasco caerá en la cuenta de que la cosa no es tan perogrullesca. Porque sabe muy bien que no fue el miedo la causa de su torpeza. Un añojo no es máquina suficiente para engendrar temblores. La frustración fue debida a que no "comprendió" la acometida de la res. La vio como el avance de un animal en furia y creyó que la furia del toro es, como la del hombre, ciega. Por eso no supo qué hacer y, en efecto, si el embestir fiel del toro fuera ciego, no habría nada que hacer, como no sea intentar la huida. Pero la furia en el hombre es un estado anormal que le deshumaniza y con frecuencia suspende su capacidad de percatarse. Mas en el toro la furia no es un estado anormal, sino su condición más constitutiva en que llega al grado máximo de sus potencias vitales, entre ellas la visión. El toro es el profesional de la furia y su embestida, lejos de ser ciega, se dirige clarividente al objeto que la provoca, con una acuidad tal que reacciona a los menores movimientos y desplazamientos de éste. Su furia es, pues, una furia dirigida, como la economía actual en no pocos países. Y porque es en el toro dirigida se hace dirigible por parte del torero.

Esto es tan sencillo de decir como de entender y se ha dicho incontables veces y se ha entendido otras tantas. Pero con ello no se ha hecho sino entender unas palabras y absorber una definición, cosas ambas que nada sirven prácticamente delante de una res brava. Lo que hace falta es comprender la embestida en todo momento conforme va efectuándose, y esto implica una compenetración genial, espontánea y valdría decir que instintiva entre el hombre y el animal. Eso es lo que llamo comprensión del toro y no me parece un error considerarla como el don primigenio que el torero de gran fondo encuentra dentro de sí, sin saber cómo, apenas comienza a capear. Como todo lo que es elemental, suele ser dejado a la espalda cuando se intenta esclarecer el misterio de la tauromaquia, pero es evidente que sólo ese don hace posible, de un lado, la intuición de los terrenos, y de otro, el valor del torero. Aquélla, porque sólo entonces tienen para el hombre los movimientos furiosos del toro una dirección precisa y una ley que permiten anticipar su desarrollo y acomodar a éste el propio movimiento o la propia quietud. El valor en el gran torero no tiene nada que ver con la inconsciencia de cualquier mozo insensato, sino que en todo instante se halla bien fundado, como diría Leibniz, a saber, fundado en la lúcida percepción de lo que el toro está queriendo hacer. Como la furia del astado es clarividente, lo es también el valor del diestro ejemplar. Ni pueden ser las cosas de otra manera para que se produzca esa sorprendente unidad entre los dos antagonistas que toda suerte normalmente lograda manifiesta. Ante la furia del bravío animal el aficionado o el mal torero se limitan, cuando más, a articular un ensayo de fuga. El torero egregio, en cambio, se apoya en esa furia como en un muelle y es ella quien sostiene su actuación”.

El anterior texto forma parte del "Borrador para el epílogo del libro de Domingo Ortega El arte del toreo", que finalmente lo incluyó en su obra “La caza y los toros”, editada por Espasa-Calpe por primera vez en 1962, dentro de su colección Austral.

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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