Dos testimonios sobre la figura de Bernardo Gaviño

por | 19 Ago 2012 | Documentos

El testimonio de Cuesta Baquero

Una fuente para acercarnos a la figura de Gaviño son los escritos del  periodista mexicano Carlos Cuesta Baquero, quien dejó escritas sinfín de páginas sobre el toreo practicado -fundamentalmente- en el siglo XIX, centuria que estudia y analiza con profundo rigor. Por eso, el cúmulo de apreciaciones que siguen se recogen de buena parte de sus apuntes dejados en diversas publicaciones y otros, en lo que puede considerarse como su obra inédita. Y en ellos se puede leer:

 “Con la presencia de Bernardo Gaviño era manifestación forzosa en todas las reuniones públicas donde había españoles y mexicanos dar la superioridad al mexicano, aplaudir al aborigen y befar al ibero. Así procedían los verdaderamente tenidos por mexicanos, los que manifestaban simpatías para el español eran “agachupinados”. “Chaquetas” según irónicamente titularon durante la Guerra de Independencia a los que tenían tolerancia hacia los Realistas. Por eso fue que después de dicha guerra los primeros toreros españoles que afrontaron a nuestro nacionalismo fueron Bernardo Gaviño y Rueda como “primer espada” y otros dos, uno en carácter de banderillero y el otro en papel de picador. No vinieron “sueltos” sino que les contrataron en la Habana donde estaban toreando, para actuar en la plaza de toros que hubo en la barriada de “San Pablo”, contigua a lo que fue un día el hospital “Juárez”.

Gaviño aceptó el contrato no por buscar un pedazo de pan sino por espíritu aventurero. Gaviño tenía en la Habana excelente cartel, era el preferido entre los espadas que actuaban, por ser excelente lidiador, en consonancia con el estilo de aquellos tiempos.

Indudablemente que para con los tres lidiadores hispanos, salvo que los hayan presentado de incógnitos en lo referente a la nacionalidad, ha de haber entrado en acción “nuestro nacionalismo taurino”, befándolos y lapidándolos. El banderillero y el picador estuvieron poco tiempo en el país, regresándose a España, ingresando el picador en la cuadrilla del célebre maestro de maestros Francisco Montes PAQUIRO, fue aquel famoso picador conocido con el apodo de El Habanero, indicando con el mote su procedencia.

El espada Gaviño no abandonó al país. No solamente resistió a las embestidas de “nuestro nacionalismo taurino” sino que consiguió domeñarlo y alcanzar popularidad y cariño. ¿Cómo realizó tal prodigio? Indudablemente fue por la “diplomacia” igualmente en sus relaciones sociales que en las artísticas. La edad de Gaviño -veintiuno a veintitrés años- y su carácter festivo, lleno de ingeniosidad y llaneza andaluzas, su prodigalidad para gastar el dinero, hicieron que continuadamente estuviera en holgorios, fandangos y juergas asimilándose los refranes y modismos usados y aprendiendo los cantares y bailes populares. Se hizo de amistad con todos los parranderos, igualmente con los de alcurnia que con los de baja ralea. Así logró ser conocido no solamente como torero en la plaza de toros, sino como individuo en sociedad. Poco a poco se fue olvidando que era “gachupín” nacido en Puerto Real, en la provincia de Cádiz. Inconscientemente se le fue mexicanizando. Así fue empleada la “diplomacia” para el modo de vivir en privado.

Gaviño era mejor lidiador que los que aquí radicaban, que los aborígenes. “Era genial y de una gracia singular, conservando siempre en su modo de torear y de vestir el sello de torero español, aunque estaba entre lidiadores extravagantes”, tal dice su biógrafo el escritor taurino Don Juan Corrales y Mateos de seudónimo “El Bachiller Tauromaquia”. Pero, Gaviño tuvo el tacto de no pretender imponerles súbitamente su superioridad, sino que paulatinamente y con los hechos delante de los toros les fue demostrando el que podía más. Así no se malquistó y llegó a apoderarse de la supremacía taurina, de la hegemonía, hasta tal grado que después fue reconocido como el fundador de un estilo de torear que inapropiadamente titularon: “Estilo de torear mexicano”. No se percataban que lo implantaba un “gachupín”, enseñando lo aprendido en España.

