El papel real de los aficionados y la «dulcificación social» del espectáculo taurino

por | 16 Sep 2015 | La opinión

En la dinámica que en nuestros días vive la Fiesta, no deberíamos mirar hacia otro lado ante una realidad que acaba pesando muchísimo: el cada vez menor peso de los aficionados frente al volumen total de espectadores que asisten a los espectáculos taurinos. A parte de cuanto supone en lo que se refiere a los niveles de exigencia propiamente taurina,  nos guste o no debe reconocerse que hoy sólo con aficionados no se salva económicamente un festejo, y menos un abono.

Pero para no llamar a equívocos, conviene advertir que esta realidad no es privativa y exclusiva del mundo del toro; por el contrario, no tiene nada de diferente con lo que ocurre con otras manifestaciones culturales. Ni sólo de cinéfilos puede vivir el cine, ni el teatro llega a número negros por los estrictamente amantes de escena, ni la ópera estabiliza su pulso sólo a base de los puristas del bel canto. Todos tienen que buscar la atención de otros posibles clientes. Precisamente por eso se comprueba como los promotores de todas estas artes buscan la promoción, ofreciendo alicientes que van más allá de sus propios partidarios, esa promoción que en tantas ocasiones se echa en falta en el planeta de los toros.

Si a base sólo de los aficionados en su sentido propio la economía del toro no sobrevive, resulta de toda lógica que nuestro poder de decisión acabe siendo tan reducido. Por eso, que los aficionados reclamemos que en los carteles se incluya a este o aquel otro torero, ésta o aquella ganadería,  en el fondo acaba siendo una cuestión menor, punto menos que irrelevante, por la simple razón de que nuestro concurso a una plaza hoy no presupone el equilibrio de las cuentas.

El empresario tiene mirar –es su obligación profesional–  especialmente a ese otro segmento de personas que pasaran por la taquilla, a los intereses de estos nuevos clientes sean de la naturaleza que sean, buscando combinaciones que permitan un balance positivo. Como en todo negocio, al final la ley que se impone es la del “tanto me aportas, tanto te hago caso”.  

En el fondo, como han dicho voces autorizadas,  ya no vale con ser sólo aficionado, hay que ser activistas, hay que ser militantes,  hay que ser más proactivos, porque no podemos asumir lo que está pasando. De tal forma que hoy promover la asistencia a los tendidos no supone en primer término una forma de colaborar con el empresario de turno; representa sobre todo apoyar a la Fiesta en su conjunto.

Antiguamente, como es bien sabido, tal relevo generacional surgía de forma natural, en la transmisión de padres a hijos. Ni la coyuntura social es hoy la de ayer, ni la Fiesta viene marcada por los mismos elementos para generar la atracción de terceros.

Si las cosas no cambian, en semejante coyuntura los aficionados hoy tenemos las de perder, mientras no seamos capaces de promover en número suficiente a la generación que nos releve. Aunque se han oído algunas voces, en esta materia la gran pregunta está por responderse: ¿no habrá que hacer algunas concesiones para que esos espectadores ocasionales lo sean en mayor número y con mayor asiduidad? Hay elementos, desde luego, que en el toreo resultan intocables, si es que no se quiere desvirtuar el arte; pero hay otros que bien podrían ser revisables: desde los dineros al desarrollo del propio espectáculo.

En suma, hay que volver a recordar  aquellas palabras tan esclarecedoras del Presidente del Club Cocherito de Bilbao cuando planteaba el reto de  modernizar el espectáculo, de adaptarlo a las nuevas circunstancias de hoy en día. “Es cuestión de ponerse a pensar y tener voluntad de mejora. Es innegable que hay que modernizar el espectáculo. Algo tan simple como marcar las rayas de picadores con una regadera de cal ya no es castizo, es anticuado y cutre. El espectáculo tiene que reinventarse y renovarse de manera decidida”.

Pero para hacer posible tan ambicioso propósito, denunciaba también Fernández Casado una realidad, que viene siendo un mal endémico en el toreo: “Falta una federación, una estructura organizativa como tiene el futbol que represente a la actividad y trabaje por su promoción y se erija en referente para abordar las cuestiones que afectan al toreo”; una organización que sea capaz de revertir que la Tauromaquia no reciba “un trato equitativo y es preciso disponer de organización y representación para hacer valer sus derechos”. Resulta de toda evidencia que mientras sigamos con esta grave carencia organizativa se hará muy difícil retomar una senda positiva.

