De cómo deben correrse los toros y la forma ortodoxa de ejecutar las largas con el capote

por | 8 May 2014 | La Tauromaquia de los grandes maestros

Apunte al natural de Luis García Campos

Según Ángel Álvarez Miranda, a expresión "correr al toro" es muy antigua en la lengua española y se encuentra muy frecuentemente, al menos desde el siglo XIII, tanto en lo que podríamos considerar como la lidia convencional, como en algunos festejos populares, el más conocido de los cuales quizá sea el conocido como el “toro de bodas”, que tan documentadamente trajo a nuestras páginas Plácido González Hermoso.

Pero en el toreo moderno, de forma principal cuando se habla de correr a un toro, nos estamos refiriendo a la acción que realiza –mejor dicho, que realizaba, porque prácticamente ha caído en desuso– el peón de confianza para que de salida su matador pudiera conocer las condiciones del toro.

Ese gran banderillero que fue Alfonso Ordoñez, el menor de la hijos del Niño de la Palma, comentaba en conversación con José Luis Ramón, para su libro “Las suertes del toreo por sus maestros”, que "esta suerte se ejecuta para parar a los toros de salida, lo mismos para cerrar al que se ha emplazado que al que viene embistiendo por derecho en el tercio; aunque también sería posible realizarla para llevar al animal al caballo o para sacarle de él”.

Y con buen tino añadía: “Para que esta suerte quede lucida, y sea efectiva,  es importante que el torero mantenga la figura relajada, con la mano que no torea caída con cadencia, sin crispación alguna en la figura, y que el toro no tropiece nunca el capote"

Entiende Alfonso Ordoñez que, antes de soltarle una mano al toro, es necesario darle un par de capotazos a dos manos, uno por cada pitón, porque no a todos se les puede torear a una mano, ni a con todos la suerte se puede ejecutar de la misma forma.

Ese comprobar el estado y naturaleza del toro aparece desde el comienzo como la raíz y el fundamento de esta forma de torear. En su libro “Toreo de capa”, Robert Ryan, recuerda como Montes le llega a dedicar todo un capítulo de su “Tauromaquia” y la interpreta como hasta hace unas décadas fue tradicional: como la forma de ver las condiciones del toro, de su embestida, e incluso de los terrenos a los que pueda tener querencia. Siempre, tratando de llevar al toro en la trayectoria más recta posible, sin en ningún caso pasarle.

A favor de la plasticidad de estas suertes recuerda Ryan que pueden localizarse numerosas estampas del toreo decimonónico en las que se representa a un torero con su capa recogida a una mano, el cuerpo del torero inclinado en el momento previo a tirar la larga; en otras estampas el torero corre, llevándose al toro, la atención del toro en la capa que a una mano deja arrastrar detrás de sí el torero. “Tan garbosa era la acción de tirar una larga –dice Ryan– que el conjunto que ofrecía cautivó a los artistas que compusieron el testimonio gráfico de aquella lidia"

En un texto que es todo un clásico, el creador de la crónica taurina, Santos López Pelegrín, “Abenamar”, en “Suertes del toreo” de su libro “Filosofía de los toros”, escribí en 1842 que  “el correr los toros aunque es muy fácil, no es sin embargo tanto que no tenga sus reglas para ejecutarlo con perfección y seguridad, pues de otra suerte iremos descompuestos, y el toro será el que nos corra, en vez de nosotros correrlo a él”.

Y a continuación aconseja sabiamente que “el que vaya a correr un toro debe advertir las piernas que tiene, si está o no en querencia, si está distraído, y la clase de toro que es”. Y a continuación va puntualizando: si el toro tiene muchas piernas, el torero debe procurar tomarlo largo, echándole el capote abajo, y no parándose nada en el momento de citarlo, porque si arrancan con prontitud, como corre mucho, se lo encontrará encima y le podrá dar una cogida; si está en su querencia, se hace necesario tomarlo muy corto, pararse mucho al citarlo, y obligarlo demasiado para que salga. Y a modo de conclusión añade: “El que no se sienta con muchas piernas no debe intentar el correr estos toros cuando ellos las tienen”.

Y ya en nuestros tiempos, José María Cossío considera que "ninguna Tauromaquia estudia por separado estas suertes del toreo a una mano, que son, sin embargo, las más primitivas. Tirar una larga es lanzar el capote cogido por un extremo en toda su extensión, y este es el tiempo inicial del correr los toros con el capote a una mano

Aducía, entre otros argumentos, el pensamiento de Fernando El Gallo, el padre de Rafael y Joselito, según el cual  que “el torero que no sabía torear a una mano era torero "de plazas sin palcos".

