El lío y los 3 avisos de Finito en Córdoba

por | 31 May 2015 | Temporada 2015

DIARIO CÓRDOBA:

Un Finito de escándalo

Sublime en el toreo, con una grandiosa y rotunda izquierda, se empeñó en un indulto que no llegó, escuchó los tres avisos y mato mas tarde, en un pulso a la presidencia

RAFAEL DE LA HABA
Finito otra vez protagonista, en lo bueno y en lo malo. Un escándalo lo suyo en todos los sentidos. Sublime en el toreo, pero equivocado en la resolución. Mitad torpeza, mitad soberbia. Empeñado en el indulto de su segundo, cambió un triunfo de rabo por una polémica absurda, a todas luces innecesaria. ¿De verdad estaba convencido de que ese toro, que sólo cumplió en el caballo, saliendo suelto del segundo puyazo, y que hizo amagos de rajarse a mitad de faena, era de indulto? ¿A quién podría beneficiarle? ¿A él, al ganadero…? ¿Era un toro para padrear? Quizás para la fiesta moderna, pero no es ese el espíritu del indulto. ¿No hubiera sido suficiente y, además con todas las de la ley, premiar al toro con una vuelta al ruedo? ¿Alguien recuerda que existen las vueltas al ruedo, para toreros y toros?

Lo de Finito fue un pulso al presidente y este, que ya había sido vencido en otro disputado por la mañana , esta vez no claudicó. La plaza echaba humo. Mitad bronca, mitad incredulidad; unos a favor del torero, otros del presidente. ¡Qué lástima! ¡Qué borrón, Finito! ¿Por qué manchar una faena cumbre, excelsa, rotunda, deliciosa, profunda…? Sí, una faena grandiosa, de izquierda apabullante, de naturales esculpidos. Una faena que, tras un saludo capotero de algunas verónicas sabrosas y un remate exquisito, y unas probaturas por la derecha, rompió a colosal al echarse el trapo a la izquierda. Qué largura, qué temple, qué trazo, qué sentimiento. De tanta elegancia como naturalidad, de tanta estética como rotundidad. Hubo pureza, torería, duende y aroma. También mando y mimo, magia y plasticidad. Una borrachera de toreo. ¿Se puede torear mejor al natural?

Una obra de arte cincelada con una muleta única. Toreo caro, con mayúsculas, inmortal. Ahora despatarrado, ahora de frente ofreciendo el pecho. Los muletazos siempre rematados atrás, por debajo de la pala del pitón. La plaza era un manicomio. Y también con la derecha, en series cortas pero rotundas avanzada la faena. Qué gozo. La Puerta de los Califas abierta ya de par en par cuando ni se apreciaba el fin de la faena. Pero el toreo de escándalo dio paso a la polémica.

Apenas que surgieron unos tímidos pañuelos en el tendido pidiendo el indulto –a todas luces desmedido para un animal que solo había cumplido en el caballo–, el torero comenzó a animar el debate, mirando al palco y haciendo gestos preguntándose si lo mataba o no. Su intención era clara. El desafío era evidente. Y siguió toreando. Y el toro, de excelente calidad y duración en la muleta, amagó con rajarse. Varias veces lo hizo, con intención de huir, mirando a tablas… Pero Finito seguía toreando. Deliciosos naturales, derechazos con usía, remates toreros… Sonó el primer aviso y el presidente, reiteradamente, hizo indicaciones al torero para que lo matara. Pero nada.

Otro muletazo, y otro más, y a cada cual mejor, más delicioso y espléndido. Qué expresión torera, qué dimensión… y qué polémica más absurda. Segundo aviso y aún el tercero. Finito se había negado a matar. Y advertido de que el toro volvía a los corrales –toda la plaza vio a los alguacilillos aporrear la barrera alertando al torero–, todavía aumentó el escándalo el torero al entrar a matar.

Desobediencia al no hacerlo en el tiempo estipulado y desobediencia al acabar con la vida del animal una vez devuelto. Y lo que era de rabo, de Puerta de Los Califas, de Trofeo Manolete, de tarde histórica, de cumbre irrepetible, de sueño torero, de explosión magistral, de torería sin límite, de vuelta al ruedo al toro por su magnífica condición –que excelente fue su juego, pero no de indulto–, quedó en una fuerte ovación para Finito. ¡Qué escándalo de toreo y qué escándalo de actitud!