En nuestra opinión, que esta unidad de acción en el mundo del toro, a tenor de la experiencia contemporánea,  constituya un ideal de difícil alcance no justifica –al menos: no justifica del todo–, que permanezcamos  de brazos cruzados. De acuerdo que la patronal taurina acaba siendo bastante poco activa, de acuerdo que entre los que visten el chispeante los criterios son muy diferentes, de acuerdo con que ni en las organizaciones ganaderas se da esa base común de actuación… Pues a pesar de todo ello, se hace necesario abordar el futuro. Y es posible, para mejor fin de tal empeño que alguien con autoridad reconocida se decida a encabezar esta movida.

¿Es posible en la actualidad modernizar el espectáculo? Peliaguda e incómoda pregunta, a la que sin embargo deberíamos buscar una respuesta proporcionada al problema que se busca resolver. Y hacerlo a cuerpo limpio porque, a diferencia de quienes atacan al toreo, no se tiene detrás ninguna suerte de multinacionales dispuesta a financiar manifestaciones, ni prolijos procesos jurídicos en instancias internacionales, para luego poderlos manipular.

En un primer estadio, quizá el menos revolucionario en términos de Tauromaquia, podría entenderse que esa modernización comienza por los propios recintos taurinos. Un espectáculo que es caro –80 euros costaba, por ejemplo, una localidad de palco en Bilbao, y  152 una barrera de sombre– tendría que dar derecho a un mínimo de confort, que no se compadece con pasarse de dos horas y media sentados a la intemperie en la dura piedra, con las rodillas del vecino de arriba clavadas en los riñones. Por si la inversión no fuera pequeña, nos topamos con una realidad: gran número de plazas son edificios afectados por la ley del Patrimonio Histórico, con lo cual toda modificación del recinto tropieza con importantes condicionantes.

Resulta evidente que tocar, por ejemplo, ese monumento colosal que es la Maestranza de Ronda, no puede hacerse de cualquier forma. Pero, ¿es seguro que aunque sea con estructuras de quita y pon no puede mejorarse la comodidad del recinto? Por ejemplo, en Las Ventas hubo una temporada que, fuera de los festejos de abono, se hizo y no pasó nada. Cabe preguntarse entonces  si el hecho de que una iniciativa de este porte trastoque la ubicación de parte de los abonados y reduzca un poco el aforo, constituye razón suficiente para dejar de acometer el empeño.  Pero otro tanto cabe decir de la búsqueda de una solución eficaz contra los vendavales, que tantas tardes de toro destrozan. No puede ser creíble que con los avances tecnológicos ninguna de estas carencias puedan tener soluciones satisfactorias.

En paralelo con el confort viene la cuestión del precio, que a la postre acaba siendo mucho más el precio a secas. Los dineros de la Fiesta nunca han sido cuestión pacífica. Ni hoy, ni cuando en los ruedos estaban José y Juan. Todo el mundo taurino habla de la necesidad imperiosa de racionalizar los números, pero todos a su vez lo hacen pensando en el otro, manteniendo intocables los que le son propios. La consecuencia natural es el desacuerdo y la inviabilidad, mientras tanto crece el número de pagarés de más que dudoso cobro, se multiplican los espectáculos en pérdidas y salvo una pequeña, muy pequeña, elite, nadie tiene la certeza de si al final de todo el proceso algún podría podrá percibir lo que les corresponde.  En el fondo, lo que se necesita es un nuevo modelo para la Fiesta, porque el complicado sudoku actual, o se soluciona, o nos devora.

Se localizan otros muchos aspectos bastante asumibles. Por ejemplo, la instalación de pantallas gigantes en la plaza, para seguir más puntualmente un aspecto concreto de la lidia con la fórmula de “la repetición de la jugada”, o para recibir información en tiempo real. Por otro lado, en un espectáculo que por su propia naturaleza es y tiene que seguir siendo colorista y ágil, no resultaría banal repensar su puesta en escena, sobre todo pensando en aquellas ocasiones en las que las cámaras de televisión están presentes.

Pero si pasamos de aspectos materiales como éstos, los demás parecen mucho más intrincados. Las reuniones de supuestos expertos convocadas por Taurodelta, para la mejora del espectáculo en Las Ventas,  se han puesto de acuerdo en que el chulo de toriles debe vestir de corto, y no con un traje de luces. Incluso se felicitan por el cambio realizado con la puerta de salida de los picadores al ruedo. En cambio, cuando se proponen matizar aspectos que consideran más duros para la sensibilidad de un espectador ocasional –por ejemplo, los repetidos fallos del torero con la espada, ya de matar, ya de descabellar–,  el único acuerdo posible es dejar la cuestión para otro día.

