La rotundidad de Rodolfo Gaona

por | 12 Abr 2013 | Firma invitada

Me resulta difícil, complicado entender una serie de circunstancias que plantearé aquí, como forma de explicar algo que llamaría la “rotundidad” (cualidad de rotundo, es decir de aquello que es lleno y sonoro, completo, preciso y terminante, tal y como nos lo plantea el Diccionario de la Lengua Española).

En el caso concreto de Rodolfo Gaona Jiménez, este 12 de abril se cumplen 88 años de su despedida, es lo que representa, aún con la distancia de todo ese tiempo transcurrido este referente fundamental, escala de medir toreros, paradigma que, por el sólo hecho de haber alcanzado las cotas universales de las que habló un día José Alameda, superó la idolatría que el pueblo concedió a Ponciano Díaz dos o tres décadas al surgimiento mismo de su gran imperio. Y Rodolfo Gaona, don Rodolfo Gaona sigue siendo, he aquí lo curioso de esa circunstancia, tema de conversación, aún entre muchos que no tuvimos oportunidad ya no digo siquiera de verlo, sino que median con respecto a su gran obra técnica y estética una muy soportable cantidad de lecturas (en libros y prensa de la época); y de imágenes fijas y en movimiento. Únicos soportes que evidencian su enorme influencia en este toreo nuestro, extendida en la dimensión universal, cuyo logro es otra de las circunstancias de las que habrá que hilar fino.

Su despedida, el 12 de abril de 1925 supuso el fin de una época, y el comienzo de otra, paso de un estadio a otro en escala ascendente. Para que esto sucediera fue necesario un proceso complejo en que, gracias a la participación de ciertos ingredientes, hubo posibilidad de encontrar la reacción más favorable, o la ecuación perfecta. Supongo que Rodolfo niño tuvo, como se deja ver en un cuaderno manuscrito, el de sus primeras lecciones en la primaria, que por su mente pasaban los ideales de muchos héroes de la historia patria, entre versos de Rubén Darío, poeta nicaragüense que por aquellos años finales del siglo XIX compartía fama con Amado Nervo, Luis G. Urbina o Manuel Gutiérrez Nájera, y de los que Rodolfo bebió en la fuente de las letras, hasta aprender los poemas más representativos de este representativo grupo de escritores.

Quiso el destino, y aquí una causalidad, que andando el tiempo, Rodolfo en compañía de otros niños y adolescentes fueron aprendiendo algunos aspectos taurinos, cuya precariedad apenas les dio una idea vaga de aquello que seguramente veían con cierta fascinación. Jamás imaginaron ni ellos ni Saturnino Frutos “Ojitos” que habrían de encontrarse, justo en un momento en que las condiciones y la causación misma así lo iban orientando. Es cierto: nada es casual, y todo se ajusta a una voluntad que mueve a la razón, hasta el punto de obligar al hombre a definir en alguna medida su destino. La enseñanza prodigada por Saturnino Frutos no sólo a Rodolfo, sino a un grupo compacto de muchachos destinados a un futuro ligado con la tauromaquia, debió haber sido, no solo generosa, sino también caudalosa; a tal grado que el aprendizaje se materializó en contundente significado en el que Gaona se convierte en el alumno más aventajado; de ahí que “Ojitos” viera en él, al elemento concreto de sus aspiraciones.

Lamentablemente los niveles fueron subiendo de rigor, y Rodolfo Gaona ya convertido en una gran figura no pudo soportar más aquella tiranía. Es cierto, rompe con “Ojitos”, pero lo bien aprendido jamás se olvida. Y es que el aporte del banderillero español fue, ni más ni menos que la summa del conocimiento y la experiencia que legaron dos figuras fundamentales: Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Molina “Lagartijo”, por lo que Saturnino es el puente de comunicación, el enlace entre aquel periodo clásico que detentaban esas dos figuras del toreo, destinado a alcanzar la modernidad al que se sumaría Gaona como el elemento que hizo realidad aquella aspiración.