El resto apenas contó, o se hace difícil narrarlo ahora. Imposible remontar el recuerdo de obra tan grandiosa. El propio Finito, en una labor que no llegó a despegar nunca, no pasó de un intento solo aparente en su primero, noble pero falto de entrega. Tampoco Morante encontró suficiente enemigo en el segundo de la tarde, animal sin fuelle al que muleteó sin llegar a ninguna parte. E igual le ocurrió a Talavante en el sexto, ejemplar deslucido al que pasaportó sin más. Difícil narrar incluso las orejas que se llevaron Morante y Talavante. El primero, en el quinto, con toreo de mucho relajo y estética por la derecha, y con un tramo final de inspirados naturales. El segundo, en el tercero de la tarde, con una primera fase en la que brilló la codicia del animal y la variedad y firmeza del torero, pero que vino a menos a medida que el toro perdió gas.

Pero, ¿qué contar de lo de ayer y cómo contarlo? La tarde fue de Finito, para lo bueno y lo malo. Lo suyo, un auténtico lío. Cumbre en el toreo, equivocado en la actitud. ¿Se puede torear mejor? No. Singular Finito. Único Finito. De auténtico escándalo.

El "desafío injustificable" de Finito

IGNACIO LUQUE
Para bien y para mal, el protagonista de la noche de ayer en el coso de Los Califas fue Juan Serrano ´Finito de Córdoba´, que logró dividir a la plaza entre los que solicitaban el indulto, mayoría aparente, y los que respaldaban la decisión del presidente de negarle el perdón a Laborador . No dejaba de ser significativo que el paseíllo particular de Manuel Rodríguez Moyano, el usía de Los Califas, desde el palco hasta su despacho estuviera acompañado de un rosario de felicitaciones, reconocimientos y apoyos en su decisión de no indultar al de Núñez del Cuvillo. Ya en sus dependencias, el presidente declaró que "se le va a proponer para sanción y ya se le ha comunicado" a Finito de Córdoba. "No sé cómo lo ha encajado", comentó el presidente, que detallaba que la sanción venía impuesta "por dos aspectos: uno, por no entrar a matar cuando se le ordenaba, y dos, matar cuando no debió de matar. Ese toro tenía que haber vuelto vivo a los corrales", aseveró Rodríguez Moyano.

El usía recordó que "en reiteradas ocasiones" conminó al matador a que estoqueara el toro –"sois testigos todos, cada vez que miraba se lo avisaba"–, y posteriormente, una vez con el tercer aviso dado "no tenía que matarlo. Son dos actitudes manifiestamente hostiles, de absoluta desobediencia, que es incomprensible en un profesional y además de su experiencia", se lamentó Rodríguez, que además se preguntó "¿por qué esa actitud con su plaza?". Todo lo ocurrido se remató con la despedida de Finito del coso de Los Califas, en la que no saludó al presidente, que lo valoró como "un cúmulo sumado de despropósitos, un desafío injustificable" que encuadró junto a lo ocurrido durante la mañana con una frase lapidaria: "Ya sabemos lo que se dice: las figuras llegan, los problemas también".

Por su parte, Finito de Córdoba habló en el callejón una vez conocida su sanción y se escudó en que "no escuché los tres avisos, si no, no hubiese entrado a matar". El diestro recordó que "a mí no me supone nada un indulto más en esta plaza ni en mi carrera" y se lamentó de que en ese momento, en el ruedo "hay un toro con una condición extraordinaria que no hemos tenido la oportunidad de que esté en el campo, padreando, y disfrutando de sus productos". En todo caso, Finito se mostró "muy feliz" y "roto, porque he sentido el toreo", aunque también "triste por lo sucedido, porque toros así no se ven embestir todos los días ni cuajarlos de esa manera tampoco tiene uno la oportunidad". 

