Emilio Oliva, el valor como bandera

por | 9 Ago 2012 | Retazos de Historia

El que en sus comienzos se anunciaba como “El Chamaco de Chiclana”, al hilo del boom de Antonio Borrero, nació en la localidad gaditana de Chiclana de la Frontera. Su propio lugar de nacimiento condicionó su vida para siempre: rodeado desde su niñez por el ambiente taurino, desde muy joven sintió el deseo de ser torero, deseo que, después de un duro aprendizaje, vió cumplido en 1957  cuando vistió su primer traje de torear en la vecina localidad de San Fernando.

Ya desde el comienzo acreditó un valor fuera de lo normal, como fue demostrando por las plazas limítrofes en su etapa como novillero sin caballos.  Tan sólo 12 tardes necesitó para sentirse preparado para dar el salto a torear con caballos,  algo que consiguió en 1959 en la misma plaza de San Fernando.

Arranca así una prometedora carrera novilleril, que en seguida refrendó en Madrid, donde debutó el 25 de julio de 1960, formando terna con José Morán “Facultades” y Paco Herrera.  Y siendo aún novillero recibe la primera gran cornada, que no amilanó su espíritu.

Un año más tarde, el 14 de agosto de 1962, ascendió al grado de matador de toros con todos los honores en un cartel de figuras: toros de Jandilla y con Antonio Ordoñez y Jaime Ostos de compañero de cartel. Una tarde grande, en la que le cortó las dos orejas al toro de la ceremonia, éxito que volvió a refrendar con el que cerraba plaza. Un triunfo que le trajo de la mano otros cinco contratos.

Pero al año siguiente los triunfos no sirvieron para abrirse camino. De hecho, tan sólo una docena de festejos había toreado cuando decidió acudir a Madrid a confirmar el doctorado, el 12 de octubre de 1963. Se anunciaban aquel día toros de Flores Albarrán y en el cartel se anunciaba al colombiano Pepe Cáceres y a Rafael Chacarte, con el prólogo ecuestre de don Angel Peralta. Nada relevante ocurrió en el toro de la ceremonia. Quizás por eso, Emilio Oliva salió a revientacalderas con el que cerraba plaza, un sobrero de Jaral de la Mira, que había completado la corrida y que atendía al nombre de “Desteñido”.

Cuenta Andrés Travesí –que reemplazó en esta ocasión a Díaz-Cañabate en las páginas de ABC–  que el chiclanero estuvo toda la tarde muy valiente y muy participativo en todas las ocasiones que le correspondió quitar con el capote. Hasta que llegó la cornada.

No había tenido tiempo de concluir los primeros lances de recibo cuando su enemigo no siguió el engaño y acertó a darle una cornada tremenda, de las más graves que se recuerdan en el ruedo madrileño, hasta el punto que el experimentado equipo médico que entonces capitaneaba el mítico Dr. Jiménez Guinea temían no poder salvarle la vida. Había sufrido muy graves heridas en el peritoneo.

El parte médico decía así: “Durante la lidia del sexto toro ha ingresado en esta enfermería Emilio Olivia, con herida contusa en región malar del lado izquierdo. Puntazo corrido en región suprahioidea. Herida por asta de toro en regiones escrotal izquierda con una trayectoria hacia arriba de treinta centímetros de longitud que produce destrozos en los músculos recto, oblicuo mayor y menor, y transverso, con rotura de los vasos epigástricos del mismo lado, penetrando en la cavidad peritoneal y produciendo desgarro lateral de la vena ilíaca primitiva. Gran hemorragia interna con “shock” traumático, que precisa transfusión de sangre durante la intervención. Pronóstico gravísimo”.

En la propia enfermería se le administración los últimos sacramentos y por la noche, a la vista de la gravedad de la situación, contrajo matrimonio in articulo mortis con su novia de siempre, Antonia Baro, en la habitación del Sanatorio de Toreros, apadrinado por don Livinio Stuyck, quien le prometió darle dos corridas cuando se repusiera de aquel cornalón.

El empresario pudo cumplir su promesa, porque los doctores  Jiménez Guinea y García de la Torre consiguieron lo que en esa dramática madrugada parecía imposible: sacarlo con vida de aquel tremendo trance. Los médicos señalaron en fechas posteriores que había sido posible, junto a la atención inmediata que tuvo el torero herido, por su fortaleza física. Con todo, en la cama del Sanatorio estuvo hasta comienzos del mes de diciembre.

Escasamente había transcurrido medio año de aquella terrible cornada cuando Emilio Oliva volvió a vestirse de luces. Fue el 25 de abril de 1964 y en la Maestranza de Sevilla. Y reapareció no como si aquí no hubiera ocurrida nada; reapareció arrollador: cortó tres orejas y abrió la mítica Puerta del Príncipe. Y en seguida volvió a Madrid, a cumplir el ofrecimiento de la empresa.

Pero de nuevo tuvo que ser Madrid el escenario del triunfo y del dolor. Tras unas temporadas con una media de 25 contratos por año, en julio 1967 le cortó en Las Ventas las dos orejas a un toro, pero a los pocos –en abril del año siguiente– otra vez surgió la cornada grave, en esta ocasión en el pecho.

A partir de ahí le costó más reponerse, y aunque se mantuvo en activo hasta 1972, sus actuaciones fueron ya mas espaciadas, pero siempre fueron dignas de un buen profesional. Por eso, lo mismo que ocurría cuando estaba en activo, se retiró con el respeto de los aficionados.

 

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Taurología

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