Con el “estilo de torear mexicano” nuestro nacionalismo taurino adquirió un pretexto artístico para befar a los toreros españoles. Se conservaba la misma cara o sea el rencor ancestral y racial al español, pero se le befaba porque no sabía torear al “estilo mexicano”, que era el único bueno Ya no se insultaba únicamente porque era español, sino porque era mal lidiador por no hacer lo que hacían los lidiadores aborígenes. El único “gachupín” buen torero que había llegado a la República Mexicana era Gaviño, al que todos respetuosamente nombraban “Don Bernardo”, diestro que ya, en su madurez, que no pasó como cualquier otro, padeciendo angustias, dedicaba sus tiempos libres como tallador en una casa de juego, que tenía un establo de vacas y una casa en Orizaba que llamaban de los “Jilgueros”, por el crecido número que cuidaba. Su carácter lo mantuvo siempre alegre, como buen andaluz, y conservó su vigor, hasta los 73 años que tenía al morir, en el callejón de Tlajomulco.

“Gaviño comenzó el aprendizaje de la Tauromaquia allá en su patria, en la ciudad de Sevilla, en la casa matadero de reses, tomando lecciones del célebre legendario espada Juan León alias “Leoncillo”, a quien simpatizó lo valiente, ágil y vivaracho del mozuelo que guió la enseñanza en las cuadrillas de novilleros coterráneos -de Cádiz- pues era de la ciudad de Puerto Real, aledaño de Cádiz era Gaviño. Por disgustos familiares emigró para América, cuando ya estaba moldeado tauromáquicamente, y terminó el aprendizaje en las plazas de toros de Montevideo (entonces de gran importancia tauromáquica) y en la de la Habana (también importante). Estando toreando en esta ciudad, hizo amistad con el espada mexicano Manuel Bravo que también allí estaba, y por recomendación de él y por el mérito artístico de Gaviño, fue ajustado el torero español para que viniera a México, justo en el momento de estar perfeccionando su estilo y tauromaquia en la Habana.

La frecuencia en torear, igualmente en las plazas de toros que en las “haciendas” en las invitaciones que le hacían produjo que Gaviño conociera perfectamente la índole del toro mexicano, que siempre ha sido menos fuerte e impetuoso que el toro español y más bravío que el toro Antillano o Sud-Americano Por esto, Gaviño mejor preparado artísticamente que sus colegas los toreros mexicanos, fue superándoles, hasta llegar a ser el “AMO” o sea el preponderante en el aprecio de los aficionados.

De ese modo empuñó el cetro tauromáquico en la ciudad de México y por ende en las foráneas, esparciendo su nombradía por toda la República. Era solicitado para todas las Ferias de importancia y acudía, no obstante lo molesto y difícil de las carreteras y de los vehículos de locomoción. Por tal paulatinamente fueron tributándole admiración los lidiadores regionales. Todos hablaban encomiásticamente, de manera igual que lo hacían nuestros abuelos y padres, para aquella época aficionados tan inteligentes como los actuales.

Automáticamente el modo de torear que tenía Gaviño fue infiltrándose en todos los aborígenes lidiadores ya en el ejercicio y en los que comenzaban el aprendizaje y hubo una generación de toreros mexicanos por la nacionalidad de nacimiento pero hispanos por la del Arte Tauromáquico”.

El testimonio de la marquesa Calderón de la Barca

Por otro lado, gracias a los testimonios de la Marquesa Calderón de la Barca quien en la novena carta de "La vida en México" deja amplísima relación de una corrida presenciada a principios de 1840, empezamos a conocer parte de aquel ambiente que priva por entonces en la fiesta.[La vida en México, durante una residencia de dos años en ese país. 6a. edición. Traducción y prólogo de Felipe Teixidor. México, Editorial Porrúa, S.A., 1981] .

Esta mujer, Frances Erskine Inglis, escocesa de nacimiento, con unas ideas avanzadas y liberales en la cabeza acepta el espectáculo, se deslumbra de él y cumple narrando el desarrollo, al menos, de dos festejos que atestigua, tanto en la ciudad de México, como en Zempoala, Hgo.

Madame Calderón de la Barca nos presenta un perfil sobre la personalidad de Bernardo Gaviño, quien vuelve a aparecer en la escena, considerando que las cartas de La vida en México fueron redactadas durante 1840 y 1842 fundamentalmente.

Ambos deben haberse conocido en los constantes encuentros tenidos gracias a invitaciones de los hacendados de la época, quienes no podían dejar de incluir a personajes de tal estatura. Un segundo encuentro se tuvo en la hacienda de Santiago, del señor José Adalid, por los rumbos de Zoapayuca, estado de Hidalgo “viejo caserón que se levanta solitario en medio de grandes campos de magueyes. Junto tiene un jardín abandonado, y entre su enmarañada espesura retozaba un cervatillo domesticado que nos miraba asombrado con ojos salvajes”.

