La Tauromaquia en un soneto y otros poemas de Rafael Alberti

por | 24 Jun 2013 | Firma invitada

Rafael Alberti, para el año de 1943 ya contaba con una muy bien cimentada fama, que había arrancado en el momento en que perteneciendo a la famosa “Generación del 27”, apoyada por su mecenas fundamental, Ignacio Sánchez Mejías, muerto en Manzanares en agosto de 1934, por cornada de toro, ya no necesitaba, junto con los otros sobrevivientes, que también se negaron a sucumbir ante la desagradable hecatombe de la Guerra Civil Española, de ningún tipo de apoyo, más que el que les proporcionaba su fama, debido a la producción literaria con que se prodigaron en los años posteriores a aquella trágica jornada.

Su obra poética seguía enlazada a una de las principales fuentes de inspiración que era el tema taurino, por lo que la nueva publicación Eos, revista jalisciense de literatura, no soslayó incluirlo en el número de apertura, que además fueron muy pocos, dirigida por Juan José Arreola y por Arturo Rivas Sainz.

Hace una década, pude comentarle al maestro Alí Chumacero, que revisando la edición facsimilar de dos publicaciones aparecidas en Guadalajara, Jalisco: Eos y Pan, revista de literatura, distanciadas sólo por dos años una de la otra, y ver y leer su excelente soneto “Ojos que te vieron”, así como “El Secreto”, suma de tres octetos de armoniosa potencia, me encontré con la obra de Alberti, que en su soneto “Toros que Desollados” parece recordarnos las formas practicada por Lope de Vega o por Luis de Góngora en el famoso “siglo de oro de la literatura española”.

Para una mejor comprensión de lo que aquí apunto, anexo las siguientes dos muestras, soberbias, que se agregan al otro llanto por la muerte de Sánchez Mejías, que se llamó “Verte y no verte”, unido en espíritu al “Llanto por la muerte de Sánchez Mejías” que legara el inconmensurable poeta de Fuentevaqueros, Federico García Lorca.

COMPÁS PRIMERO.

Toros que Desollados.

Toros que desollados son vacas de jazmines
Y alborotadas tetas flotantes de sandía,
Muslos de azules arcos abiertos de delfines,
Donde las manos rompen su sola travesía.

Resulta que miraban ojos que masculinos,
Vueltos en ojos hembras por la atracción del pelo,
Se iban desmejorando, muriéndose de espinos
Por los alrededores del párpado de yelo.

Leche de nardos eran las vacas desolladas
Perdidas en la sangre que carniceramente,
Pisando las pezuñas y rodillas cortadas,
Lloraban de amapolas, ebrias de orín caliente.

¿Qué hacer? ¿En dónde estáis? A oscuras, en las manos
crines largas me imponen golpear las arenas
que absorben las espumas, ya infatigables llanos.
Una vaca y un toro me duermen en sus venas.

SEGUNDO Y TERCER COMPÁS.

Corrida de toros.

De sombra, sol y muerte, volandera
Grana zumbando, el ruedo gira herido
Por un clarín de sangre azul torera.

Abanicos de aplausos, en bandadas,
Desciende, giradores, del tendido,
La ronda a coronar de los espadas.

Se hace añicos el aire, y violento,
Un mar por media luna gris mandado
Prende fuego a un farol que apaga el viento.

¡Buen caballito de los toros, vuela,
sin más jinete de oro y plata, al prado
de tu gloria de azúcar y canela!

Cinco picas al monte y cinco alas
Sus lomos empinados convirtiendo
En verbena de sangre y banderolas.

Carrusel de claveles y mantillas
De luna macarena y sol, bebiendo
De naranja y limón, las banderillas.

Blonda negra, partida por dos bandas
De amor injerto en oro la cintura,
Presidente del cielo y las barandas,
Rosa en el palco de la muerte aún viva,
Libre y por fuera sanguinaria y dura,
Pero de corza el corazón, cautiva.

Brindis, criana mora, a ti, volando,
Cuervo mudo y sin ojos, la montera
Del áureo espada, que en el sol lidiando

Y en la sombra, vendido, de puntillas,
Da su junco a la media luna fiera,
Y a la muerte su gracia, de rodillas.

Veloz, rayo de plata en campo de oro,
Nacido de la arena y suspendido
Por un estambre, de la gloria, al toro,

Mar sangriento de picas coronado,
En Dolorosa grana convertido,
Central el ruedo manda, traspasado.

Feria de cascabel y percalina,
Muerta la media luna gladiadora,
De limón y naranja, reolina

De la muerte, girando, y los toreros,
Bajo una alegoría voladora,
De palmas, abanicos y sombreros.

La poesía “es un arma cargada de futuro” (así lo dijo otro enorme poeta: Gabriel Celaya) y pocos, en verdad pocos, han sido capaces de trascenderla a los niveles que la particularidad del ejercicio espiritual de Alberti lograron, dándole un particular toque de misterio, para no caer en el terreno vulgar con que muchos confunden a la poesía, creyendo estar bailando con una prostituta.

No estoy capacitado para hacer una valoración sobre todas las excelsas armonías que escribiera Alberti, último sobreviviente de la generación del año 1927 si la certeza nos es fiel.

Con la muerte del poeta, su obra no puede convertirse en un fuego apagado. Por el contrario, es llama votiva que permanece ligada al carácter y a la cultura de dos pueblos que abrazan entre sus costumbres, la de las corridas de toros. Alberti encontró en México manos extendidas que le ofrecieron el asilo necesario, mientras su España entrañable se recuperaba de las heridas, hondas heridas ocasionadas por uno más de los oscuros capítulos de una guerra que aún late con amarga intensidad, entre quienes son ahora hijos de aquella generación que sufrió el incontenible acecho de las armas.

 

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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