La sorpresa de un nuevo Antonio Ferrera

por | 19 Ago 2012 | Temporada 2012

BILBAO, 19 de agosto de 2012. Primera de las Corridas Generales. Un tercio escaso de entrada. Toros de “La Quinta”, en el tipo de su encaste, que no dio facilidades a los toreros con excepción del 1º. Antonio Ferrera (de negro y oro), ovación y ovación. Eduardo Gallo (de azul eléctrico y oro),  ovación y silencio. Jesús Martínez “Morenito de Aranda” (de marino y oro), silencio y silencio tras un aviso.

Sin duda serán nostalgias. Pero ver en los carteles anunciado el nombre de “La Quinta” le lleva a uno de forma natural al pasado. Allá por los años 60 y 70, uno de los hierros santacolomeños  –el originario de Joaquín Buendía, o cualquiera de sus hermanos gemelos de “La Quinta” y “Herederos de Felipe Bartolomé”– era un fijo en la quiniela de las Corridas Generales. Y aparecían, además, ligados a los nombres de Camino, Puerta, o cualquiera de las figuras del momento. Naturalmente, a plaza llena garantizada. 

Como se sabe, lo originario de Buendía siempre fue un toro bajito,  generalmente cárdeno, ofensivo de cara sin ser aparatoso, pero con motor, a veces con sus chiribitas y siempre viniéndose arriba en el último tercio. Siendo aquellos años los de mayor fervor torista, no era fácil que esta divisa aparecieran por plazas de primera. En su presencia en Bilbao, desde luego, mucho influía la especial predilección que Manolo Chopera siempre tuvo por la ganadería de “San José de Bucaré”.  Pero  es que, además, eso se conjuntaba con la personalidad del entonces Presidente, Dídimo Carbajo, y del Veterinario Jefe, don Tomás Cotano,  que sabían poner en práctica lo que hoy se ha convertido casi en una excusa-trampa nada ortodoxa: valorar cada encaste en razón de su propio tipo zootécnico. Y nadie se rasgaba las vestiduras, ni en nada desmerecía al respeto de esta Plaza, porque al acudir a esa doctrina del fenotipo no era en este caso buscar una puerta falsa para colar lo indeseable; era saber ver los toros de acuerdo con las características de su propio encaste. Y a partir de ahí, que tuviera el trapío necesario.

Hoy de aquellos tres hierros míticos solo queda “La Quinta”. Y en otras manos. Se anuncia a medio caballo hacia el torismo, para un cartel de domingo y con honrados espadas del segundo circuito. Visto el juego que han tenido en esta de las primeras de las Corridas Generales, se entiende casi todo. La casa Martínez Conradi, que se ha tomado muy en serio recuperar el encaste,  tiene trabajo por delante. Y es que en esto del toreo no queda espacio para la pura melancolía, hay que vivirla en presente.

A Bilbao trajo una corrida muy entipada, quizás con más cara y más asaltillada de lo que era usual en otros tiempos, pero muy igualada en cuanto  deficiente comportamiento y con el denominador común de su motor escaso, hasta el punto que la mayoría claudicaron con reiteración. Eso de venirse arriba en el último tercio, que tanto respeto daba a los toreros, en esta ocasión no se cumplió, más bien fueron a menos. Y en lugar de galopar, trotaban.  Gustó el que abrió plaza, que en la muleta sacó nobleza y bondad; cumplió holgadamente el cuarto; con problemas 2º y 5º; topón y dificultoso el tercero y con más de calidad el que cerraba plaza. Pero pese a todo lo anterior, no hay que desesperar: recuperar este encaste bien vale la pena. Aún no siendo buena, la corrida tuvo cosas de interés, como para no dejar indiferente.

A tenor de todo lo anterior, la tarde se nos fue más bien en blanco. Pero tuvo sus cosas estimables. Por ejemplo,  torerísimo fue el manejo del capote y el original tercio de banderillas de Antonio Ferrera con el cuarto, al que además toreó gustándose con la muleta, mucho más asentado que hasta ahora. Si no llega a fallar con los aceros, le habría cortado la oreja con holgura. También con el que abrió plaza, con el que no se acopló con los palos, dejó detalles de interés, desbaratados luego con una estocada demasiado baja. Ha dejado el extremeño una excelente impresión en lo que parece ser una nueva etapa, superados los atragantones y las prisas.

Eduardo Gallo no ha perdido el crédito que tenía. Y eso en tiempos de rescate no es poco.  Tuvo un lote deslucido y complicado, ante el que se mostró muy firme y decidido, con la cabeza clara y un estimable corte de torero. Más redondeada su actuación con el 2º, que era más colaborador, emborronó lo hecho con una espadazo haciendo guardia. Ante el quinto, con muchos problemas, volvió a estar firme, incluso a costa de un revolcón; pero el lucimiento era imposible.

Necesariamente de vacío se fue “Morenito de Aranda” con el problemático 3º y mucho más centrado se le pudo ver con el que cerraba plaza. Si no llega a ser por los enganchones reiterados, hubo muletazos sueltos profundos y muy templados, pero no era la suficiente para resolver la tarde.

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Taurología

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