He aquí lo que escribe en dos de sus cartas recopiladas en el citado libro. Estas dos cartas, la Nº IX y XVI aportan datos significativos sobre la personalidad de Bernardo Gaviño, pero fundamentalmente nos dan elementos sobre un torero que no se ha perdido del panorama. Antes al contrario, se está afianzando en nuestro país y si se ha perdido en el lustro que va de 1835 a 1840 es por razón de que no se encuentran noticias en la prensa de aquellos momentos. Por azar y por fortuna, madame Calderón de la Barca vuelve a ponerlo en circulación, manifestando que se trata de un matador que ocupa un sitio con estatura similar a la que tienen los hermanos Ávila, de Andrés Chávez o de Manuel Bravo, por entonces los diestros más connotados del momento.

Además, Gaviño -como se ve- está siendo acogido por la crémede la sociedad. Es amigo de personajes como el conde de la Cortina, de los hacendados Adalid, Cervantes y probablemente otros con quienes nos encontraremos más tarde. Su participación en fiestas destinadas a exaltar a presidentes, generales o situaciones patrióticas -a pesar de ser español, pero tan mexicano por avenirse a tales circunstancias sin ningún recato-, lo van colocando en lugar privilegiado, situación que debe haber aprovechado de manera inteligente, puesto que su influencia en un medio que le permitía tal condición -por haber muy pocas opciones, y ser él quien encabezara al pequeño grupo de toreros encumbrados-, fueron moldeando un sistema que le beneficiaba, al grado de convertirse -sin quererlo o no- en un “mandón” del toreo en México.

Carta IX, fechada en enero 5 de 1840.

6. Esta mañana temprano, día de la corrida de toros extraordinaria [a efectuarse en la Real Plaza de toros de San Pablo], aparecieron unos carteles en todas las esquinas, anunciándola, junto con ¡un retrato de Calderón! El Conde de la Cortina [don José Justo Gómez de la Cortina y Gómez de la Cortina] vino poco después del almuerzo, acompañado de Bernardo, el primer matador, a quien nos trajo a presentar. Os envío el convite impreso en seda de color blanco, orla de encaje de plata y unas borlitas colgando de cada esquina, para que veáis con qué primor suelen hacer aquí estas cosas. El matador es un hombre guapo, pero de exterior torpe, aunque dicen que es de una gran agilidad y muy hábil. Debo escribiros mañana una reseña de “mi primer corrida de toros”.

7. Ayer, por la tarde, había grandes temores de que lloviese, lo cual habría obligado a aplazar la lidia, no obstante se aclaró el cielo, y nunca sabrán los pobres toros cómo su suerte dependió de las nubes. Un palco, de los del centro, con alfombra y araña de plata, dispuesto para nosotros; pero nos fuimos con nuestros amigos los Cortina, que tienen el suyo al lado. El espectáculo, a pesar de no haber visto la magnificencia de la arena de Madrid, me parecía movido y deslumbrante en grado sumo. Imaginaos un inmenso anfiteatro, con cuatro grandes filas de palcos, a cuyos pies se extienden los asientos al aire libre, lleno todo a reventar; los palcos ocupados por señoras lujosamente ataviadas; en las graderías el alegre colorido de una muchedumbre enardecida de entusiasmo; dos bandas militares, tocando a perfección trozos de óperas, señoras y campesinos, y oficiales de gran uniforme; una extraordinaria diversidad de colores, y todo el conjunto iluminado por este cielo eternamente azul. Ya podéis concebir que el espectáculo fue tan variado como curioso.

Cerca de las seis y media, un toque de trompetas anunció la llegada del Presidente, quien vino de uniforme, con su estado mayor, y tomó asiento a los acordes de “¡Guerra! ¡Guerra! I bellici trombi”. Poco después los matadores y los picadores, a pie los primeros y a caballo los segundos, hicieron su entrada, saludando a todo el público alrededor de la arena, y fueron recibidos con un estallido de vítores.

El traje de Bernardo, de azul y plata, era magnífico, y le costó quinientos pesos. Diose la señal, se abrieron las puertas, y salió el toro; no tan grande, ni de aspecto tan fiero como los de España, sino pequeño, nervioso, bravo y desparramando la vista.

 “Tres veces suena el clarín; ¡Atención!, la señal se oye,
se dilata la caverna, y con muda expectación
la gente que hincha el circo abre la boca en todas partes. 

Surge con salto formidable el poderoso bruto
y, mirando salvajemente, huella con pie inquieto
la arena, sin lanzarse ciegamente al enemigo.

