LA LIDIA: «Fenómeno en puerta»

por | 14 Sep 2014 | Hemeroteca taurina

Decididamente, Dios se empeña en proteger, con su bondad infinita, á todo lo más nacional que poseemos, en materia de artes liberales: al arte que ilustraron é ilustran con sus esclarecidos nombres, los Romeros, Hillo, Costillares, Montes, Redondo, Lagartijo, Frascuelo y otros más de indiscutible nombradla.

Cuando clamábamos por banderilleros, salieron Guerrita y Ostión, dos ángulos opuestos por el vértice, vamos al decir, que se hallan ahora en toda la plenitud  de sus facultades, de su juventud y de su talento.

Cuando mirábamos al cielo e implorábamos de la clemencia divina la venida de un mesías con estoque y muleta, Jehovah nos mandó a Mazzantini y Eguía, un espada excepcional, casi inverosímil, que habla español, francés é italiano, como Cervantes, Coraeille y Manzoni, y mata toros, y hace frases, y viste de americana, levita ó frac, según las conveniencias sociales, y acabará el mejor día por pertenecer al cuerpo colegiado de la nobleza.

Habíamos saboreado las primicias de Guerrita y Ostión; habíamos presenciado absortos y conmovidos el debut de Mazzantini, y sus primeros pasos en la carrera de cartel, si vale la frase; pero como todo pasa en este mundo, y el incesante vaivén de las emociones es una de las necesidades de esta miserable naturaleza humana, en verdad que comenzábamos va a desear algo más nuevo que galvanizara la afición, y abriera anchos horizontes a los en la actualidad tan limitados y mezquinos ¡ay! de las empresas.

Nuestro deseo ha sido de corta duración. Ya podemos prepararnos a nuevas sensaciones; ya podemos prepararnos a nuevas tensiones de nervios. Un nuevo  campeón de la tauromaquia ha despuntado en el cielo. Tenemos un fenómeno en puerta, pero un fenómeno mayor, mucho mayor que cuantos registra en sus anales la teratología taurina.

Se llama Manuel García y Cuesta, por buen nombre El Espartero; y sabemos ya que nació a 18 de Enero de 1866; que su padre tenía por nombre Joaquín, y que a su madre la decían Josefa. Esto demuestra que el novel torero ha alcanzado los honores de la biografía, y en Dios juramos que la que tenemos delante, reseña punto por punto las hazañas de Manuel, desde que lo bautizaron en la iglesia parroquial de San Marcos, de Sevilla, a 25 del mes y año de su nacimiento, y dejando el oficio de espartero, se dio a torear novillos en 1881, hasta su revelación como fenómeno en el año actual de 1885.

¡Y que fenómeno! Veáse lo que dice de él un aficionado sevillano en las columnas de un periódico de la localidad:

Yo le he visto colocarse en los terrenos que nadie pisa; apoderarse de una

res con dos muletazos, debidos al castigo de su flámula; pasar más corto y derecho que nadie: comerle al toro su terreno, y acosarlo con la mano izquierda, hasta lograr que se arranque; tirarse más en corto que ninguno, aunque sufre a veces embroques, y no sale por el costillar y la cola…

Ya lo saben los aficionados. El Espartero se coloca en los terrenos que nadie pisa; pasa más corto y derecho que nadie y se tira más en corto que ninguno. El día menos pensado nos dicen que, al presentarse Manuel delante de los toros, los animalitos se caen patas arriba, haciendo innecesario el oficio del puntillero.

Que se retiren Lagartijo y Frascuelo; que el Currito y Cara-ancha se dediquen a vender esparto; que Mazzantini solicite el cargo de Director artístico del Teatro Real; que el Gallo se corte los espolones. En cuanto venga El Espartero, van a quedar hechos polvo.

¿Cuándo se presenta el fenómeno en Madrid? Esto se preguntan todos los aficionados; y al pensar que ha de presentarse en la corte, tiemblan de espanto Rafael y Salvador, con sus respectivas y excelentes cuadrillas.

Y temblamos también nosotros de emoción, y pedimos al cielo que El Espartero sea la columna que sostenga el edificio de la afición, próximo a desplomarse; y preparan Perea el lápiz y Bordanova los colores, para que el retrato de Manuel surja ante los atónitos ojos de los lectores de LA LIDIA, como fantástica aparición de un Montes de 19 años, destinado a señalar la nueva era de grande y de prosperidad, en los anales de la tauromaquia y en las áreas insaciables de Menéndez de la Vega[1].

 [1] Rafael Menéndez de la Vega era en aquellas fechas empresario dela plaza de Madrid, a la que llegó en 1883. Tuvo no poca vicisitudes en este oficio empresarial y así, acuciado por las deudas que tenía con Lagartijo, Guerrita y el Conde la Patilla, hubo una etapa en la que se buscó como socio a Luis Mazzantini, quien a través de su apoderado Manuel Romero  acabó encargándose de toda la gestión; pero esta gestión delegada también acabó siendo conflictiva, como queda registrado en la prensa de la época.

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Taurología

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