La crónica de «K´Hito», testigo de la tragedia de Linares

por | 28 Ago 2011 | Retazos de Historia

Ricardo García, más conocido como K´Hito en la crónica taurina, pudo escribir en su “Digame” el título lapidario de “Yo presencié la tragedia”. “En Linares estábamos nada más que Antonio Bellón y yo. En realidad yo viajaba de Madrid hacia Almería con el Conde de Colombí. No encontramos cochce cama y cambiamos el plan de viaje. Nos metimos en el coche-restaurante y prolongamos la sobremesa hasta llegar a la estación de Santa Cruz de Mudela y desde allí nos fuimos a Linares con ánimo de ver la corrida del día siguiente y luego continuar en coche hasta Almería”.

Manoletista confeso desde temprana hora, cuando le vio torear por primera vez en Tetuán de las Victorias en marzo de 1936. “Y fui manoletista porque me impresionó su gran personalidad, su majestuosidad, que la tenía hasta para la vuelta al ruedo”. Luego vendría muchas crónicas, como aquella de Alicante en 1943, cuando lanzó el apelativo que se hizo luego popular. “Monstruo”. “La verdad es que lo escribí sin otra intención y luego resultó que quedó consagrado. Fue en un momento de entusiasmo incontenible, el que no tenemos por qué librarnos los críticos. Recuerdo que toreaban con Manolete Antonio Bienvenida y Manolo Escudero, con una corrida del Conde la Corte. En el cuarto realizó una faena enorme y durante la vuelta al ruedo le tiré mi cuadernillo de notas, en cuya primera página había escrito <¡Monstruo!>. Y ese fue luego el título de mi crónica de aquel día. ¿Por qué Monstruo? Sencillamente, porque no se me ocurría otro adjetivo más adecuado a lo que había visto, es lo único que se me vino a la cabeza”.

Pues bien, el texto de la crónica escrita por K´Hito sobre lo ocurrido en Linares decía así:

“Ya tenía todo ganado Manolete. Con una estocada hábil, entrando de prisa, hubiera podido acabar. Ya tenía en las manos las orejas de la res. Pero entonces vino lo sorprendente. Manolo se perfiló a poca distancia del miura. Lió la muleta, arrastró el pié izquierdo, y centímetro por centímetro fue clavando el acero en el morrillo del toro. Duró aquello demasiado. Se le vieron marcar todos los tiempos de la suerte suprema. Ni entró a matar con el morlaco pegado a toriles, ni la res se le vino encima de modo que él no pudiera evitarlo. Nada de eso. El toro tuvo tiempo de prenderlo por el muslo derecho. Lo elevó un palmo del suelo, y Manolete, girando sobre el pitón cayó de cabeza. Cogida sin aparato. Quedó el espada entre las patas delanteras del miura, que optó por seguir a un capote. Manolete aún en el suelo, se llevó la mano a la herida. Toreros y asistencias acudieron con toda rapidez y lo tomaron en brazos. Equivocaron el camino de la enfermería y tuvieron que rectificar. Manolete iba pálido, intensamente pálido. En la arena habían quedado dos regueros de sangre.

Todo el público se dio perfecta cuenta de que Manolete estaba gravemente herido. “Islero” se dirigió a las tablas y allí dobló. Las dos orejas y el rabo llevó un peón a la enfermería, justa ofrenda del presidente al extraordinario torero.

–Hemos visto la última corrida de Manolete- le dije a Colombí. Y lo dije no creyendo que la herida fuese mortal, ni siquiera muy grave, sino persuadido de que no volvería a torear. De convencerlo nos encargaríamos todos sus amigos.

Siguió la corrida sin que ya nadie prestara atención. Al sexto toro, Luis Miguel lo lanceó bien y le hizo una faena suave y torera. Acabó con él de dos pinchazos y un descabello. Oyó palmas. Entretanto llegaban noticias de la enfermería. Primero, que si una cornada grande en el vientre. Luego, que si un cornalón en un muslo.

