El buen saber hacer de Antonio Ferrera

por | 19 May 2015 | Temporada 2015

MADRID. Duodécima de la feria de San Isidro. Menos de dos tercios de entrada, en tarde ventosa y fresquita. Toros de Alcurrucen, con excelente presentación y fortaleza, pero desiguales de juego. Antonio Ferrera (de grana y oro), silencio y silencio tras aviso. Juan Bautista (de nazareno y oro), silencio y vuelta al ruedo. Pedro Gutiérrez “El Capea” (de marino y oro), silencio y silencio.

No todos los grandes toreros han sido necesariamente figuras refulgentes, ni mandaron en el toreo, según esa concepción de que quien manda es el que marca el listón de los dineros y de las exiegencias.. Pero la oración puede volverse literalmente por pasiva: no todos los que han sido de 80 tardes al año fueran por ello grandes toreros, En esto, el paso del tiempo suele poner en valor a cada cuál. Sin embargo, sólo los grandes toreros, con 80 o con 18 contratos, dejan verdadero pozo en el recuerdo de los  aficionados.

Pensemos, por ejemplo, en la dimensión enorme que tuvo un torerazo como Rafael Ortega, el de la Isla de San Fernando. O el mismísimo Antonio Bienvenida, grandioso torero donde los haya. O recordemos sin ir más lejos a Luis Francisco Esplá. Ninguno de ellos fue la base de las ferias multitudinarias, pero qué a gusto se les veía en los ruedos.  Por eso, más allá de esas cosas como el G-5, que al final serán históricamente una anécdota, en la Fiesta habría que crear una nueva y verdadera categoría, dicho sea hasta en su propio sentido metafísico: el torero que debe ser declarado ”especie protegida”, para todos esos que no pondrían a diario el “No hay billetes”, pero que, en cambio, cumplían la delicada misión de mantener vivas las verdades permanentes del toreo y de la lidia, esas que van más allá de las modas ocasionales, tan caprichosas como son.

En nuestros días debiéramos declarar “especie protegida” a Antonio Ferrera. Sin provocar fervores encendidos, incluso en una tarde con casi 2.000 espectadores de menos, qué torero ha estado toda la tarde frente a unos “alcurrucenes” con muchas complicaciones y mucho que torear. En cada momento ha ido haciendo lo que correspondía a la lidia y, cuando hubo ocasión, dejó una serie de naturales soberbios, que no por casualidad lleva dos años cincelando las dos mejores faenas que se vieron en la feria de Sevilla. Y con sendos "victorinos", por cierto. Transmite ese mensaje de verdad en lo que en cada momento hace, gracias al cual hasta las situaciones complejas acaban por parecer sencillas.

En esta ocasión, por delante echó un toro agresivo y nada humillador, que acometía siempre con violencia; en los términos que exige la ortodoxia, lo metió en el canasto, que naturalmente no era el canasto de las monisquetas y el mariposeo, sino el de  someter y dominar al animal. Después de matarlo por arriba, se retiró al estribo en medio de un silencio sepulcral. Incomprensible a ojos de un aficionado, pero lamentablemente  moneda común hoy en dia. El que hizo 4º, con dos velones por delante, también tuvo lo suyo. Sin embargo, Ferrera lo dominó y, después de enseñarle a embestir, dejó unas últimas series de muletazos excelentes. En este caso, el silencio que le acompañó se entiende algo más, porque la espada se le fue a lo sótanos.

En esta su primera comparecencia en San Isidro, la Casa Lozano mandó una corrida seria y fuerte, con tres cinqueños en el lote (2º, 5º y 6º). Con el denominador común de la forteleza, luego ofrecieron un juego desigual. Brusco y violento el que abrió plaza, lo que se dice un toro bruto, que se enlotó con el muy agresivo 4º. Calidad tuvieron 2º y 5º, en tanto el tercero –el menos aparatoso de presencia– pronto se puso gazapón y el que cerraba la tarde era basto de hechuras y actitudes. Una corrida, en suma, no fácil, que además hubo de lidiarse peleando contra los vientos.

Con el lote notablemente más favorable no terminó de entregarse Juan Bautista, que, como la tarde, siempre anduvo en exceso frío, correctamente frío.  Desde luego, su primero pedía a voces un mejor y más entregado tratamiento, que el torero nunca termino de ver. Luego, trató de enmendar la cosa con el 5º,  pero al final la pulcritud de unas series se entremezclaba con otras de mayor vulgaridad; eso sí, le recetó un señor espadazo, que por sí solo valía la vuelta al ruedo.

A El Capea, que esta vez fue respetado por la afición madrileña, le correspondió un lote deslucido: su primer por el molesto gazapeo, el otro por sus andares burdos. El salamantino tiró de oficio, con su poquito de frialdad.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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