EL DÍA DE CORDOBA

Finito de Córdoba y su ínsula Barataria

De lo ocurrido de ayer se hablará dentro de 50 años, porque el torero le echó el público encima al presidente

LO de ayer en la plaza de Los Califas es de esas cosas que se contarán cuando pasen 50 años. Parece que en esta vida no nos sirve con vivir tranquilamente dedicándonos a cazar mariposas, o a pasar a la historia haciéndole enormes faenas a un toro. No. Hay gente que no se conforma. Por ejemplo, un tal Juan Serrano. Ayer, como ya sabe todo el mundo, decidió que quien manda en el país es él. Ayer decidió labrarse su ínsula Barataria, sin necesidad de que Don Quijote se la prometa y la mente literaria de Cervantes se la otorgue. Finito entendió que las reglas las pone él, como tantos otros en este país de mangantes que decidieron que las reglas las ponían ellos, como tantos que han preferido escamotearle a Hacienda sus ganancias, robarle la bicicleta al vecino (en mi caso, ya van cuatro), como tantos que prefieren hacer facturas sin IVA. Ah, Finito, tú también hijo mío, le dijo César a Bruto. Sí, él también. En este país, el desacato a la autoridad se aplaude por los ignorantes, por los que pueblan la plaza de los Califas -con unas decenas de cabales atónitos e indignados ante lo que ocurría, ante el atropello al reglamento y a la razón-, por los lazarillos de esta Tauridia infame y chulesca.

Finito se hizo el sueco, le echó al público encima al presidente amparándose en la ignorancia de la masa, de los sanscoulottes que ayer le aclamaban, de los corifeos de la subversión. Quiso que le indultaran a un toro mísero, porque Finito cree que gobierna en la Barataria de Los Califas. Y el presidente, un valiente, un héroe, un Leónidas ante los persas en las Termópilas, le tuvo que aguantar su desplante, su desacato a la autoridad. Y para más inri, Finito, creyéndose ungido por los dioses sin haber leído nunca al Quijote ni parece que el reglamento taurino, mató al toro una vez sonados los tres avisos pese a las advertencias notorias de los alguacilillos. Finito, más chulo que un ocho, haciendo de El Torete, mató al toro, en otras palabras, se saltó el reglamento que le permite torear, que le permite la excepción legal que es el toreo. Eso hizo, matar a un animal porque le dio la gana, no porque le amparara el hecho de ser un matador. Juan Serrano, tan torero, ha burlado la norma sagrada de la autoridad en el toreo. Una norma escrita hace más de trescientos años, prevista para evitar demoras y sufrimientos al animal una vez que pasa el torrente incombustible del arte. Sí, Juan Serrano decidió dinamitar la excepción que permite el toreo porque él es Sancho, en la ínsula Barataria, su gobernador, su engañado gobernante, quien siembra la ley, legisla, ejecuta y juzga. Sobre todo ejecuta. Él está por encima de la ley, ya se ha dicho.

Y todos los coros de taurinos que hoy mismo hablarán en sus crónicas de empecinamiento del presidente, de titulares de ese estilo agradador que abunda en portales de internet y en un tipo de prensa adepta al sistema podrido que es hoy el toreo, cantarán que lo de Finito es una genialidad artística en forma de pulso al presidente. Sin embargo, allí la única genialidad que ha existo ha sido la de su toreo eterno, el de su estilo, adormecido a veces, pero siempre necesario. Lástima que haya dinamitado los puentes de una gran labor con una mezcla de soberbia y de desacato. Pensará que vive en su isla, pero no, es ya un expatriado para quienes sienten y saben cuál debe ser el verdadero norte del toreo. Todo ello, mientras la gran mayoría demostró ayer en la plaza de Los Califas que desconoce las bases sobre las que se asienta una corrida de toros, la ley. Por todo ello y por muchas cosas más este país no tiene remedio. En el fondo, todos queremos nuestra ínsula Barataria.

La rebeldía de un excelso Finito

SALVADOR GIMÉNEZ

Plaza de toros de Los Califas
Ganadería: Seis toros de Núñez del Cuvillo, justos de presentación y desiguales de juego. Mejor los jugados en tercer y quinto lugar. El cuarto tuvo un juego excepcional en la muleta pero terminó rajado. TOREROS: Finito de Córdoba,  (negro y oro). Ovación con saludos y ovación con saludos tras tres aviso. Morante de la Puebla,  (corinto y oro). Silencio y oreja. Alejandro Talavante, (azul marino y oro). Oreja y palma de despedida.INCIDENCIAS: Plaza de Toros de los Califas. Tercer festejo de la feria de Nuestra Señora de la Salud. Dos tercios de entrada en tarde primaveral. Entre las cuadrillas destacaron Javier Ambel, Pepe Luis Trujillo de la cuadrilla de Talavante.