Con su testuz amenazante apunta a todas partes
y dispone su ataque, sacudiendo inquietamente
la cola enfurecida y sus ojos fulguran chispas…”

Cuadro tan fiel como poético. La primera pose del toro es bellísima. Pasta, en su Medea, no podría superarla. Mientras, los matadores y los banderilleros llaman la atención del toro con sus capas encarnadas -y los picadores le clavan sus lanzas. Precipítase el animal contra los primeros y lanza al aire las capas que le arrojan; saltan los toreros la valla que circunda la arena; arremete contra los otros y derriba a los caballos, y muerden el polvo sus jinetes en varias ocasiones; recobrando, ambos, al instante el equilibrio, pues en ello no hay tiempo que perder. Quisieron después los matadores recurrir a los fuegos artificiales; eran unos cohetes adornados con ondeantes cintas que prendían en las astas del toro, y hacían que éste, al revolver la testa, se viera envuelto en llamas. Alguna que otra vez, el picador agarraba la cola del cornúpeto por su extremidad, y levantado el pie derecho le hacía pasar sobre la cola, y sin soltarla, corría el caballo en dirección contraria a la de la res, obligándola a caer en tierra.

Enloquecido por el dolor, arrojando caños de sangre, erizado de dardos y cubierto de cohetes, corre el desafortunado toro en contorno, embistiendo, ciego, a hombres y caballos intentando saltar la barrera repetidas veces; mas la multitud, con su griterío y agitando sus sombreros, se lo impide. Por último, acosado, y al cabo de sus fuerzas, le da el golpe mortal el matador, lo que se considera como la suerte suprema. Quedóse inmóvil el toro, como sospechando que le había llegado su hora, dio algunos pasos vacilantes tirando cornadas al aire, y terminó por echarse. Una última cuchillada y el toro exhala el postrer aliento.

Sonaron los clarines y tocó la música. Entraron a la plaza cuatro caballos, engancharon al toro de sus tiros y, echando a correr a galope, se lo llevaron fuera de la arena.

Esta última parte produce una gran impresión y recordaba la de un sacrificio romano De manera similar dieron muerte a ocho toros. El espectáculo, en conjunto, es de una gran belleza; la habilidad de que hacen gala, divierte; mas ese modo de atormentar al toro repugna, y porque aquí embotan las puntas de sus cuernos, siente uno más simpatía por él que por sus adversarios del género humano No puede ser bueno el acostumbrar al pueblo a que vea estos espectáculos Sangrientos.

Pero dejad que os confiese que si al principio me cubrí la cara porque no me atrevía a mirar, poco a poco fue creciendo mi interés de tal manera, que ya no pude apartar los ojos del espectáculo, y entiendo muy bien el placer que encuentran en estas bárbaras diversiones los que están acostumbrados a ellas desde la infancia.

Terminó la corrida en medio de grandes y prolongadas aclamaciones, y luego procedieron a quemar un castillo de fuegos artificiales, levantado en el centro de la arena, y entre los resplandores de las luces multicolores aparecieron: primero, las Armas de la República, el águila y el nopal; y encima, ¡el retrato de Calderón! de uniforme azul y plata. Cayó a sus pies con gran estrépito el águila mexicana, mientras él seguía ardiendo en un chisporroteo y ráfagas de fuego, en medio de un redoble tremendo de aplausos y ovaciones. Este fue el remate de la función extraordinaria, y una vez que todo término nos fuimos a cenar en casa de la Condesa de la Cortina, escuchamos un poco de música por la noche, y regresamos después a nuestra casa tolerablemente cansados”.

Carta Nº XVI del mes de mayo de 1840

 7. El mismo día de nuestra llegada (a Tulancingo) vinieron de México Bernardo el Matador y su cuadrilla, trayendo consigo sus magníficos trajes, con el propósito de darnos una corrida en el campo. Como una hacienda de estas no es más que un enorme caserón vacío sin muebles y sin libros, no hay más remedio que buscar las diversiones puertas afuera, o bien en las grandes veladas dentro de la casa (…)

Por las noches, todo el mundo se reúne en una gran sala, y mientras la Señora Adalid toca el piano, toda la concurrencia, administradores, dependientes, mayordomos, cocheros, matadores, picadores y criadas, ejecutan los bailes del país; jarabes, aforrados, enanos, palomas, zapateros, etc., etc.(…) Los bailes son monótonos, con pasos cortos y con mucho desconcierto, pero la música es más bien agradable y algunos de los danzantes eran muy graciosos y ágiles; y si no fuera porque el hacer distinciones provoca la envidia, deberíamos mencionar con énfasis a Bernardo el Matador, al primero cochero y a una hermosa muchacha de falda corta roja y enaguas amarillas, con pies y tobillos à la Vestris.

