La ética frente a la decadencia de la Fiesta

por | 12 Ago 2012 | Punto de vista

En casi todas las ocasiones, cuando se habla de ética y Tauromaquia las opiniones se encaminan a plantear el debate en términos de “toros si, toros no”. Es un viejo debate que desde a Ilustración a nuestros días está presente en el pensamiento y en los escritos de muchos intelectuales, unos parra pronunciarse por el sí y otros por el no.

Demos por sentado que quienes siguen estas páginas muy mayoritariamente ya están ubicados en la parcela del “sí”. Por eso, resulta innecesario acudir ahora a ese debate. En cambio, las relaciones de la ética y la Tauromaquia van más allá. Como en toda actividad humana, cuanto ocurre en torno al arte del toreo responde, o al menos debe responder, a unos planteamientos éticos profesionales.

Por entendernos en términos armonizados, aquí nos referimos a la ética como las normas que, más allá del Derecho, un profesional libremente asume para el recto cumplimiento de sus obligaciones. Unos casos, esas normas incluso se concretan en Códigos profesionales; en otros, en cambio, forman parte del acerbo común de una actividad, aunque no se expliciten en textos concretos. Quiere todo ello decir dos cosas principales: formalizados por escrito o no, los principios éticos responden a unos criterios objetivables en sí mismos que cada uno aplica por libre decisión y, consecuentemente, no vienen exigidos por la fuerza del derecho, como ocurre, por ejemplo, con las obligaciones contractuales.

Pues bien, en el frontispicio de cualquier planteamiento ético hay un principio común: no faltar a la verdad. Se trata de un criterio que luego tiene aplicaciones muy diversas, pero su contenido esencial permanece inalterable. A estos efectos, las actividades taurinas no constituyen una excepción.

Muy trillado está el tema cuando nos referimos a las actividades empresariales. Es evidente que, también éticamente, un promotor taurino viene obligado a ofrecer al aficionado –diríamos al consumidor– aquello a lo que se ha comprometido en el cartel anunciador.  Y así, por ejemplo, incumpliría ese principio si los toros que enchiquera han sido alterados artificialmente, cuando se ha anunciado que se ha respetado en todos sus extremos la integridad del animal. En paralelo, la misma exigencia ética resulta de aplicación al criador que aporta las reses. Son, probablemente, los dos casos más evidentes. Pero no son los únicos.

En este sentido, más complejo resulta el caso de los propios toreros. Respondiendo a la concepción de un artista creativo –que es lo que esencialmente son–, sus responsabilidades éticas pueden ser algo más difusas, pero no menos cierta. Se comprende que a un artista no se le puede exigir que siempre y en todo momento su obra creativa se acerque en la misma medida a la perfección. Pero, en cambio, si le resulta exigible que aporte el mismo esfuerzo creativo, la misma dedicación, el mismo empeño.

Los problemas principales surgen cuando esta manera de entender la profesión se confronta con todos aquellos aspectos que, siendo colaterales, resulta de primera necesidad. ¿Cumple sus obligaciones éticas un torero cuando sale a una plaza sin estar en la debida forma y en el indispensable estado  físico? ¿No habría al menos dudas éticas cuando permite que se vulneren los derechos del toro a su plena integridad? ¿No habría que llamarle la atención cuando diferencia la categoría de una plaza o de una afición con respecto a otras? ¿Acaso no resulta una vulneración de la ética cuando, llevado de sus propias circunstancias personales, veta a un compañero?

No cabe exigirle, desde luego, que su rendimiento final resulte siempre idéntico, lo mismo que no siempre un pintor acierta plenamente en aquella obra que nace de sus pinceles. Pero en todas las ocasiones habría que exigirle que su disposición anímica e intelectual sea idéntica, que su esfuerzo responda a las mismas exigencias, que su respeto a la Fiesta permanezca inalterable.

Para algunos pueden parecer ideas difusas e inconcretas semejantes consideraciones. Luego, cuando se recorre la geografía taurina, se observa en la práctica como no es así, sino que trata de asuntos bien concretos y específicos.

Pues bien, de su cumplimiento por pate de los toreros, como de los demás participes en la organización y el desarrollo de un espectáculo taurino, depende no sólo el buen nombre de la Fiesta, sino su propia proyección hacia el futuro. Y esto no son teorías, esta es la realidad: aquello que no responde a su propia verdad, siempre ha sido perecedero. En un ruedo y fuera de él.  Sin embargo, nos asaltan las dudas de si no se estarán incumpliendo estos principios éticos  cuando personas sensatas y versadas nos vienen advirtiendo que si a la Fiesta se le sigue privando de la emoción y el riesgo –que son sus grandes verdades— se está contribuyendo a su propia decadencia.

 

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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