Elegía del temple, a ser por posible unido con el Arte

por | 16 Ago 2011 | La opinión

De entrada aviso que  no es éste ni el momento ni el sitio para entrar ahora en disquisiciones y circunloquios acerca de  si el temple en la acería significa esto o aquello, de si en la Historia se ha dicho que… En un diálogo, como quiere ser éste, entre aficionados a los toros, sobra todo lo que represente salirse de un esquema más propio, aunque en ocasiones establecer determinadas analogías sea de buen y fácil comprender.

Por eso, directamente escribo que el temple es muy probablemente el concepto taurino más privativo de todos. Si en cualquiera de los episodios que ocurren en un ruedo no hay temple,  estoy por afirmar que no hay fiesta taurina, o al menos no la hay en su concepción ortodoxa. A partir de ahí,  compruebo que no es fácil resumir en unas pocas palabras la definición de tal término. De hecho, no sólo por una pretendida creatividad literaria, al temple se le ha llamado y se le llaman de otros modos, tratando de definirlo, de aproximarnos  mejor a todos sus contenidos.

Quien revisa el Cossío, comprueba que el temple lo viene a definir, si no recuerdo mal,  como la capacidad de adecuar con precisión la velocidad que se imprime al engaño a la que el toro viene desarrollando en sus acometidas. Esta es una versión ortodoxa que no conviene dejar en el olvido. Pero sin tratar de corregir al académico, lo que sería un verdadero atrevimiento, tengo para mí que el temple es algo más; por ejemplo, parémonos a pensar si tal definición puede casarse con esa casi obsesión de los toreros, que comparto, de torear muy despacio.

Sin duda, el temple se refiere a ese acompasamiento en los movimientos del torero y el toro. Pero me pregunto, a lo mejor ingenuo, acerca de quién debe acompasarse a quién; si es el torero el que debe tomar el ritmo a la velocidad de la embestida, o si es el toro el que debe someterse al mando que se imprime en la muleta. No conviene creer que es ésta una cuestión baladí, ni mucho menos entenderla como una especie de galimatías dialéctico para, como predicaba el escolástico, enmarañar un poco aquello que empezaba a  resultar peligrosamente comprensible.

Como soy de los convencidos de que el gran Domingo Ortega tenía toda la razón cuando afirmaba que torear es llevar al toro por donde no quiere ir, me inclino más bien por lo segundo: es del poderío del torero, de su muñeca mágica moviendo la muleta, de donde toma su referencia el temple.

Incluso si repaso lo que se oye comentar a algunos ganaderos, cuando predican las bondades de su toro diciendo que “tenía mucho temple  en la embestida”, como cuando cantan las excelencias de su templado galope, me reafirmo en mi idea, en la medida que tales aseveraciones las interpreto como la exaltación de la capacidad de ese toro para adaptarse, mejor diría acompasarse y someterse, a los movimiento que el torero imprime a los engaños y, en general, al desarrollo de la lidia.

Aunque las extralimitaciones en general pierden lo poco que puedan tener de razón, a efectos de una mejor comprensión cabe plantear algunas observaciones. Y así, si damos por bueno que quien manda en el temple es antes que nada el toro, ¿no tendríamos por coherencia que admitir que el toreo no pasa de ser un mero acompañar el deambular del toro por el ruedo?. Pero, igualmente, si es al torero a quien le resulta necesario adaptarse a su enemigo, ¿tendría sentido pleno hablar en el toreo de someter al toro como una de las razones profundas de la lidia?.

Como nunca he abrigado dudas al respecto, bien que sin hacer valoraciones de si es lo que corresponde a la estricta ortodoxia, me inclino siempre por el poder del torero, por su capacidad de casi imantar la embestida en los vuelos de su muleta, para entender el temple. De esa capacidad, diría incluso que de esa potestad del torero, nace luego todo lo que el toreo ha sido  y debe ser: profundidad, largura, sometimiento, poder…

El temple así entendido puedes considerarse como el gozne central sobre el que gira la lidia. Comprendo que lo contrario es cuestión de gustos y de modas, de pretendidos modernismos incluso, pero nunca he sido partidario de disfrazar un concepto tan grande con expresiones más o menos edulcoradas y hasta cursis. No oculto que cuando, por ejemplo, oigo o leo la exaltación de  éste o aquel diestro bajo el argumento de que  ha toreado a compás, y nada digo cuando es el ganadero el que pontifica que su toro ha embestido a compás,  me parece ridículo y sólo lo entiendo como un recurso literario, no de los más afortunados, para expresar diversificadamente en las palabras lo eterno, que es el temple.