Rodolfo Gaona tuvo y tiene hoy día la enorme virtud de que sigue siendo tema de conversación, gracias, entre otras cosas, a que en su momento de gloria, durante el tiempo que estuvo vigente el que se considera el “Imperio de Gaona”, el “Indio Grande” prácticamente estaba solo. La presencia de Arcadio Ramírez “Reverte Mexicano”, de Vicente Segura o de Juan Silveti, los otros tres mexicanos con que comenzó el siglo XX mexicano, si bien cada uno de ellos contaba con su propia hegemonía, la de Gaona se cocía aparte. Fue por eso que, al alternar con figuras de su nivel en España, entre otras “Joselito” y Juan Belmonte, encontró que estaba a la misma altura del de Gelves y el de Triana, pero como uno y otro había declarado literalmente la guerra, Rodolfo llegó en un momento incómodo y difícil a declarar también la suya propia, cosa que no agradó en lo más mínimo a los dos portentos con quienes alternó sinfín de tardes, y de quienes tuvo que soportar todo tipo de golpes: arteros, por abajo, mal intencionados o contundentes y a los cuales dio la cara con una muy sobrada capacidad, lo que resultó incómodo para aquellas dos tremendas figuras del toreo. Y los tres afirmaron la “época de oro del toreo”, dejando convertida su influencia en uno de los capítulos fundamentales de la tauromaquia moderna. No sólo fue competencia, también el resultado de un aporte técnico y estético que enriqueció y puso al día a una tauromaquia que alcanzaba otro gran estado de madurez, sumándolo al que ya habían concretado Juan León, Francisco Montes, “Cúchares”, Cayetano Sanz, “Lagartijo”, “Frascuelo” o Rafael Guerra a lo largo del siglo XIX.

Y con el “Petronio de los ruedos” es necesario, entre otras cosas, “Pensar el arte”.[1] Y pensar el arte en Gaona es posible. Esto, precisamente a raíz de la gozosa lectura que vengo realizando la cual corresponde al genial trabajo del Historiador (así, con mayúscula) Justino Fernández, quien orientó sus estudios al campo de las artes, sobre todo en el momento en que al ocuparse de la Coyolxauhqui, refiere en el ensayo respectivo:

La escultura que estudiamos es más bien un monumento conmemorativo de un pasaje importante de la historia sagrada del pueblo mexicano, que quizá se ejecutó como ofrenda a Huitzilopochtli, ya que está dedicada propiamente a expresar las primeras proezas del portentoso dios.[2]

Este párrafo fue suficiente para frenar toda conversación, detenerse a reflexionar y tener frente a nosotros una especie de síntesis que represente el culmen de todas las aspiraciones a las que logró llegar Rodolfo Gaona mismo. El leonés tuvo la capacidad de asimilar y capitalizar el arte en el toreo, esa difícil razón de la genialidad que les es dado a unos cuantos. Y Gaona se encuentra en ese reducidísimo segmento en donde, al ponerse en la frontera del arte, lograba conmover, y esa capacidad es suficiente para colocarlo en el grupo de los privilegiados. Conmover (al menos en el quehacer taurino) no es una simple acción, significa generar un estado que puede navegar entre altibajos. Ora un estrépito, ora la tranquilidad, pero siempre en una permanente dinámica en la que el diestro llegue a la capacidad última de los grandes artistas en el toreo: “detener el tiempo”, causar el asombro mayor, ese que queda en la memoria, en la retina… en la palabra de los aficionados que han sido testigos de ese “milagro” y tal dimensión es capaz de extenderse en el tiempo, hasta crear una auténtica y sólida leyenda.

En la técnica también fue poseedor de grandes capacidades que sirven para comprobar la validez de una teoría, por más compleja que esta sea.

Al ponerse en marcha el siglo XX, con “Joselito”, Belmonte y Gaona o lo tridimensional del toreo, se alcanzaba el nuevo estadio de progreso y el toreo, adquiría en consecuencia, la posibilidad de una interpretación mucho más articulada, coherente, donde poco a poco el factor técnico y guerrero, comenzaba a quedar desplazado por un sólido eje de lo estético, razón del equilibrio que aportaba a la tauromaquia misma elementos no sólo para lidiar, sino para torear con arte. Y lo hicieron enfrentando a un nutrido número de toros que todavía fueron lidiados bajo el viejo procedimiento de un esquema decimonónico, en medio de un auténtico “campo de batalla”.

Gaona, al regresar a nuestro país (y salvados algunos capítulos oscuros), convertido ya en figura consumada del toreo, trascendió dicha expresión a los niveles en que generó conmociones inenarrables. Este es, quizá, el efecto mayor que produjo y sigue produciendo hasta nuestros días, de tal forma que buena parte de la conversación de muchos taurinos siga teniendo, entre los elementos de discusión a Rodolfo Gaona, técnico y artista por los cuatro costados y en los tres tercios de la lidia.

A 88 años vista de su despedida, es posible recordarlo, rememorarlo en este 2013 como si ese adiós hubiese sido apenas cosa de unos días atrás. El poder de su influencia sigue tan vigente hoy, como ayer. No es casual, y alguna vez lo confesaba David Liceaga, que muchos toreros de su generación veían en Gaona el modelo a seguir. Es decir, todos querían ser como Gaona, y tal parámetro ostentaba unas cotas probablemente inalcanzables para muchos, y posibles para unos cuantos.

 [1] Justino Fernández. Pensar el arte. Antología. Selección e introducción: Elisa García Barragán. México, 1ª ed. Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 2008. XXXV, 257 p. Ils. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 143).

 [2] Op. Cit., p. 18.

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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