J. Sánchez de Neyra: «El blasón»

por | 25 Ago 2014 | Hemeroteca taurina

Está arraigada en la conciencia de los buenos aficionados a toros, la plena convicción de que es muy oportuno, útil y necesario, que en cada ganadería de reses bravas, mientras no se extinga, se use constantemente una misma divisa que iléva conocer su origen y procedencia. Aunque sobre ello hemos hablado antes de ahora, insistiremos; porque los señores ganaderos, que son los que más interés debieran tener en que así fuese, parece que tienen a gala poner á sus toros cintas de colores variados y bonitos, lo mismo que si se tratase de pollos puestos en rifa.

La divisa es la señal por la cual se perpetúa el nombre del ganado de cada vacada, desde el momento en que por primera vez es presentado en las Plazas: es ei blasón de la casa, el título que ostenta para luchar con los recuerdos de otras toradas, y claro es que si ese blasón y ese titulo los altera a voluntad el ganadero, la lucha se convierta contra sí, y las hazañas de sus reses no tendrán más eco, que las de un aventurero de nombre ignorado, que nunca adquiere crédito ni fama. Bien sabemos la diferencia que existe entre la propiedad do las toradas y la posesión de los títulos y apellidos de las personas que van heredándose por las de una misma familia, al paso que en !a venta y cesión de lociones semovientes, desaparece aquella propiedad por completo; pero no se nos alcanza qué inconveniente pueda tener un ganadero en usar las mismas señales de distinción en sus reses que las adoptadas por sus antecesores. A puro capricho no debe atribuirse, que es futil la razón de que unos colores sean más bonitos que otros, y los que mañana parecerán agradables pueden ser hoy de mal gusto: a otra causa atribuímos tan variable determinación.

Es posible que consista en que, habiendo comprado una ganadería que haya venido a menos en su antiguo crédito, no quiera el nuevo adquirente seguir bajo el peso de la mala fama, y procure borrarlas de todo punto, cambiando el hierro y la divisa; pero eso es engañarse a sí propio, puesto que las reses no las cambia porque las adorne de otro modo; son las mismas, con sus defectos y sus ventajas, y “aunque las vista de seda, monas se quedan”. Eso no es disculpable, y mucho menos justo ni acertado; porque indudablemente, al adquirir una ganadería en tales condiciones, y no destinando las reses al matadero, lleva la intención de mejorarla para volverla a su primitivo esplendor y grandeza. ¿Qué pierde, pues, en conservar la divisa que, si no bondad en la clase del ganado, demuestra una antigüedad que puede darle preferencia en el orden con que sus toros han de ser lidiados? Por este lado, algo va ganando, por el otro nada.

Si por sus dispendios, su celo y conocimientos, consigue recuperar el buen nombre perdido, la divisa, un día menospreciada, podrá solicitarse con empeño por las Empresas: si acontece lo contrario, es decir, si sus desvelos por mejorar la vacada no le dan buen resultado, no lleva contra si más pérdida que la que ya traía al comprarla: posee lo que compró y como lo compró, y no subsanará los defectos y cobardía de las reses porque sean diferentes los colores que adornen sus morrillos. Tampoco puede sospecharse que haya hombre capaz de vender como ganado de nueva vacada al que proceda de las antiguas; y aunque le hubiese, podría ese engaño cometerse una vez sola, pero no más; que los empresarios se pasan de listos y no se chupan el dedo.

Carece, pues, de razón, absolutamente, alterar los colores de la divisa en una ganadería, que debe morir ó extinguirse con la que se dio á conocer al ser presentada por primera vez en el Coso, aunque haya pasado su propiedad por veinte dueños. La finca, o sea la casta, siempre es la misma, tenga o no épocas de engrandecimiento o de abandono; y es preciso y muy conveniente que los aficionados, las Empresas y las autoridades, conozcan por esas marcas exteriores, como lo son el hierro y la divisa, la casta originaria de las reses, para evitar abusos y dar á cada uno lo que sea suyo.

Con esos cambios y alteraciones, suele suceder que se anuncian corridas de toros poco menos que cuneros porque tanto el dueño como la divisa son desconocidos, y si en la lidia se portan mal, se da la callada por respuesta; y si bien, salen las trompetas de la fama publicando que proceden de las famosas vacadas de.,… tal ó cual.

Posible es que un día nos veamos sorprendidos con un cartel en que se diga poco más ó menos: “Se lidiarán seis toros con divisa azul, de la ganadería de D. Lucas Gómez, vecino de Mientefuerte, que antes fueron con divisa plomo, de doña Angustias Sinsabores, viuda de D. Lucio Manteca, de Minglanilla, y que son oriundos, por la línea materna de la famosa vacada que, con divisa blanca, perteneció al Sr. Marqués de Monatupas”.

Esto sería el colmo del enredo; pero a tanto nos van acostumbrando

© La Lidia, 22 de abril de 1894

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