La visión sobre Manzanares de Rubén Amón

por | 1 Nov 2014 | Literatura taurina

EN CASA no éramos de Manzanares. Se había arraigado una percepción ortodoxa e intolerante que relacionaba al maestro alicantino con la impostura. Y que justificaba la aversión de Las Ventas al «invento de Sevilla», de forma que Madrid coaccionaba y sacrificaba cualquier atisbo artístico que pretendiera airear el Turronero.

Era el apelativo degradante habitual, como Manzanita, aunque los hooligans del siete, refractarios a un torero guapo, rico y bueno, capitularon en 1993, cuando el matador cuajó una imponente faena a un ejemplar de Manolo González.

No es que Manzanares hubiera aprendido a torear con 40 años. Sucedió que Madrid había rectificado la intransigencia. Y el justicierismo con que los aficionados abjuraban de las figuras, tantas veces expuestas a la discriminación progre que conllevaba el culto a Antoñete. Y que se urdía jacobinamente en las tertulias del Braulio.

No llegué a tiempo de exponerle a mi padre mi conversión. Ni se reprodujo el drama familiar de los Bienvenida, cuando Antonio confesó al Papa Negro que le gustaba Domingo Ortega, renegando implícitamente de la lealtad a su hermano Manuel.

– Pues a partir de ahora te va a llevar a los toros tu padre-, objetó Manolo.

– No te preocupes, a partir de mañana llevaré al muchacho yo-, respondió el patriarca.

Me hice de Manzanares en Nîmes con el asombro de una faena por naturales a un toro descomunal de Guardiola. Y no por cuestiones edípicas, sino por haber comprendido la noción y el mérito de «abandonarse». Que parece una abstracción. Y que consiste en adquirir una dimensión extracorpórea, olvidarse del toro, dejarse ir, mecer los avíos como si fueran las manos, desmayarse.

Fueron las mismas sensaciones que recuerdo en la despedida mexicana del maestro, probablemente exacerbadas por la promiscuidad del tequila de los tendidos. O por el poder escénico de matador. Y porque la música solemne, funeraria, de Las golondrinas, suscitaba la impresión de que Manzanares agonizaba en cada muletazo. Se estaba vaciando. Se estaba abandonando. Se estaba muriendo. O lo hizo al quitarse el último vestido, no en el DF, sino en Sevilla, cuando su hijo, más que despojarle la coleta, le arrancó el cordón umbilical. Vivir fuera de los ruedos nunca fue vivir. Y al torero no terminaba de consolarle el piropo de un taxista de Sevilla en una tarde lluviosa de abril.

– Maestro, usted tiene arte hasta para llevar la gabardina.

Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2014/10/31/5453e5f422601d30368b456b.html

 

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