Transcurría la tarde en un tono plano. Pesaba en el ambiente el pobre resultado de la corrida del viernes. El ambiente estaba bastante enrarecido. Tanto es así, que el primer toro fue protestado de salida, algo inusual en Córdoba. Ni el saludo capotero de Finito a su primero tuvo la repercusión de debió de tener. Las cosas de esta Córdoba en ocasiones incompresible. El torito de color melocotón acudió al caballo con alegría. Al llegar al peto claudicó. Es el toro  de nuestro tiempo. Finito tomó la muleta y realizó una faena bella. Retazos de buen gusto y preñada de una torería de otra época. Una estocada trasera y dos golpes de cruceta terminaron con la vida del astado de peluche. Morante anduvo a medias tintas con el segundo. Otro torete de capa jabonera que se apagó pronto. La tarde continuaba plana. El público seguía extraño, raro, sin romperse. Talavante vive un momento magnifico. Inédito con el capote se encontró con un animal, perfectamente lidiado por Trujillo, que le permitió desplegar su particular tauromaquia anárquica y de improvisación.  

Salió el cuarto.  Un toro de muy justa presentación. Un toro bien hecho y de bonitas hechuras a pesar de su justeza. Finito se rompió a la verónica. Meció el capote y enjaretó unos bellos lances a la verónica rematados con una hermosa larga cambiada por bajo. El animal acudió presto a la montura en el primer puyazo. En el segundo salió repuchado. Galopó en banderillas, lidiado con justeza por Antonio Manuel Punta. El público seguía frío, eso sí, por poco tiempo. Los cimientos de Los Califas iban a crujir una vez más en sus 50 años de historia. Finito cuajó la faena de la feria. Una labor completa de principio a fin. El toreo fundamental, el que de verdad hacer vibrar al público fue brotando de las muñecas del torero cordobés. Los muletazos fueron excelsos, sublimes, rotundos. El toreo fundamental se fue haciendo presente y los naturales resultaron ejemplares. Adelantando el engaño, tocando con suavidad para tirar del toro hasta más allá de la cadera. La faena tocaba la cima. Todo apuntaba a un suceso único. A una faena para el recuerdo, para la historia de Los Califas y, por qué no decirlo, para la historia del toreo. Pero surgió lo inesperado.

El demonio de la soberbia aparición por Los Califas cuando nadie lo había invocado. El público enardecido por la duración y rotundidad de la faena, comenzó a pedir el indulto del animal, provocado por un torero en un éxtasis pleno. La presidencia no consideró tal petición, puesto que el toro buscó las tablas en la postrimería de la obra. Juan Serrano desoyó al palco. Comenzó un reto absurdo entre palco y torero. Juan Serrano continuó toreando un toro muy venido a menos, pero seguía los vuelos de la muleta del torero. Los avisos fueron cayendo uno tras de otro. ¿Por qué motivo no sonaron los metales cada vez que asomó el pañuelo en el palco? El caso es que el tiempo marcado por el reglamento había pasado. Todo se cumplió.

El reto continuó de forma incomprensible. Juan Serrano en lugar de retirarse preparó al toro y lo despacho de una estocada a pesar de las advertencias de los alguacilillos y delegado gubernativo. Desacato doble. Curiosamente por no querer matar al toro, y otro posterior por matarlo, hecho inusual en la historia del toreo. El escándalo estaba servido. Lo que pudo ser un triunfo rotundo e histórico, quedo en la nada. El demonio de la soberbia se había salido con la suya. ¿Que motivó a Juan Serrano a cambiar una faena de rabo y convertirse en triunfador de la feria, a sembrar un escándalo a los 24  años de su alternativa? La autoridad no debe de ser jamás ninguneada y menos aún desobedecida. No hay que olvidar que vela por la fiesta, sus valores y el toreo. Desobedecerla es faltar el respeto a la fiesta. Lo demás, no importó.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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