Doña Angustias: «El amor propio lo mató»

por | 24 Ago 2011 | Retazos de Historia

Aquel mes de agosto, cuando se iban a cumplir 25 años de la tragedia de Linares, el calor caía a plomo sobre Córdoba. En su casa de la avenida de Cervantes, la que su hijo le compró a los Cruz Conde, el patio era, sin duda, la estancia más fresca.   A esta casa me trajo mi hijo el año 43, siendo ya figura. La casa está igual que cuando Manolo vivía. Este patio se hizo  a capricho suyo. Recuerdo que guardó el secreto de la compra de esta casa, hasta que un día me trajo aquí y, todo sonriente. Me dijo: “mamá, esta es tu casa, la he comprado para ti”. Todos los regalos que me hacía eran buenos. Era muy buen hijo, me quería mucho, más que a nadie. Hasta para morir se acordó de mí: <qué disgusto se va a llevar mi madre>, le dijo al confesor en Linares. Era tan buen hijo como torero”.

No sé como será hoy en día, pero en aquel mes agosto que ahora recordamos la mansión cordobesa estaba como Manolete la dejó antes de salir para aquella serie de corridas que acabó en Linares. En el armario encontraría sus camisas a la espera de ser utilizadas, como  esas chaquetas de hilo blanco que dieron la vuelta al mundo. Hasta siete pares de zapatos aún sin estrenar se podían contar en el ropero.  Luego, los vestidos de torear, los dos fundones con las espadas…El despacho, tal como él lo dejó; el mueble bar del salón seguía intacto… Todo como le estuvieran esperando verle aparecer aquella misma tarde.

Y en aquel patio estaba tranquilamente doña Angustias, pendiente de que alguna de sus hijas le leyera las páginas de toros de la prensa del día. “Los domingo siempre pongo la radio, así me voy enterando de lo que pasa en las plazas. Claro me que interesan los toros, como en mi casa ha habido tres toreros”. 

Enseguida apostilló: “Pero esto de los toros hay que ver lo difícil que está… A todos los toreros le tengo mucha compasión, pienso que todos tienen mucho mérito, que los toros son muy traicioneros. Fíjese usted, quién iba a decir lo de mi hijo…”.

Para aquellas fechas  doña Angustias ya había cumplido los 90 años, muy bien llevados, por cierto. Pero era muy consciente que a los pocos días iban a cumplirse los 25 años de la muerte de su hijo, al que siempre se refería como su “niño”.

Y es que lo de su hijo lo tenía muy presente 25 años después.  A mí me cogió pasando esos días en San Sebastián. Mi Angustias se puso al teléfono y en cuanto me dijo que era Chimo y no Guillermo, como solía hacer, ya me dio el corazón que pasaba algo. Nada, lo que dicen siempre, una cornada sin mayor importancia. Me fui derecha a la radio derecha y nada más empezar el parte de las 10…En la ingle, una cornada en la ingle.  Don Pablo Chopera y el Duque de Villapadierna se ofrecieron a llevarme hasta Linares. <No es nada Doña Angustias, pero vamos a verle>, me decían. Yo no quería ir y les dije que al niño no le gustaba que yo fuera a verle cuando le habían dado una cornada. Pero, nada, que al final me fui. Todo el viaje iba mosca. Los demás….¡ay Señor!”.

 Yo le venía pidiendo que lo dejara, que los toros tienen mucho peligro. Pero siempre me contestaba lo mismo: <Madre, a mí ya no me pasa nada>. Y yo me lo creía. Ese año 47 estaba ya un poco cansado, pensaba en retirarse. Estaba deseando que llegara octubre. Luego se habría ido a América y se acabó. Eran sus planes. Per lo mató un “miura” en Linares. ¡Con la de miuras que el había matado…! No podía soportar que le atacaran, porque no eran justos. Venía de las plazas del Norte, donde se había atravesado la gente. Y en Linares entró a matar con vergüenza, con amor propio. El amor propio lo mató”.

Sin perder el hilo, me explicaba: “¿Sabe usted del torero del que siempre me hablaba mi dijo? De Pepe Luis Vázquez. Era el primer partidario que tenía Pepe Luis. Recuerdo que me repetía, <si éste pega 40 muletazos de los suyos todas las tardes, me tenía que ir yo para casa>. Eran muy buenos amigos y siempre se ha portado muy bien con nosotras. Lo de este invierno mismo…” .

Se refería doña Angustias a una crítica muy dura que aquel invierno un aficionado conocido había hecho de Manolete, a la que le contestó Pepe Luís. “El niño era el primero que comprendía las opiniones de todos. Ya se sabe, a un artista unos días cosas le salen bien y otros no tanto. En su tiempo se metían mucho con él; aquella campaña del final fue tremenda. <Manolete, si no sabes torear pa que te metes”, le cantaban. ¿Qué le parece? Si el se lo sabía todo de sobra. Lo que nadie pudo decir es que no era honrado; tenía un coraje, un amor propio… Y la gente le quería, todavía hoy los aficionados se interesan por él”.

Sus recuerdos brotaban con naturalidad. “Hay que ver lo bien que vestía el niño, Cuando toreaba en Córdoba, le gustaba siempre vestirse en nuestra casa. Cuando ya se iban los señores que venía a saludarle, se quedaba solo con nosotras. Le gustaba hacerlo así”. Y continuó: “En la plaza nunca le vi torear. Y mire usted que yo tengo entereza. Pero ni a él le gustaba que fuéramos ninguna de nosotros, ni yo quería ir”. 

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