La torería no sabe de escalafones

por | 25 Nov 2012 | La opinión

En la edad de oro del toreo,  se repetía hasta la saciedad, sin duda para mortificar al protagonista de la historia, que la sagacidad  de un conocido y prestigioso crítico para vislumbrar  toreros quedaba al descubierto si se tenía en cuenta que pudiendo ser de Joselito o de Belmonte, eligió ser acérrimo partidario de Vicente Pastor. Otros autores afirman, probablemente con el mismo fundamento que los anteriores -esto es: ninguno-, que en realidad la elección en favor del Chico de la Blusa se hacía conscientemente para eso que en el lenguaje postmoderno se ha venido a denominar ningunear, en este caso a los dos genios por antonomasia.

Si traigo a colación tal anécdota, no es sino para  explicar que en el toreo no se puede, ni mucho menos se debe, ningunear a nadie, porque supondría tanto como perder el norte a la hora de establecer el papel que cada cual ocupó en los Anales de la Fiesta.

De sobra se sabe que todo aquel que viste las sedas y alamares con responsabilidad, y diría que hasta con mimo, se ha hecho merecedor de una consideración; a lo mejor luego resulta, incluso será lo más probable, que no haya nacido para escribir páginas gloriosas o al menos llamativas del toreo, pero ha tenido el mérito, que debes reconocer,  de preservar el espíritu de la torería.

Pero, igualmente, debiera comprenderse que en ocasiones la torería se hace obligado predicarla al unísono con los derechos laborales y hasta con los sindicales. Al Derecho Laboral siempre es conveniente concederle su sitio, y no sólo ahora, cuando se camina por el siglo XXI. Sin embargo, cuando se trata de una labor creativa, y vestidos de plata también se crea Arte, suena como más forzada esta parrilla de cuestiones. No hay que poner en cuestión tales reivindicaciones, aunque no estaría de más que también los protagonistas que las ejerzan acompasándolas al criterio esencial de la torería, que todo es compatible.

A partir de este punto, se trata ahora de acercarnos a la idea, y más que idea es principio, de cómo cuantos han sido profesionales que sentían el toreo, han sido relevantes, poniendo la mirada como un santo y seña en el mítico Blanquet, cuyo paso por los ruedos se resumía en tan pocas palabras como éstas: "Estar y no estar en la plaza, dejarse ver cuando es necesario y desaparecer en su momento. Eso y hacer  todo en el ruedo sin brusquedades ni  carreras".  Sabia receta, desde luego, en la que se compendia un verdadero tratado de cómo debe lidiarse y cómo crear arte en los ruedos, aunque se vista de plata.

No está de más recordar aquí, antes de seguir adelante, una experiencia que en su día contaba Juan Belmonte. Rememoraba el Pasmo de Triana una tarde de agosto, toreando en Bilbao, cuando le tocó en turno un miura de los que se acuerdan de todos sus orígenes y con el que obtuvo uno de los triunfos que en más valoró durante toda su carrera. Pues bien, a la hora de explicar qué clase de toro era aquel, aducía un argumento de enorme autoridad: “Fíjese usted como sería ese toro que Maera, con ser Maera, sólo consiguió ponerle un palo y a la media vuelta”. No cabe explicitar más soberanamente el respeto que Juan tenía por su banderillero y la valía que reconocía en su quehacer.

Con estos prolegómenos lo que trato de hacer comprender es que se puede y de debe aprender desde tus primeros pasos como aficionado que la  torería de estos profesionales en nada se modifica si su labor en el ruedo no es valorada por más de "esas 60 ó 100 personas"  que, al decir de un hombre al que tengo por serio, saben ver toros de verdad cada tarde en cualquier plaza. En realidad, luego convencen a muchos más, a cualquiera que tenga la sensibilidad necesaria para admirar un lance del toreo siempre que esté bien hecho.

Lo que ocurre es que estos otros profesionales han sido educados inveteradamente en el principio de que el que tiene que llevarse las palmas es el matador; por  eso, por  más que los mejores aficionados de toda la geografía taurina se las hayan dedicado a ellos, no les confiere el sentimiento íntimo de ser los protagonistas, cuando en realidad lo son, y muchas tardes.

La carrera profesional de los grandes  toreros de plata de todos los tiempos, les constituyen en verdaderas figuras, en auténticos torerazos; basta recordar nombres como  El Vito, Luis González, Tito de San Bernardo, Antonio Chaves Flores,  Alfredo Fauró o Almensilla, por sólo citar algunos de la última generación que ya se fue de los ruedos.

Con todo, debo confesar que me preocupa que en relaciones como éstas, así a tan vuela pluma, no se tenga un recuerdo en la mayoría de los casos para los hombres de a caballo, que en buena medida son los grandes desconocidos de la afición, siendo así que entre ellos encontrarmos siempre toreros de muchísimos quilates. Será quizás porque su propia estancia en el ruedo es breve, tan breve como por desgracia obliga el toro monovárico de hoy, pero lo cierto es que no cabe concebir el espectáculo sin ellos, porque a la postre en sus manos está la prueba más relevante para medir bravuras, nada menos. Por eso, valorar en todo lo que encierra la tarea que cumple el picador resulta siempre de primerísima importancia. Y valorarla desde su forma de montar, que no todo es lo mismo a este respecto, hasta su manera de realizar la suerte. Del mítico Badila a nuestros días, en todo se descubren torerías incluso insospechadas.

Entre las gentes de a caballo, que por lo general son gentes de campo y forman verdaderas sagas, encontramos a hombres que saben muchísimo del toro, sin duda porque en las dehesas han tenido la mayoría de ellos sus infancias. Y aunque pueda parecer hasta extraño por las apariencias, muchas veces lee ha oído hacer disertaciones tan matizadas, que son de las que no se olvidan.

Pero aún en ese querer pasar por un segundo plano, para respetar el principio de quien debe ser el destinatario de todos los aplausos, nombres como éstos que acabo de citar, todavía  han tenido un refrendo social, mientras que otros muchos han pasado más desapercibidos, sin que por ello estuvieran ajenos a ese sentido de la torería del que vengo hablando.

He conocido hombres del toro con mucho conocimiento y afición   que luego, por ejemplo, tenían todo su horizonte en el toreo cómico; alguna tarde de toros he vivido junto a uno de ellos y la recuerdo todavía como si fuera ayer, por la sabiduría taurina que demostraba y por la sensibilidad que se traslucía de cada una de sus palabras.

De todos estos hombres, se puede aprender mucho, sobre todo si se sigue su tarea con similar atención a la que luego de le presta a su jefe de filas, cuando se queda en solitario con el toro. Nada más natural que ocurra en estos términos, porque de todos ellos se puede predicar con propiedad que, sobre todo, han sido y son toreros. Si su vestido luego, así como su cometido en el ruedo, resulta diferente, es dato marginal; cada cual cumple su papel en la lidia. La cuestión no se encierra tanto en aquello que hacen, sino en especial en el cómo. Y ahí descubrirás verdaderos monumentos de torería.

Pero, en definitiva, más allá de anécdotas, lo sustancial es aprender a descubrir el torero que se encierra en tantos profesionales, desconocidos las más veces para el gran público, pero que constituyen un cimiento insustituible para mantener en pie todo el edificio de la Fiesta.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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