Si me guío por la intuición y por aquello que observo, el temple luego se ejemplifica en sucesivos pasos intermedios. Y así, por no abandonar la trilogía clásica, el temple se exterioriza primero, cuando tras el cite, paras al toro en el inicio de su acometida; se desarrolla luego cuando con  mando se le dirige “por donde no quiere ir” y se eterniza al final cuando se alarga el muletazo, toreando hacia dentro, hasta llevarlo muy por detrás de la cadera.

Cuando todo eso se viene a ejecutar sometiendo al toro, con la muleta muy baja y con el pulso de la muñeca firme, se ha tenido  la dicha de contemplar un monumento profundamente estético, pero también se habrá hasta sentido –y digo sentido en su acepción más propia— la esencia del toreo. La experiencia de tantas tardes dice que todo eso, además, encierra tanta verdad, que es justamente lo que, como si de un resorte se tratara, hace saltar las alarmas de la emoción en el tendido, incluso entre quienes son nada más que espectadores.

A veces los taurinos, no niego que con su mejor voluntad, abusan de un criterio que sólo por cierta analogía puede extenderse al toreo. Es cuando hablan de la transmisión del torero y, en especial, del toro, como queriendo a expresar así la capacidad de hacer llegar al tendido, por medios más que nada emotivos, lo que ocurre en el ruedo. Al margen dejo eso de las dichosas transmisiones, que lo asocio más con el oficio de la gente de la televisión; siempre me ha parecido más ajustado, incluso al diccionario, llamar a ese movimiento, sencillamente, sentimiento; si se quiere,  podríamos también denominarlo épica, quizás de forma más impropia.

Pero si damos un paso más seguro, me pregunto por qué en vez de tantos circunloquios no lo llamamos directamente arte. Como escribo a vuelapluma, sólo con el soporte de los recuerdos, a lo mejor incurro en tropelía si afirmo que justamente el arte, y nada digamos si se escribe en mayúsculas, contiene como uno de sus valores intrínsecos esa capacidad de llegar  hasta lo más íntimo de quien lo contempla con observación y con mimo.

Cuando vemos de nuevo las añejas imágenes de Antoñete pasando de muleta  a aquel osborne blanco de la historia, ¿necesitamos de algún resorte íntimo para hasta conmovernos?, ¿acaso no es más cierto que instintivamente vibramos?. Tengo para mí que eso se llama arte, que en el toreo no es otra cosa que la conjunción medida del temple con la estética. Por eso, antes que de una cuestión de variopintas reacciones, cuando no se producen esas vibraciones del todo singulares, no pienso ni en transmisiones ni en nada parecido; me planteo primero si allí ha habido arte, si allí ha habido temple.

Más digo. De siempre en el toreo los resortes de la emotividad a secas, en especial cuando se dirigen hacia la masa del tendido, han tenido motores bien distintos, tanto que en ocasiones los críticos han utilizado la expresión de toreo emotivo para condensar ese quehacer que se exterioriza por los valores en bruto del riesgo y de la entrega. De ahí precisamente toma su razón de ser el tremendismo. En el fondo, lo que por debajo de todo eso está ocurriendo es que el torero recurre a la escenificación de los movimientos instintivos, dejando a un lado la racionalización que debe presuponerse con el arte.

No siempre este proceder puede ser criticable, porque en ocasiones, según momentos y escenarios, es el recurso final e incluso el único  que le queda al torero para compensar a quien, sobre todo, se siente con derechos adquiridos por el hecho de haber pasado por taquilla. Sin embargo, su aceptación ocasional no debiera llevar a confundirlo con lo más verdadero, que es el temple. En el fondo, porque de lo que en esas circunstancias se trata es de aprovechar un resorte primario, siempre disponible en el hombre, cuando no caben expresiones mayores, o cuando las calidades del torero no permiten alegrías más sólidas.

El temple, en cambio, es lo permanente, lo eterno, aquello que no sabe de ocasionales desahogos para complacer a la parroquia. Más diría: el temple es el fundamento y, en ocasiones,  no necesariamente está seguido por el arte. Todos hemos conocido toreros dotados como pocos para el temple, pero ajenos por completo a un sentimiento mínimamente estético; alguno, incluso, llegó a mandar en el toreo de esta guisa. Se me podría decir que es un distingo más de los que vengo haciendo, pero de siempre he pensado que éstos que manejan el temple sin el arte, suelen ser muy buenos profesionales; los que son capaces de conjugar los dos, han traspasado la frontera.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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