Cuestiones a revisar en la Tauromaquia actual

por | 16 Ago 2014 | Firma invitada

El espectáculo de los toros es, hoy día, blanco de diversas y encontradas opiniones dentro y fuera de su territorio. Por lo tanto, y aprovechando este vehículo de comunicación, desplegaré a continuación algunos aspectos que, en aras de poner algunos asuntos sobre el tapete de las discusiones, estos se analicen a profundidad y puedan ser tomados en cuenta para algunas adecuaciones convenientes, que de seguro mejorarían el desarrollo de la lidia en particular. Tales circunstancias modificarían la forma no el fondo, quedando intocada la esencia más original en la tauromaquia, buscando con ello afinar procesos o procedimientos que aparecen como componentes en su desarrollo a lo largo del discurso teórico de dos tratados que han sido, desde fines del siglo XVIII y primer tercio del siglo XIX, fundamentos de la tauromaquia. Me refiero a los documentos que reflejan las experiencias de José Delgado “Pepe Hillo” y Francisco Montes “Paquiro”.

Este primer punto va dirigido a empresas y ganaderos.

Sabemos que en el país[1] existen alrededor de 300 explotaciones ganaderas y que todas y cada una son susceptibles de que se integren a una dinámica por medio de la cual, los empresarios aprovechen sus capacidades (para lo cual, se tiene registro de 174 plazas de toros en el país), buscando con ello que el ganado a lidiar, además de cumplir los requisitos establecidos por el reglamento taurino en vigor[2], se someta a la evaluación del ganadero, así como por la opinión emitida por el público y una prensa que se esperaría, actuara imparcialmente.

He aquí la “Declaración de principios” que postula la Asociación Nacional de criadores de toros de lidia en México:

La ANCTL realiza un papel muy importante en el desarrollo taurino de México, tiene un fuerte compromiso con la afición mexicana, los servicios de sus agremiados hacen coro con la afición para el buen desarrollo de la misma, por esta razón tiene metas claras y al ir cumpliéndolas permite que tengamos un espectáculo de alto nivel tanto en lo profesional como en lo artístico, entre algunos objetivos:

Proteger los intereses de los ganaderos mexicanos
Apoyar y asesorar en sus operaciones comerciales
Capacitación constante en salud animal
Obtener beneficios para la inversión que representa
Buenas relaciones con los gobiernos federal, estatal, y municipal para apoyar el gremio ganadero
Excelente comunicación con los socios
Promover el comercio exterior
Impulsar la fiesta
Material para el aficionado (libros, revistas, videos, etc.)
Apoyar y asesorar para tener un espectáculo digno.[3]

En la medida en que la edad, presentación y juego se integren en un solo objetivo, insisto, las empresas tendrían a su disposición tanta materia prima como quisieran, con lo que se permitiría y estimularía un espectáculo actualmente a la baja, donde solo un pequeño grupo de ganaderías satisfacen por ahora el también reducido factor de condiciones estimuladas por los empresarios, cuya tendencia apunta al monopolio o a síntomas que favorecen a ese reducido grupo de privilegio, donde se encuentra una elite o el estamento de la torería nacional o internacional que, como sabemos, muchas veces condicionan el ganado de su elección, con lo que se restringe en forma notoria el funcionamiento cabal del engranaje en el espectáculo. (En una primera búsqueda por internet, aunque aparece la leyenda “Asociación Mexicana de Empresarios Taurinos, AMET), no existe más información de la misma

Esta es apenas una sugerencia que debe analizarse y discutirse a profundidad, de otro modo se corre el riesgo de que no suceda absolutamente nada y esto siga manteniendo –incluso- el riesgo de un colapso.

En cuanto a algunos aspectos propios de la lidia, conviene apuntar lo siguiente:

Mientras vienen transcurriendo las novilladas en la capital del país, así como su promoción deja mucho que desear (con promedio de entrada de 2.500 a 3.000 asistentes), se han presentado algunos síntomas de estancamiento y depauperación que sólo están orillando a que la puesta en escena sea siempre más de lo mismo. ¿A qué me refiero?

