La reglamentación de la Fiesta de toros nace de las grandes corrientes culturales y de pensamiento

por | 9 Sep 2010 | Informes

A partir básicamente de finales del siglo XVII, las grandes corrientes culturales y de pensamiento fueron las que completaron los tres grandes procesos que la fiesta de toros ha vivido desde sus origines más remotos a nuestros días. Primero los románticos y luego, y de modo especial, los representantes de la Ilustración, consagraron el concepto actual de la corrida ya reglada y sujeta a unas normas, que en nada fundamental han variado.
 
En efecto, se puede acudir a cualquiera de los muchos estudiosos que han investigado esta cuestión para comprobar como el paso del festejo caballeresco de nobles a la fiesta estrictamente popular y de ahí a la Tauromaquia con reglas propias no habría sido posible sin el influjo decisivo de pensadores, literatos y pintores –por citar tres ejemplos–, a los que correspondió históricamente el papel de ser el sustento básico de la Fiesta.
 
Por eso, cuando se habla de las raíces culturales de la Fiesta no se está aduciendo una cuestión marginal, y mucho menos se trata de un argumento de orden folklórico. Y así, con los muchos aspectos más o menos discutibles que se puedan encontrar en esta obra, quien consulte el estudio de Frederic Saumade “Las tauromaquias europeas. La forma y la historia, un enfoque antropológico[1] encontrará bases más que suficientes para sustentar esta tesis del peso decisivo que las grandes corrientes artísticas y de pensamiento tienen en la Fiesta.
 
No puede dejar de llamar la atención que si por algo se caracterizan los movimientos que se producen en torno a la Ilustración es por tratar de racionalizar los fenómenos sociales y la suavización de las costumbres. Cuando ese modo de pensar se aplica a la Fiesta, podría decirse que no hacen otra cosa que atender lo que en 1804 Pepe Hillo, en referencia a las formas más antiguas de tauromaquia, ya había planteado: “Las circunstancias con que se celebraba este espectáculo, le harían en la actualidad muy despreciable é insufrible: todo era desorden, confusión, desgracias y tropelías”.
 
El caldo de cultivo necesario para que la nueva doctrina se consolidara parece razonablemente sencillo de explicar. A raíz del reinado de Carlos II y en particular de la llegada a España de la dinastía de los Austrias, se cierra la etapa de la tauromaquia a caballo practicada por los nobles. Y se cierra en gran medida porque pierde el favor del poder político. Esta relación Toros-Poder no era nueva, como se sabe. Frente al declive de ese toreo caballeresco se desarrolla el toreo de carácter popular. Y contra el desorden de ese tipo de fiestas de toros es contra lo que alza Jovellanos con su canto a favor de la prohibición, recibiendo la respuesta Nicolás Fernández de Moratín, en una disputa intelectualmente muy sugerente.
 
Aunque no es lugar para entrar aquí en esa dialéctica Jovellanos-Moratín, que ya ha sido muy estudiada, un aspecto si conviene retener. Ambos intelectuales, como hijos de la Ilustración, tenían la misma meta, que no era otra que civilizar España; para uno, el camino era la prohibición de los toros, para el otro, su ordenación. Lo relevante es cómo la Fiesta de los toros se sitúa en el centro del debate intelectual; en consecuencia, no era precisamente un hecho bárbaro o de incultura, sino que recibe el tratamiento de una cuestión esencial en el progreso de España. Podríamos decir, en fin, que ésta es la realidad que muchos años más tarde recogerá José Ortega y Gasset cuando afirmó que “la historia de las corridas de toros revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos. Y no se trata de vagas apreciaciones, sino que de otro modo no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo”.
 
Como es sabido, de este movimiento ilustrado, que aquí tan solo se enuncia, nacerán en los años posteriores los distintos Tratados de Tauromaquia, cuyos autores solían acudir al amparo del renombre de un torero de la época para dar solidez a sus argumentaciones[2].
 
La trascendencia del Arte
 
Pero antes que esos Tratados digamos teóricos, la profunda interrelación que se da entre estos movimientos intelectuales y culturales en esta etapa de los siglos XVII y XIX con la Fiesta se plasman en la obra de pintores y grabadores durante todo el siglo XVIII, que tan bien han sido estudiados por Juan Carrete Parrondo, experto historiador del Arte que ha realizado estudios monográficos muy interesantes[3].
 
De hecho, si se consultan los primeros Tratados de carácter literario en más de uno encontramos que casi se limitan al comentario y explicación de los grabados que se reproducen.
 
