La Autobiografía de Pedro Romero, testimonio de toda una época del toreo

por | 3 May 2014 | Literatura taurina

Pedro Romero (1754-1839) es hijo de un gran matador de toros, Juan Romero. Rondeño, ya se maneja bien en labores de carpintería, ha cumplido los 17 años y ha hecho alguna escapada a espaldas de su padre para probarse  ante los bureles. El padre se lo prohíbe, pero lo dice con “boca pequeña”; en el fondo es un orgullo, el segundo hijo admira al padre.

Y además es delgado, espigado, fuerte, atlético, habilidoso, valiente y de recta moral marca de la casa. Es ya un hombre cabal. Y el padre pensaría, mejor conmigo y que yo le vea. Así que, en 1771, Juan Romero empieza a anunciar en los carteles, junto su nombre, a su hijo Pedro, como segundo espada. Y así llega hasta su presentación en Madrid, en 1775, en el mismo cartel que Juan Romero y casi con la misma riqueza de tauromaquia.

Pedro hereda y toma el testigo de la gran competencia que libraban su padre y “Costillares”, en la que este último era el que aventajaba en el ruedo. Pero “Perico” pronto iguala y puede a “Costillares” en el redondel. Así que este último opta por echar mano de su superioridad de torero de altas alcurnias, consiguiendo trato de favor en la plaza de toros de Madrid.

Los Romero, hombres de dignidad, “vetan” a Madrid y se “encierran” en Andalucía y sus plazas, castigando con su ausencia a la capital y a su afición.

A “Costillares” se le sube a la cabeza el proteccionado y a sus bolsillos el dinero y las exigencias. Y Madrid rompe con el diestro sevillano en 1778. Año en el que Pedro Romero acaba de empezar la acalorada competencia con “Pepe-Hillo”, concretamente en Cádiz. Competencia acalorada más por los arreones de “Pepe-Hillo” que por la serenidad de Pedro. Y curiosa, ya que ambos eran cuñados, pues la hermana de Pedro Romero estaba casada con “Pepe-Hillo”.

Madrid se queda sin “rivalidad” en su coso y la afición se agita… Pero Romero vuelve a la plaza de toros de la Puerta de Alcalá, de momento sin “Costillares”, aunque finalmente, años después, compartirían paseíllos.

Casi treinta años ha estado Romero en activo, con tal y oficio y maestría que no ha sufrido en toda su carrera un solo percance, una sola cogida, tras haber estoqueado —matando prácticamente siempre “a recibir”— algo más de 5.600 toros, según las propias cuentas que lleva el torero. Y así se retira, imbatido, en 1799.

Muchos años pasan hasta que Fernando VII, en 1830, funda la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla; como director es nombrado inicialmente Jerónimo José Candido.  Pedro tiene ya 76 años, le quedan muchas fuerzas, pero poco dinero, así que se ofrece y solicita plaza en la Escuela para impartir academicismo taurino.  En este asunto, la correspondencia que Romero mantiene con el Conde de la Estrella resulta deliciosa de leer.

Es en este año, precisamente, cuando empiezan a circular manuscritos que se anuncian como de Pedro Romero y que irán llegando a las imprentas integrados en diferentes tratados taurómaquicos. ¿Son realmente de Pedro Romero?

Muchos años han de pasar para conocer la respuesta. Pedro Romero fallece en 1839, a los 84 años de edad y de honestidad. Y la respuesta la tenía Serafín Estébanez Calderón “El Solitario” (1799-1867), político, diputado en algunas legislaturas —era tío de Antonio Cánovas del Castillo—, conspirador, novelista, poeta, historiador, arabista, historiador y periodista. Y la tenía en su casa, pero tampoco la dio…

En esta Autobiografía, y en sus notas y apéndices, podemos encontrarla. Interesante lectura de toda una época, que el lector encontrará en el adjunto archivo en formato PDF.

La versión original de este libro se localiza en: 
http://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/consulta/resultados_ocr.cmd?id=738&tipo=elem&posicion=1&tipoResultados=BIB&forma=ficha

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