Las largas con el capote

Dentro de este concepto del toreo a una mano, se incluye en todos los tratado las distintas formas de dar las largas. A este respecto, el ismo Cossío sostiene que las largas pueden ser naturales o cambiadas, según se dé salida al toro por el lado en cuya mano se tiene el engaño o se dé por el contrario. Distinguen los autores, además, entre aquellas que se dan de pié de las que se ejecutan de rodillas. La larga natural se puede dar por alto y por bajo. En el primer caso, el remate es echarse la capa sobre el hombro correspondiente. Y a este propósito, de las largas por bajo fue especialista Bombita según recuerda el académico; a Lagartijo le correspondió inmortalizar larga por alto  que, comúnmente, se llama cordobesa, que con tanto acierto inmortalizó los pinceles de Julio Romero de Torres y del que Gerardo Diego dejó escrito: 

Con la larga cordobesa
que cae del hombro y no pesa,
que cae del hombro y no cesa
de prolongar desmayando
su decoro
       ….
Con la larga cordobesa
échate a la espalda el toro

Para cuando estos versos se escriben ya Rafael Guerra “Guerrita” había impartido su criterio al respecto en su Tauromaquia, en la que afirma que se trata de “las suertes más lucidas y vistosas que se ejecutan con los toros a poco de abandonar los toriles y cuando tienen todas sus facultades. Para efectuarla se coloca el diestro de rodillas en línea recta con el animal, le llama la atención con el capote, y cuando parte y llega a jurisdicción, le marca una salida que cambia en el momento de tomar el engaño. Esta suerte ha sido siempre ejecutada con gran fortuna por Fernando Gómez el Gallo"

Más adelante el Califa cordobés añadía: “Rafael el Gallo solía iniciar la larga cambiada a distancia, citando en la rectitud del toro, desde los medios o colocado en el tercio, en este caso dando a las tablas la mano que sujeta la capa, la capa desplegada en su mitad sobre la arena, él, justo en su centro, detrás de la esclavina. Las largas cambiadas y afaroladas gustaba Rafael el Gallo ejecutarlas de rodillas. Así, este diestro tan sensible, de voluntad tan tenue, dejó en el repertorio las suertes que mejor expresan en el instante de un revuelo, la voluntad y la entrega de un torero. Mas él se hincaba en deber de su propio genio creador que, cuando se sentía en vena, le aportaba un valor inmenso; un genio y un amor propio que le permitían desplantarse ante su hermano menor, decir a todo un Joselito: "Soy mejor torero que tú", y ser contestado con un beso, de hermano y de torero, de reconocimiento; para eso, había que haber inventado el toreo, y con el arte de Rafael el Gallo"

Muy en consonancia con el pensamiento de Cossío y de “Guerrita”, Robert Ryan atribuye también a Rafael el Gallo ser el torero que mejor ha comprendido, que mejor ha aprovechado esta forma de torear. Para el hijo de la “señá Grabiela”,  estos lances corresponden a una geometría nueva y precisa, basada en la forma de la capa abierta en vuelo, la capa que gira y revolotea alrededor del eje inmóvil que es el torero. “En las largas de Rafael el Gallo la capa ha de desplegarse en el aire limpiamente, porque concibió sus suertes como expresión de una estética desarrugada, en amor de la belleza de la forma", escribe Ryan. "Rafael el Gallo daba una precisión, una dimensión, una largura ahora perdidas a la larga, su larga, afarolada de rodillas", añade.

Y algo completamente diferente tenía Rafael El Gallo, para que Gerardo Diego le escribiera estos versos:

Con la larga afarolada,
abre ya al viento esa flor,
que pronto estará arrugada,
deshojada
sin corola y sin fulgor.
Con la larga afarolada,
que te espía
la gitana escarolada 
y bravía
para copiarte el revuelo
de tu capote a la espalda
y salpicarse hasta el pelo
los volantes de la falda.
Con la larga afarolada,
que se cerraba y se abría,
que se abría y se cerraba.
Con la larga afarolada,
la más breve flor, que ardía
en un suspiro -ay, María-
y en un soplo se apagaba.

No es una añoranza simplista, pero poco tiene que ver toda esta concepción de tal suerte a una mano con lo que en la actualidad vemos tantas y tantas tardes, la mayoría de las ocasiones realizado hasta de forma mecánica, sin llevar al toro metido en el engaño, sin torear en suma, sino simplemente dándole salida al toro de la forma mas precautoria posible.

Bibliografía utilizado:
 “Todas las suertes del Torero, José Luis Ramón.  Espasa, 1998.
“Toreo de Capa”. Robert Ryan. Guillermo Blázquez editores, 1996.
“Filosofía de los toros. Santos López Pelegrín, “Abenamar”. Madrid, 1950.
“Tauromaquia completa”. Francisco Montes. Madrid, 1836
“La Tauromaquia bajo la direcciñon técnic de Rafael Guerra “Guerrita”. Leopoldo Vázquez Luis Gandullo. Madrid, 1896. Biblioteca Digital de Castilla León.
“Los Toros”. José María Cossío. Espasa, edición 2007.
“Ritos y juegos del toro”. Ángel Álvarez Miranda. Biblioteca nueva, 1998.



 

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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