Considera Carrete Parrondo que la Tauromaquia ha constituido uno de los temas recurrentes en la historia del grabado y la litografía española a partir del siglo XVIII, aunque se pueden citar trabajos incluso de dos siglos antes. Para el citado experto el primer documento gráfico en el que se presenta una corrida organizada se refiere a una pintura de Antonio Joli que se data entre 1750 y 754 y que formaba parte de un encargo que Giuseppe Henry había realizado al pintor.
 
Pero sin tratar aquí de resumir los estudios del profesor Carrete, no puede menos de llamar la atención un dato, a nuestro entender nada marginal. Y así destaca la importancia que revisten los libros de viajes que escriben e ilustran extranjeros que visitan España, que de forma generalizaba incorporaban a la temática mas general de sus dibujos escenas de toros. En este sentido, ya en 1772 Richard Twiss reproduce una estampa de toros en su libro “Travels Through Portugal and Spain”. Pero, además destaca, el papel desempeñado por David Alphonse de Sandoz-Rollin, que fuera embajador del rey de Prusia en la Corte de Madrid, que plasma en 1785 en dos dibujos al natural sendas escenas de la suerte de varas. Y reseña como entre las estampas que se fabricaban en Paris, en las series referidas a lo que se denominaba “las maravillas del mundo” se encontraban escenas de corridas de toros.
 
Y sin salir del siglo XVIII, se localizan también lo que podríamos considerar como tratados gráficos sobre la Tauromaquia, el primero de los cuales fue obra de Antonio Carnicero entre 1787 y 1790. Se titulaba “Colección de las principales suertes de una corrida de toros” y marcó la pauta para todas las obras que en años posteriores se fueron realizando. Entre otras cosas, en una de estos grabados –que se vendían a 4 reales si estaban iluminados y a tres si no lo estaban— se ver una vista detallada y real del interior de la plaza de toros de Madrid, mandada construir por Fernando VI en la Puerta de Alcalá.
 
Al trabajo de Carnicero le siguieron varios, para enseguida dar paso a la distribución a mayor escala de las copias realizadas por grabadores españoles, de las que se localizan una amplia relación. Con aportaciones de distintos autores extranjeros, dentro de esta dinámica se llega a la Tauromaquia de Goya, ideada por el pintor aragonés como medio para salir de la penuria. económica y en la que invirtió mas de dos años[4].
 
Luego, ya en el siglo XIX, la llegada a España de los viajeros románticos aporta una nueva visión de la Tauromaquia, entre las que destacó la realizada por Wilhelm Gail en 1835, bajo el título de “Corrida de toros en la plaza de Sevilla”, que contiene diez litografías, en las que aparece por primera vez las escenas de la lidia dentro de su propio ambiente. A Gail le siguen Victor Adam y el barón Taylor, entre otros.
 
Entre las realizadas por artistas de otros países, los expertos siempre han destacado la realizada Gustave Doré durante el viaje a España en 1855 en compañía de Teophile Gautier y Paul Dalloz. Destaca por la enorme fuerza contenida en cada una de las escenas. Pero también las elaboradas por William Lake Price[5] y Antonio Chaman.
 
La primera serie española es la realizada por pintor Luis Ferrant hacia 1840; entre las doce estampas que la componen destaca por su acierto y posterior influencia la suerte de banderillas. Un álbum compuesto por dieciocho estampas litográficas realizó José Vallejo y entre las de las de mayor valor artístico se encuentra la Tauromaquia litografiada de Francisco Lameyer. Y ya en la segunda mitad de este siglo XIX aparecen los trabajos que para un aficionado de hoy pueden resultarle más conocidos. Es el caso emblemático de Daniel Perea, con sus trabajos en “La Lidia”.
 
Con esta somera descripción nos situamos ante las Tauromaquias gráficas de nuestros días, como las de Juan Barjola, la de José Caballero –siguiendo textos de Bergamín—, la de Pablo Picasso, etc., cuyo conocimiento está suficientemente extendido como para hacer innecesario más comentarios.
 
Los Tratados literarios de Tauromaquina
 
En su estudio sobre las Tauromaquias, literarias don José María de Cossío viene a concluir: “Como arte hemos visto que consideraron todos los tratadistas el toreo y ello, o estaba contenido en la redacción misma de los preceptos, o explícitamente lo declaraban”.  Y entre otros testimonios aduce el de don José Daza: “Torear es un arte valeroso y robusto, engendrado y distribuido por el entendimiento, la más noble de las tres potencias del alma. Es un arte forzoso y necesario para la conservación de la vida humana”.
 