Aquí ya topamos con uno de los elementos medulares del toreo en la edad contemporánea, por no decir directamente que la más cuestionada. Dicho sin rodeos, se trata de los elementos que nuestros detractores califican de crueldad y de tortura, con eslóganes que repiten de un punto a otro del planeta Tierra.

Pero por más que los animalistas lo repitan una y mil veces, ni los profesionales ni los aficionados son una especie de sádicos que disfrutan, que sienten placer, causando sufrimiento y dolor a los animales. Y es que sólo desde un profundo desconocimiento la Fiesta no cabe entenderla como un crueldad, sino como un acto épico en la que un hombre plata cara a un animal fiero, ante el que expone su vida con el propósito de crear belleza. A partir de finales de la década de 1980 los animalistas incluso llegaban a afirmar que los aficionados en realidad éramos ejemplo de personas afectadas por “desórdenes de conducta”, algo que llegaban a asociar con patologías sadomasoquistas.

Pero sentada la muy escasa solvencia de estas acusaciones que nos dirigen con reiteración, tenemos que afrontar como algo que forma parte de la normalidad social que haya personas a las que puede hacer daño a su sensibilidad cualquier acto público en la que puedan producirse hechos de sangre. Todo sentimiento es respetable, aunque no por eso deba responder siempre a la realidad intrínseca de las cosas. Y la cuestión no se resuelve con la simpleza de afirmar: “si les hiere, que o vayan”.

En aras de no herir ningún genero de sensibilidad, ¿hasta que punto puede llegarse en la Tauromaquia a la hora de introducir cambios? Desde luego, difícilmente puede asumirse la fórmula de sustituir los hierros por el velcro, como hacen en las plazas de California, entre otras razones porque así se priva al toro de demostrar las virtudes de su raza y la razón de ser de su propia crianza, se desnaturaliza, en fin, la propia razón de ser de la lidia.

Antes se citaban las deliberaciones, a instancia de Taurodelta, acerca de limitar el número de intentos en el uso de las espadas, ya de matar, ya para descabellar, para minimizar el impacto emocional de la suerte de matar. La idea no es nueva. En más de un informe de personas taurinas y autorizadas se ha planteado antes semejante debate. En el fondo, quienes así piensan razonan con criterios bastante similares a los que en su día llevaron a Primo de Rivera a imponer el peto protector en los caballos de picar, pero con una diferencia esencial: la medida se orientaba a proteger a un agente de la lidia para minimizar sus riesgos, pero sin por ello alterar la verdadera razón de la suerte de varas.

Manteniendo inalterable la razón de ser del toreo y de la lidia, no hay por qué negarse a profundizar en esta vía. Sobre todo si lo hacen personas expertas y conocedoras de los límites fuera de los cuales la Fiesta deja de existir en su verdadero sentido. Y entre esos limites, hay dos que están ya bastante analizados y, por tanto, se cuenta con bases para decidir sensatamente, rechazando esos mantras que nos lanzan violentamente a la cara.

En primer término, y aunque a veces se manejen con menos asiduidad de la conveniente, se cuenta con estudios científicos que desmontan las tesis animalistas. Sin ir más lejos, en su estudio del comportamiento animal  el Dr. Gil-Cabrera, investigador en Ciencias Veterinarias en la Universidad Complutense y especialista en la fisiología y comportamiento del toro durante su lidia, explica detalladamente la adaptación fisiológica del toro durante la lidia. Y sobre la base de criterios objetivos y científicos, concluye que "se puede afirmar que efectivamente el toro elabora una respuesta de adaptación al estrés que le permite desarrollar las modificaciones fisiológicas necesarias para afrontar el estrés de la lidia, y esta adaptación tiene un reflejo en el comportamiento específico de este animal en esta situación concreta”.

Y bajo otro punto de vista, habrá que recordar como en su día cuatro investigadores independientes, en respuesta a una solicitud planteada por el Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, dictaminaron con el aval de un quinto experto, que “no se puede considerar como peligrosa la contemplación de espectáculos taurinos por menores de 14 años, cuando se trata de niños psicológicamente sanos y que acuden a estos festejos de forma esporádica, voluntariamente y acompañados de adultos que tienen actitudes positivas ante las corridas de toros”.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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