La enfermería de la plaza de toros de Linares es un amplio departamento, dividido en dos piezas. A través de las rejas de unas ventanas que dan a la calle fisgonean las gentes. Manolete, a poco de llegar a la enfermería, sufrió un intenso “shock”. El “shock” –ausencia del ser- es un estado psíquico causado por un trauma. Fue asistido el diestro por el doctor Garrido Arboledas, ayudado por los doctores Garzón y Carbonell. Cuando Manolete se hubo recuperado, el doctor Garrido procedió a operar, previa anestesia con éter.

La enfermería estaba llena de curiosos. Una atmósfera densa abrumaba. Fumaban algunos imprudentemente.

Camará desgarró la taleguilla del torero hasta la rodilla, todo el muslo, hasta más arriba de la ingle, estaba ensangrentado.

El doctor Garrido, que no reservó desde el primer momento su impresión pesimista, dispuso una transfusión de sangre para compensar en lo posible la pérdida. A dar la suya se prestó el cabo de la Policía Armada Juan Sánchez Calle, antiguo amigo de Manolete, a quien fueron inyectados trescientos gramos.

El doctor Garrido invirtió en operar a Manolete cuarenta minutos. Y poco después redactó el parte facultativo: “Durante la lidia del quinto toro ha ingresado en la enfermería el diestro Manuel Rodríguez (Manolete), con una herida por asta de toro situada en el ángulo inferior del triángulo de Scarpa, con un trayecto de veinte centímetros de longitud de abajo arriba y de dentro a afuera y ligeramente de delante atrás, con destrozos de fibras musculares del sartorio facia cribiforme, recto externo, con rotura de la vena safena y contorneando el paquete vascular nervioso y la arteria femoral en una extensión de cinco centímetros, y otro trayecto hacia abajo y hacia fuera de unos 15 centímetros de longitud, con extensa hemorragia y fuerte “shock” traumático. Pronostico muy grave.- Doctor Garrido.”

Después de operado se instaló a Manolete en una cama de la habitación contigua al quirófano. A falta de mantas, y mientras se enviaba por ellas al hotel, el herido fue cubierto con un capote de torear.

A las ocho de la noche cesaron los efectos de la anestesia. Manolete, dirigiéndose a su primo, el banderillero Cantimplas, le dijo:

–Pelu, ¡cómo me duele la ingle!

Tenía sed el herido. “¡Agua! ¡A ver un vaso de agua limpio”- gritó alguien, saliendo de la enfermería-. Consigno estas deficiencias con ánimo de que se corrijan y sin deseos de molestar a nadie. Verdad es que a los diez segundos tenía Manolete su vaso de agua.

Salimos también Colombí y yo, no sin antes advertir a Camará que allí, en la puerta, quedábamos dispuestos a ser útiles en lo que pudiéramos.

Don Antonio Cañero se lamentaba de aquella aglomeración de gente en la enfermería. Fuerzas de la Policía Armada impedían la entrada de más curiosos y trataban de desalojar el recinto. Pero cuantas personas estaban dentro aseguraban que eran médicos o practicantes.

La enfermería de la plaza de toros de Linares es amplia y luminosa. Otra verdad.

A ella acudieron también los toreros que habían actuado con Manolete

Noche ya. Pasamos al redondel, donde se preparaba para más tarde una función de cinematógrafo. Los empleados entraban sillas. En muchas de ellas, sentados, esperaban noticias muchos o todos los toreros que actuaron aquella tarde.

En el centro del ruedo el imponente coche azul de Manolete aguardaba. Parecía un acorazado encallado en un banco de arena.

–A Córdoba. Lo vamos a llevar a Córdoba. Ya se ha avisado a un médico allí para que nos encuentre a mitad de camino.

Una mujer que sale de la enfermería pasa por delante de nosotros con un revoltijo de sábanas impregnadas de sangre. Me llevo las manos a la cabeza.

–Que no va a Córdoba, sino a Madrid. Se ha dado aviso al doctor Jiménez Guinea, que está en el Escorial.

–Ya no va a Madrid –nos dice Chimo, el mozo de espadas-. Se avisará al padre de Manolo Navarro, que tiene un Hispano, para que traiga al doctor Jiménez Guinea sin pérdida de tiempo.

