Las corridas en plazas de toros cumplen cuatro siglos

por | 27 Ene 2012 | Documentos

Este 27 de enero se cumplen 4 siglos de desde que el rey Felipe III oficializara mediante privilegio real la celebración de las corridas de toros en plazas cerradas, antecedente histórico fundamental de la concepción que hoy se tiene de la Fiesta.

Fue un privilegio concedido a la ciudad de Valencia, dictado a favor de don Ascanio Manchino, que luego fue pasando a sucesivos titulares a título de venta. Y a partir de Valencia en todas las  demás provincias existieron ya privilegios similares, en unas ocasiones comprados  al poder real y en otras ocasiones otorgados por merced para  explotar el beneficio que dejaban tales fiestas.

De estos hechos da cuenta en su Gran Diccionario Tauromáquico [pags. 30-34, de la edición de 1879], José Sánchez de Neyra, quien se refiere a esta efeméride en los siguientes términos:

El interés privado divisó ya por entonces un objeto de lucro en la afición del público á las fiestas de toros. 

Así es que muchos particulares solicitaron y obtuvieron de los monarcas privilegios para dar funciones en cosos cerrados, y el primero de que nosotros tenemos noticia lleva la fecha de 27 de Enero de 1612.

En él su majestad el rey D. Felipe III hizo merced en forma de privilegio, por tres vidas, á favor de Ascanio Manchino,  del derecho de la renta de los corros de toros de la ciudad de  Valencia; privilegio que luego fué vendido en cantidades crecidas por los sucesores del que podríamos llamar empresario.

No se desdeñaban de serlo, ó al menos de desempeñar este papel, personajes de importancia.

El canciller mayor y registrador del Consejo Real de Indias, D. Felipe de Sala, y D. Martin de la Bayrón, contador  del marqués de Tavera, entonces virrey y capitán general del  reino de Valencia , fueron dueños sucesivamente, á título de  compra, del antedicho privilegio, que feneció en 1647.

Pero mucho antes de esta fecha, en 9 de Diciembre de  1625, hizo merced el rey al Hospital de Valencia, por veinte  años, del antedicho privilegio, para cuando concluyesen las tres  vidas por que fué concedido.

Por cierto que en el capítulo 198 de las actas de las Cortes  de Monzón, celebradas en 1626, se lee que presentaron proposición los diputados para que dicho privilegio real, concedido  al Hospital por veinte años, lo fuese á perpetuidad, y que á osla  petición se decretó: «Plan á Su Majestad prorogar dita merced  al Espital per temps de altres vint añs» .

Es indudable que lo mismo que en Valencia en todas las  demás provincias existieron ya privilegios, á veces comprados  al poder real, y en otras ocasiones otorgados por merced, para  explotar el beneficio que dejaban tales fiestas.

Y poco esfuerzo necesitamos hacer para comprender que el  interés particular había de buscar alicientes que en ellas antes  no hubiera y llamasen la atención.

Tomaron incremento grande en tiempo de Felipe IV, que  varias veces rejoneó y alanceó toros á caballo; y en su época  y la de Carlos II tuvieron estas fiestas un esplendor y realce  extraordinarios.

No habla caballero á quien se considerase como tal, que  no fuese rejoneador de toros, ó que al menos, en obsequio de  su rey ó de su dama, no saliese al coso á romper un par de lanzas.

Entonces y aun antes se escribieron libros dando reglas  para torear á caballo, se enseñaba á éstos á habituarse á tan  peligroso ejercicio, y se inventó la espinillera ó sea la armadura de hierro que hoy se llama mona y sirve para cubrir la  pierna.

Pero llegó á reinar Felipe V, poco aficionado á esta clase  de fiestas, y los grandes de su corte se fueron apartando de ellas  por no disgustarle, y porque sus ejercicios á caballo los oscurecían ya jinetes plebeyos, ó cuando más hidalguillos que hacían maravillas.

Aplicáronse los hijos del pueblo á torear, tanto á pié como  á caballo; tomaron por su cuenta el palenque que se les abría;  observaron lo que los nobles habían hecho; leyeron lo que ya  se había escrito dando reglas para lidiar, y desde entonces, lo  que el espectáculo perdió de carácter lo ganó en arte.

Se presentaron á lidiar toros en muchos pueblos principales, hombres diestros que hacían con ellos suertes de habilidad que cautivaban á los espectadores: capeaban, clavaban rejones á pié, que llamaban arpones y eran como una banderilla de las que ahora se usan; ponían parches, y con todo esto demostraban perfectamente que podía ser arte lo que hasta entonces se había conocido sólo como entretenimiento, sin reglas  fijas.

Don Fernando VI no se contentó con hacer construir plazas cerradas y con las condiciones necesarias para las funciones de toros, sino que, deseando quitar á todas las conciencias timoratas cualquier pretexto para hablar en lo sucesivo contra aquéllas en sentido religioso, acudió á la Santa Sede, haciendo presente en primer lugar la inobservancia de las Bulas y Breves que las prohibieron: en segundo, que por la habilidad y destreza de los toreros era muy remoto el peligro que con la  lidia pudiera haber; y en tercero, que los hospitales y casas de  Beneficencia ganarían mucho con los socorros que recibirían de los productos de dicha fiesta.

Convencida de estas razones, y no sabemos m de alguna  más, la corte romana, obtúvose de ella que quedasen autorizadas las corridas de toros, pero que de ningún modo se celebrasen en dias festivos  y que se precaviese todo peligro de muerte ó lesión.

El monarca

Hijo de Felipe II y doña Ana de Austria, Felipe III  habia nacido en Madrid el 14 de abril de 1578 y falleció también en Madrid el 31 de marzo de 1621 a causa de fiebres y erisipela. Recibió el título de el Piadoso, reinando en España y de Portugal desde el 13 de septiembre de 1598 hasta su muerte. En 1598 contrajo matrimonio con la archiduquesa Margarita de Austria-Estiria, hija del archiduque Carlos II de Estiria y de María Ana de Baviera, nieta del emperador Fernando I.

Su reinado supuso una transición entre el apogeo de Carlos I y Felipe II y la decadencia que representarían los últimos años de Felipe IV y el reinado Carlos II.

Aficionado al teatro, a la pintura y, sobre todo, a la caza, delegó los asuntos de gobierno en manos de su valido, el duque de Lerma, el cual, a su vez, delegó en su valido personal Rodrigo Calderón. Por influencia del duque, la corte española se trasladó temporalmente a Valladolid (1601), volviendo luego a Madrid (1606).

Bajo su reinado la Monarquía española alcanzó su mayor hegemonía imperial y mayor expansión territorial, consecuencia denominada como Pax Hispánica, aunque el imperio llegaría a alcanzar su cenit durante el reinado de Carlos IV, en torno al año 1790.

Apóyanos compartiendo este artículo:
Taurología

Taurología

Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *