Federico García Lorca, un andaluz tan claro, tan rico de aventura

por | 23 Ago 2011 | Literatura taurina

Pocos poetas me han acompañado a lo largo de toda mi vida, con lealtad inclaudicable, como Federico García Lorca. Si la literatura puede generar, como algunos creen, amistades que superan el tiempo y la distancia, podría decir que García Lorca ha sido uno de mis más fieles camaradas, desde esos lejanos 10 u 11 años que tendría cuando lo empecé a leer. Desde entonces, nunca lo he abandonado, nunca me ha abandonado. Como sucede con los amigos verdaderos, hemos pasado épocas sin vernos, momentos de desacuerdo, reencuentros luminosos. Pocos rastros dejó su poesía en la mía, porque también es una máxima de la amistad que cada uno conserve su propia forma de ser. Aunque Federico amó apasionadamente a la Argentina, nunca escribió como argentino, y aunque yo ame con igual pasión a Andalucía, nunca podría escribir como andaluz. Cada uno en lo suyo, y amigos para siempre.

Quizás fue en esos años de la infancia que descubrí que mi destino, bueno o malo, como diría Borges, era un destino artístico, y que él impregnaba de sentido mi existencia. Y ese sentido artístico de la vida, una de las manifestaciones más claras del espíritu andaluz, lo descubrí encarnado en la figura de Federico García Lorca, artista total, artista del espacio y del tiempo, de lo local y de lo universal. Más tarde, a través de lecturas y reflexiones más académicas, lo ubicaría como el representante más puro de una generación, la Generación del 27, que no sólo fue una promoción literaria, un grupo de poetas unidos por la amistad, sino, como afirma el catedrático de la Universidad de Granada, Andrés Soria, una verdadera Edad de Plata de la cultura española, un movimiento cultural que abarcó, precisamente, todas las disciplinas artísticas.

Con el tiempo fui encontrando numerosas coincidencias, gustos compartidos: la poesía, la música, el dibujo, el flamenco, los toros. Por otra parte, toda la sensibilidad artística de García Lorca, su vena poética, su capacidad como intérprete musical o como declamador, su talento plástico, parecía estar destinada, no obstante, a otra manifestación estética, a una forma de arte que, al igual que la tauromaquia o el cine, incluye a todas las otras artes: el teatro. Por este lado de la dramaturgia, sobre todo, le vino a Federico su actitud militante, su compromiso con el pueblo llano, con los más desposeídos en una España que intentaba ser un poco más justa, más ecuánime. Tal vez también por el teatro, por lo que escribió y por abrirle con la dramaturgia los ojos al pueblo, le vino la desgracia.

A veces pienso que, de no haber sido fusilado en 1936, yo podría haber llegado a conocer a este amigo que me dio la literatura. Hubiera sido el encuentro de un octogenario poeta andaluz y un veinteañero poeta argentino. Lo podríamos haber visto como lo vimos a Rafael Alberti, a Vicente Aleixandre, añejo como un vino pero con toda su esencia. No fue así. El fascismo, que tan mal se lleva siempre con los artistas y los intelectuales, no permitió que fuera así. No está todavía claro si lo mataron sólo por haber soñado una España distinta. No sabemos con certeza qué día murió, porque tradicionalmente lo rememoramos el 19 de agosto, aunque es probable que lo hayan fusilado en forma sumaria el 18. Tampoco sabemos bien dónde, ni en qué lugar lo sepultaron. Francisco Umbral escribió: "Le enterraron con un limpiabotas banderillero, también asesinado. Lorca llevaba cinturón con hebilla de oro, que era un regalo. Buscando bien, por el oro incorrupto de la hebilla podría saberse quién es Lorca en la huesa de Viznar". Vale como metáfora, pues el oro de su poesía sigue incorruptible, pero no resuelve el asunto.

Poeta y declamador, músico e intérprete, dramaturgo y artista plástico, aficionado al cine y a los toros. García Lorca no fue, como decía nuestro Borges con venenoso desdén, un "andaluz profesional", sino que hizo profesión de una de las cualidades propias de la idiosincrasia andaluza: el no poder concebir la vida sino como manifestación de belleza. "Federico -recuerda su amigo Jorge Guillén- nos ponía en contacto con la creación, con ese conjunto de fondo en que se mantienen las fuerzas fecundas, y aquel hombre era ante todo manantial (…). Junto al poeta -y no sólo en su poesía- se respiraba un aura que él iluminaba con su propia luz. Entonces no hacía frío de invierno ni calor de verano: hacía. Federico".

Para este ser extraordinario, para este compañero que me acompaña desde la infancia y que nunca voy a perder, no hay mejores palabras con las que cerrar este y cualquier homenaje que aquellas que él mismo escribió para su querido amigo, el torero Ignacio Sánchez Mejías:

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

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Taurología

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