El lance a la verónica en el toreo de Manolo Escudero

por | 31 Ene 2013 | La Tauromaquia de los grandes maestros

Se consideraba como “un torero inédito”. No mareaba esa perdiz. Se trata de Manolo Escudero. Recuerdo que la charla discurría en la madrileña plaza de Santa Ana, ni se sabe cuantos años han pasado. “Era muy caprichoso. A lo mejor llegaba agosto y me decía: Se acabó, me voy para casa. Y otras veces me conformaba con un quite, ya me parecía que había cumplido. Para uno que quiere ser torero en este plan es imposible. Por eso no llegué”. Pero tenía tanta clase que aun siendo así su paso por los ruedos dejó huella.

En mayo se cumplirán 70 años de sus alternativa en Murcia, que confirmó en Madrid tres semanas después; en ambas ocasiones acartelado con Manolete. Hasta que lo dejó, entre idas y vueltas, en 1960. Pero desde que hacia la tapia en los tentaderos llamó la atención su manera de manejar el capote.  Por algo siempre se le ha considerado como uno de los grandes artistas en el lance a la verónica.

En aquella charla, recordaba como si fuera de ayer mismo, una mañana del invierno de 1941 en la casa Cobaleda, en la que se tentaban becerras de Manuel Arranz. En la tapia estuvo hasta que salió la ultima. Gracias a don Antonio Pérez le dejaron bajar al ruedo: “Me pusieron una condición: sólo podía torearla con el capote y como si estuviera en una plaza. Al día siguiente seguía el tentadero y otra vez a pedir y rogar. Y también conseguí torear a la última becerra; en esta ocasión me dijeron que podía totear con el capote y la muleta, pero como si estuviera en una plaza. Allí mismo la empresa de Madrid me firmó dos novilladas, una de ellas fue la de mi triunfo grande el 14 de mayo de 1942”.

¿Cómo era su concepción de ese lance a la verónica que le abrió tantas puertas? “Lo primero –decía– el capote tiene que tener unas dimensiones adecuadas a la talla del toreo. Y luego, hay que cogerlo más o menos a dos cartas de la esclavina, sujetado con los dedos y de forma que tenga su vuelo. Y luego, los brazos y las manos no pueden estar agarrotados, sino sueltos”.

Siguiendo el hilo de su descripción, Escudero ponía mucho énfasis en las piernas: “Para poder crear belleza resulta esencial el movimiento de las piernas, que en el caso del capote es más difícil porque lo tiene que hacer todo de muna manera armonizada con los movimientos de los brazos, de la cintura…, de todo el cuerpo. Los brazos son los que permiten dar amplitud y hasta solemnidad al vuelo del capote; las manos y sobre todo las muñecas, son las que atemperan el movimiento”.

Y sobre esos fundamentos construía Escudero la trilogía más clásica en el toreo, la de parar, templar y mandar. “Hay que tener la capacidad de jugar con estos tres elementos, en otro caso la verónica no tendrá toda la belleza que encierra. Es necesario frenar al toro en su acometida, enganchándole cuando está a algo más de un metro del torero, echándole el capote hacia la cara del animal. Sn esto resulta imposible templar la embestida. Y es que cuando ya llevas embebido al toro en los vuelos del capote, ya le puedes ir marcando toda la trayectoria, sometido y a ser posible ligado”.

“Para mí –añadía– la belleza plena del lance no se consigue con  uno aislado, sino que nace cuando se consiguen hilvanar uno con otro hasta el broche final de una media o de un recorte. Pero para eso es necesario traer muy dominado al toro”.

Pero no menos importancia le daba el torero madrileño al juego de las manos y las muñecas. “Las palmas de las manos son las que te permiten imprimir suavidad y cadencia al lance. Siempre puestas mirando hacia la cara del toro y girando las muñecas acompasadamente con la embestida, para marcar así el camino que tiene que seguir”. Y daba, claro, su sitio, al juego de piernas, sin el que no se puede crear belleza. Desde la forma de cargar la suerte hasta la propia distancia entre una y otra pierna. “En el fondo, es casi como un baile. Si lo pudiéramos al ralentí, no sería distintos a los movimientos de un ballet”. 

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