«Eran las cinco en punto de la tarde»

por | 20 Ago 2010 | Literatura taurina

Banderillero de Joselito “el Gallo”, en cuya cuadrilla se curtió. Representante del folclore español y miembro destacado de la Generación del 27. Intentar dibujar una semblanza de Ignacio Sánchez Mejías es un reto difícil, pues si algo le caracterizó fue su polifacética vida.
 
Niño bien de Sevilla, Sánchez Mejías se escapó de su casa con tan solo quince años para vivir aventuras. Esas correrías y ansias aventureras le llevaron a embarcarse a bordo de un barco rumbo a Méjico. Fue actor de cine, automovilista y escritor de teatro.
 
Dicen algunos taurinos que su trascendencia se debe, en primer lugar a su carrera como matador de toros, y en segundo, a su presencia en el folclore español. Cansado ya de los ruedos, se retiró para dedicarse a otros menesteres. Así, la primera reunión de los poetas que luego conoceremos como los de la Generación del 27, en el Ateneo de Sevilla para conmemorar los trescientos años de la muerte de Góngora, fue promovida por el torero.
 
Uno de los miembros de este grupo poético, Federico García Lorca le dedicó una elegía cuando el torero murió por una cornada de Granadino en la tarde de su reaparición, cuando el diestro se disponía a empezar la faena de muleta sentado en el estribo, como era conocido en él.
 
El Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, que Lorca firmó es, para la mayoría de los hispanistas, la mejor elegía en lengua castellana desde las Coplas de Jorge Manrique.
 
Las palabras que Lorca escogió, tan precisas y viscerales, nos transportan a aquella plaza de toros de Manzanares (Ciudad Real), a esas fatídicas cinco de la tarde y al “muslo con un asta desolada”. Una plaza cubierta de yodo y arsénico, con la blanca muerte merodeando por sus entresijos. “En todas las esquinas, grupos de silencio” que esperaban desolados el parte médico.
 
A todos sorprendió que Mejías no permitiese que se le operase en aquella enfermería y que pidiera ir a Madrid. La ambulancia tardó, “y a lo lejos ya viene la gangrena”. La muerte “a puesto huevos”.
 
Y la sangre, tan torera, no quiso verla García Lorca. Al leer la elegía no puedo evitar imaginarme el coso de Manzanares impregnado de sangre hasta en sus mismísimos cimientos. Y los toros de Guisando gritaron como antaño, “hartos de pisar la tierra” y las “ventanas se rompieron”. Y España se puso en duelo.
 
Hay quien mantiene que Sánchez Mejías se dejo encontrar por la muerte. Hay quien dice que, cansado ya de vivir, quiso morir en los ruedos pues no concebía otro tipo de muerte. Y puede que no sea del todo descabellado dar credibilidad a tales habladurías, pues la muerte en los ruedos es un recurso literario eminentemente taurino y en algo nos puede recordar a la honrosa muerte en la batalla de la cultura grecolatina. Y si nos paramos a pensar e intentamos meternos en la mente de Sánchez Mejías por un momento, podremos vislumbrar la concepción poética que la muerte en los ruedos podía provocar en el torero.
¡No me gritéis que la vea!, dice García Lorca, que no quiere que “le tapen la cara con pañuelos/para que se acostumbre a la muerte que lleva” y que se paseó por Manzanares y por Sevilla, ciudad que le vio nacer. El poeta andaluz, con pluma firme, cree “que no hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda”. No deja de resultarme curioso el componente trágico del poema, que se mezcla con cierto sentido épico, envuelto de un aura de dolor y “sábanas blancas” y “muslos ensangrentados”.
 
Nos exhorta a correr la voz, a que España y “las ganaderías” y los “lirios” sepan que Ignacio Sánchez Mejías ha muerto, que aquél cuyo pelo estaba “dorado” por el “aire de Roma andaluza”
“¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué buen serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!”
 
Pero ya, estas letras acaban. “Pero ya está muerto”
 “Vete Ignacio; No sientas el caliente bramido
Duerme, vela, reposa: ¡También se muere el mar”
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Taurología

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