Y Bernardo, dióse a bailar un Aforrado que iba así:

1
¡Aforrado de mi vida!
¿Cómo estás, cómo te va?
¿Cómo has pasado la noche,
no has tenido novedad? 

2
¡Aforrado de mi vida,
yo te quisiera cantar!
¡Pero mis ojos son tiernos,
y empezarán a llorar!

3
De Guadalajara vengo
lidiando con un soldado,
sólo por venir a ver
a mi jarabe aforrado.

4
Y vente conmigo,
y yo te daré
zapatos de raso
color de café. (…)

 Luego fueron a Zempoala y por la tarde, a la Plaza de Toros.

La hora era fresca, nuestras monturas buenas, el camino bonito y sombreado, y la misma Plaza una cerca pintoresca circundada de árboles. Habían puesto unas sillas en una elevada plataforma, y el verde brillante de las arboledas, los deslumbrantes trajes de los toreros, el mugido de los toros bravos, la nerviosidad de los caballos, la música y la algazara y los gritos de los indios trepados en los árboles, arrebatada la atención, cuando menos a primera vista, por su salvaje grandeza. Bernardo iba vestido de raso azul y oro; los picadores, de negro y plata; los demás, de raso oscuro y oro; todos los de a pie llevaban un calzón que les llegaba a la rodilla medias de seda blanca, un pequeño gorro negro con cintas y un mechón de pelo trenzado, colgado atrás. Los caballos fueron, en general, buenos, y cada vez que se presentaba un nuevo adversario, parecían contagiarse del entusiasmo de los caballistas. Salían los toros unos tras otros dando bufidos, y como aquí suelen ser bravos y no les despuntan los cuernos como en México, los lances resultan mucho más peligrosos. A los toros no les mataron, pero fue más que suficiente el tormento que les dieron. Uno de ellos, cubierto de dardos y de cohetes, adornados con cintas y papeles de color, brincó de golpe sobre una pared muy alta y desapareció entre los bosques. Pensé después en este infeliz animal: ¡cómo ha de haber vagado la noche entera, bramando de dolor, con los dardos y sus alegres adornos penetrándole en las carnes!

 “Así, cuando el pastor, desde el seguro
escondrijo, hiere con flechas traicioneras
la cierva descuidada, ella se lanza,
fugitiva, hacia el bosque. Furiosa,
por el dolor que la atormenta, salta
sobre el prado y se encamina
en busca de silentes matorrales. Mas en vano,
pues el dardo fatal va siempre, siempre,
ensartado en su flanco y la atormenta…”

La destreza de estos hombres es sorprendente; mas la parte más curiosa de la función fue cuando el cochero de los Adalid, un mexicano fuerte y hermoso, se montó en el lomo de un toro bravo, que cabeceaba y reparaba, como si estuviera poseído por una legión de demonios, y obligó al animal a dar vueltas y vueltas al galope, alrededor de la arena. Primero lazan al toro y le derriban sobre el costado, a pesar de su furiosa resistencia. Una vez que está derribado le montan, pero permaneciendo de pie, con las piernas abiertas, sin descansar sobre el lomo del toro hasta el momento que quitan el lazo de la cabeza de la res, que se levanta y se enloquece pretendiendo en vano quitarse una carga a la que no está acostumbrada. Para desmontar debe repetirse la misma suerte, pues de otra manera el toro acabaría a cornadas con el jinete. El trance es terriblemente peligroso, pues si el toro se quita al hombre, su muerte es casi segura; pero estos mexicanos son magníficos jinetes. Un fraile, que pertenece a la Hacienda, da muestras de ser un apasionado admirador de todas estas faenas, y su presencia, en caso de un accidente desgraciado, como suele suceder, ofrece sus ventajas.

En un momento, se oscureció el cielo, se interrumpió la fiesta, y en medio de una tremenda tempestad de lluvia y truenos montamos a caballo para regresar a casa a galope tendido.

Desde Tulancingo, y al estremecimiento de otra corrida (en la que seguramente también participó Bernardo Gaviño), madame Calderón lanzó su más famosa sentencia que luego se convirtió en complacencia que va así:

¡Otra corrida de toros ayer (8 de mayo, en Tulancingo) por la tarde! Es como con el pulque, al principio le tuerce uno el gesto, y después se comienza a tomarle el gusto (…).

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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