Frente al gran desarrollo de las Tauromaquias gráficas, las literarias se inician de forma más modesta, hasta en sus propios títulos: “Cartilla de torear de la Biblioteca de Osuna”, que puede considerarse como la madre y origen de todas las demás. Pero en seguida se orientan al arte: “La Tauromaquia o Arte de torear”, era el título original de la que luego fue conocida como la Tauromaquia de José Delgado “Hillo”. Francisco Montes, “Paquiro”, da por título a la suya el de “Arte de torear en plaza”, o la que se atribuye a “El Chiclanero”.  Pero antes de todas ellas hay que situar “Carta histórica sobre el origen y los progresos de las fiestas de toros en España”, de Nicolás Fernández de Moratín, que ve la luz por primera vez en 1777.
 
Siguiendo los escritos atribuidos a “Paquiro”, un ilustrado como Juan Corrales Mateos –que en algunos escritos taurinos firma como “El Bachiller Tauromaquia”—construye su “Tauromaquia Completa”, en torno a 1856, en la que además de desarrollar y matizar lo expresado antes por Montes, realiza algunas aportaciones originales, como “Reglamento de Plaza”.
 
Finalizando ya el XIX, encontramos en fin la obra monumental de José Sánchez de Neyra, “El toreo. Gran Diccionario Tauromáquico. Arte de torear”, publicado en 1880 y que con su vocación enciclopédica pone día toda la cultura taurina, dando lugar a una de las obras más preciadas por lo bibliófilos taurinos.
 
Todas ellas, como otras que podrían ser citadas, están imbuidas del espíritu de la Ilustración: racionalizar todo el fenómeno taurino. Y así, al igual que se busca reglar el desarrollo de la lidia, se aprovechan los Tratados para definir con mayor precisión el cómo y el por qué de cada suerte, pero también para condensar la historia tauromáquica de épocas anteriores. No es cuestión de saltarse los propios límites que se marcaron esta colección de artistas y escritores, pero resulta indudable que de su lectura y su contemplación se deduce un mensaje evidente: el toreo sí es Arte y sí es Cultura.
 
 


[1] Frederic Saumade es profesor de Antropología Social en la Universidad de Provence (Francia). Este estudio, que es uno de los varios que ha elaborado sobre temática similar, fue publicado inicialmente en Paris en 1998; con posterioridad, en 2007 se realizó la versión en lengua española, auspiciada por la Real Maestranza de Caballería y la Universidad de Sevilla.
 

[2] Para tener una visión global de estos Tratados de Tauromaquia, probablemente lo más aconsejable es acudir al análisis que realiza don José María de Cossío en los tomos I y IV de su monumental obra “Los toros”.
 

[3] Dentro de su amplia bibliografía especializada, en la materia a la que nos venimos refiriendo tiene especial interés su ensayo “Tauromaquias en la historia del arte”, incluido en la revista Antiquaria nº 150, correspondiente a 1997.
 

[4] En el ensayo ya citado aporta Carrete Parrondo un anuncio publicado en la Gaceta de Madrid el 31 de diciembre de 1816, en el que se lee: "Colección de estampas inventadas y grabadas al agua fuerte por D. Francisco Goya, pintor de cámara de S. M., en que se representan diversas suertes de toros, y lances ocurridos con motivo de esas funciones en nuestras plazas, dándose en la serie de las estampas una idea de los principios, progresos y estado actual de dichas fiestas en España, que sin explicación se manifiesta por la sola vista de ellas. Véndese en el almacén de estampas, calle Mayor, frente a la casa del conde de Oñate, a 10 rs. vn. cada una sueltas, y a 300 id. cada juego completo, que se compone de 33."
 

[5] Esta Tauromaquia, comentada por Richard Ford, fue reeditada en España en 1992 por el editor Guillermo Blázquez, por encargo de la Comunidad de Madrid. Su título original era: “Las corridas de toros en España explicadas por veintiséis grabados de las circunstancias y escenas más extraordinarias en los ruedos de Madrid, Sevilla y Cádiz”.
Este mismo editor tiene publicadas en facsímil otras tauromaquias de esta época, como “Combat de Taureax en Espagne”, de Enmanuel Witz, que data de comienzos del XVIII. Pero también algo posteriores, como es el caso de la “Tauromaquia completa”, de Juan Corrales Mateos, que va acompañada de una excelente colección de grabados.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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