Juan María Vázquez: «De la montera al zapato»

por | 16 Ago 2014 | Hemeroteca taurina

Ha entrado con buen pie el niño de San Bernardo en las filas de los matadores de toros. Acaso porque sus valedores vinieron conduciéndolo con un excesivo celo precautorio –que las excepcionales calidades del artista situaban fuera de razón— había nacido la sospecha que Pepe Luis, adiestrado, por lo general, con novillos de escasa monta, iría al fracaso apenas le soltaran ganado de trapío. Naturalmente, la sospecha era infundada. Para quien es, como él, nativamente torero, y de tal aduce gracia, garbo y maestría una tarde tras otra, no puede ser el de la lidia problema de kilos. Ante el toro, como frente al utrero, emergerán siempre la clase y la inteligencia de quien las tiene. Si alguna duda cabía, ayer quedó esfumada; y si, perseverantemente, alguien esperaba ver al privilegiado chaval en trance de agobio y de revés, irrealizado quedó el mal deseo. Con los dos toros de su lote, gordos y bien armados, era difícil lucirse, porque faltos de fijeza y de suavidad –el último además exento de bravura y de casta-, ninguno se avenía al primor de la filigrana y, sin embargo, pepe Luis, alegrándolos, consistiéndolos y guiándolos por todos los terrenos, mandó a los dos con la sabia eficacia de su brega y desarrolló sendos muleteos de penetrante aroma y jugoso estilo. Y suma valentía, por contera… El emocionante pase ayudado con que inicio su primera faena, al lidiador más arrojado del mundo le habría dejado con la boca seca. Inteligencia, adornos, picardía pajolera para exprimir en cada momento todo el provecho posible… Erigido en la primera categoría, es Pepe Luís Vázquez, del barrio nuestro de San Bernardo, el torero integro desde la montera a las zapatillas, que columbramos en la becerrada inolvidable del 29 de mayo de 1937. A entrambos bichos hirió con decisión y mala suerte; las dos estocadas contrarias, salían por el brazuelo. Pero el público supone estimar todo lo bueno que, aún sin faenas definitivas –de las que no había existido posibilidad–,  acababa de realizar –lo mismo que en el buen aire de su capoteos— su torero predilecto, y éste recorrió el redondel entre ovaciones de recompensa, como aquellas simpatías que le habían saludado en el paseíllo y subrayando el trascendental instante de la “transmisión de poderes”.

Estuvo esta importante función a cargo de Pepe Bienvenida. Penetrado de lo que latía de histórico en su misión –hacer matador de toros a una figura que promete ser señera–, Pepote mantuvo durante toda la tarde altura de profesorado, actividad magistral, pundonor de buena ley. Al parara su primero en un prietísimo lance a pies juntillas, derrochó el bicho en el centro de la suerte y, desarmado el artista, le dirigió tres rapidísimos hachazos, el primero de los cuales agujereó al agredido el brazo izquierdo. Despojado de la rota chaquetilla, Mejías volvió a veroniquear con majeza, clase y estilo, y en los quites y puestas en suerte dujo repetidamente, entre aplausos entusiastas, el gran torero que lleva dentro. Todavía fue mejor el trasteo, comenzando por naturales y redondos, verdaderamente magníficos, y proseguido con un largo alarde de dominio y de  confianza. Muy derecho, pero sin que el toro le ayudara, pinchó tres veces en todo lo alto y el enemigo se echó. En el cuarto, desprovisto de celo y temperamento, desarrolló, venciendo aquella dificultad, un brillantísimo tercio de banderillas y después una faena sobria, adecuada siempre, mató por el hoyillo de las agujas a la tercera entrada. Como su ahijado, Pepe Bienvenida dio dos vueltas al ruedo, fervorosamente aclamado, y tuvo además que saludar desde el centro. Esperamos que no tardará en volver.

Rafael Vega, borroso,  carente de adiestramiento. Como a perro flaco etc., le tocaron, cabeceantes y hoscos, los dos bichos más desagradables. Y si alguna vez tragó saliva y quiso arriesgarse más de lo prudente –como al veroniquear al quinto—estuvo a un dedo del hule. Sabedor de lo que era capaz de hacer el hermano de Curro, pero ignorante de que no le dan corridas con que pueda ejercitarse, el público extremó a veces su desaprobación.

Los toros de Braganza, terciados, pero de buena lámina. Para el ganadero, el mejor, el que abrió plaza; para el torero, el siguiente. En general, flojos y sin estilo.

Picaron bien Chávez y Antonio Díaz. Márquez y Muñiz –espolazo al caballo, asedio circular del toro– mantuvieron ese nuevo modo del puyazo sin fin, que sólo las multas puede desterrar. Magritas y Romerito sobresalieron lo demás.

El lleno –¡alternativa de Pepe Luís!—integral.

© ABC de Sevilla, viernes 16 de agosto de 1940

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