Colombí y yo vamos al hotel Cervantes para recoger nuestros equipajes y trasladarlos al Málaga.

Chimo ha llamado a San Sebastián

–Encarnita, Encarnita…(Habla con la sobrina de Manolete.) Mira, Manolo tiene un puntazo hondo; más bien una cornada, pero sin interesar nada importante. Ni la femoral ni todo eso. Hazme caso a mí y no os fiéis de lo que digan los periodistas, ya sabes lo que son… (Chimo me mira y sonríe) Le han dado las dos orejas y el rabo. Oye Encarnita…, Encarnita… A ver como se lo decís a la abuela. Que no se alarme, que no es cosa de importancia. Cree lo que yo te digo. Buenos, adiós, adiós.

Todavía nadie cree en la suma gravedad.

–¿Y la ropa? ¿Dónde está la ropa? Pregunta Chimo.

Y entra uno con la taleguilla rosa y oro llena de sangre.

Una sirvienta pide unas mantas…

Al salir de la puerta del hotel encontramos de nuevo a Chimo:

–Manolete está mal, bastante mal. Lo vamos a llevar al sanatorio del doctor Medinilla.

–No, no- replica alguien-. Va al hospital.

–Sí. Tenga usted presente que el hospital de Linares es magnífico.

–Es donde estará mejor- añade un linarense.

Volvemos a la enfermería. En la puerta espera un coche-ambulancia de la Cruz Roja. Pero han decidido conducir a Manolete en camilla.

El trayecto es larguísimo. Manolete alguna vez, levanta el toldillo con la mano para ver el exterior.

–Despacio, despacio, dice a los camilleros.

Junto a la camilla van Rafaelito Lagartijo, Bellón, el pariente de Manolete Rafael Díaz y el banderillero Sevillano.

En la antesala del hospital, una mesa y una silla. Balañá nos informa. Uno de los médicos está muy pesimista. Otro, menos. “Yo también confío”, dice el conocido empresario.

Se le ha hecho a Manolete una nueva transfusión de sangre. Parrao dio la suya…

Tomo asiento en aquella silla junto a la mesa pegada a la pared. Estoy frente a Manolete. Su rostro emerge en el mar de sábanas. Alguna vez mueve las manos para levantar el embozo. Y suda. Camará, a su derecha, y dos hermanitas de San Vicente de Paúl, a su izquierda, le enjuagan el sudor con sus pañuelos.

De nuevo van a extraer sangre a Parrao. Pero yo no puedo creer que a Manolete lo mate un toro. Y no sé, no sé. Llegan unos y salen otros. Todos cuchichean. Nadie turba el penoso silencio Los perfiles borrosos no permiten conocer a las gentes sin acercarse mucho a ellas…

Bajo al jardín.

–Rafael -le digo a Gitanillo de Triana-, ¿por qué no coges tú el coche de Manolo y sales al encuentro de Jiménez Guinea?

–A eso voy, don Ricardo. Ya lo había pensado. No será correr, será volar…

Manolete se daba perfecta cuenta de La gravedad de su estado.

–Don Luís ¿no me mete usted mano?- le dijo al doctor Jiménez Guinea al ver que destapó la herida y la volvió a tapar, dedicando todos sus cuidados a que Manolete se recuperase.

–Luego, Manolo; luego- le contestó el doctor-. Todo está bien.

Y cerró los ojos el herido resignadamente.

Sabía que su fin estaba próximo, y sus labios balbucearon una oración…

Manuel Rodríguez, tras breve y serena agonía, inclinó la cabeza a la derecha y expiró. Camará le cerró los ojos. Eran las cinco horas y siete minutos del 29 de agosto de 1947. Manolete había perdonado a sus deudores para que Dios le perdonase a él.

Álvaro Domecq envolvió el cuerpo del torero en blanco sudario, se le ató un pañuelo para sujetarle la barbilla, y en las manos, enlazadas sobre su pecho, se le puso un crucifijo. Su semblante, levemente pálido, acusaba placidez en su sueño eterno.”

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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