Entre los detalles que deben ser sometidos a revisión se encuentra el momento en que se desarrolla el primer tercio. Siendo tan pródigo el catálogo de lances, novilleros y toreros suelen llevar su participación al mínimo de sus interpretaciones. El problema se hace notar cuando el picador se encuentra en el ruedo. Esperaríamos que este personaje realice la suerte de conformidad a normas y tradiciones. Generalmente esto es una excepción a la regla y lo que cometen es una alteración de la suerte, diluyen en un dos por tres la ilusión que el ganadero tendría fincada para observar, en cuanto al novillo o el toro acometen a la cabalgadura sobre diversos aspectos vinculados con la evaluación de casta, bravura, nobleza y demás factores que podrían demostrar los bureles en ese preciso y crucial momento de la lidia. Pero no se corrige.

Muchos varilargueros tienen, entre otras actividades complementarias propias de su función las de acudir, en calidad de invitados a diversas tientas, por lo que no es de dudar que no sean ajenos a estas circunstancias, y seguramente ponen su mejor empeño para que un proceso tan complejo como la tienta misma, se lleve a cabo bajo principios muy estrictos, pero también de fuerte carga tradicional. El problema en el ruedo se recrudece en cuanto libres de todo impedimento, castigan en forma incorrecta, e incluso abusiva, deliberada y hasta criminal, si cabe el término, por lo que las descalificaciones de propios y extraños no se dejan de escuchar. No es lo mismo un puyazo en lo alto que sería lo correcto, a picar en cuanto sitio les permite su desacierto, el que además coronan con métodos indebidos como el “estira y afloja”, el “bombeo”, el “mete y saca”, y lo que es peor, muchos toros y novillos se les pica, sin necesidad de ello, tapándoles la salida, lo cual demerita la suerte. A todo lo anterior viene ese punto en que el matador en turno materialmente se deslinda de su responsabilidad, pues es el momento para que valore en forma rápida sobre si el castigo ha sido el justo o no. Tal aspecto debe darse en armonía con su oportuna intervención, pero no por parte de las cuadrillas, que solo deberían estar a prudente distancia. Con ello, lo que se genera es una intervención oportuna e inteligente del torero en turno, con objeto de materializar en forma correcta el término del “quite” y no llamar así a los posibles lances posteriores, porque suceden todavía cuando hay presencia de piqueros en el ruedo, pero no bajo la condición de que cuando se realiza tal maniobra es para sacar de la cabalgadura al toro o novillo, o salvar de algún riesgo al varilarguero en turno. Actuar en forma diligente y expedita permitiría que esta suerte lograra atenuar valores de violencia inútiles, abreviando sus propósitos y haciendo lucir a todas las partes. Estos momentos cubran una tensión que, si se le descuida, lleva a convertirlo en algo sumamente comprometedor, sobre todo cuando sabemos que la mirada de los contrarios está ahí, por lo cual conviene no dar motivo ni estimularlo, pues para eso entonces, sería necesario el común acuerdo de las partes. El asunto en principio complejo tendría clara solución si se busca pulimentar este episodio en la lidia, buscándolo hacer eficiente.

Otros dos asuntos más, por ahora, serán motivo de una siguiente apreciación: tienen que ver con el tercio de banderillas y la culminación de la faena en la figura de la “suerte suprema”.

Es importante eliminarle al tercio de banderillas esa etiqueta peyorativa que dio, y no le faltaba razón a Felipe Sassone, cuando lo calificó como el “tercio breve pero inútil”. Breve y no, siempre y cuando (y no tanto los matadores que realizan tal suerte, casi siempre con el lucimiento esperado) sino por parte de las cuadrillas, esperando que estas realicen dicha labor en la forma más cabal posible. Lamentablemente juegan aquí una serie de elementos que si no se les maneja en auténtico equilibrio del propósito o propósitos que la suerte busca, es que nos vamos a enfrentar en el caos, en el exceso de capotazos, en el intento una y otra vez provocando que eficacia y lucimiento desaparezcan para que se presente algo que no corresponde con lo que sería una suerte de banderillas de común acuerdo con la tradición, los usos y costumbres y ese afán de intentar mantener intocados sus valores, los que se encuentran asociados a la tradición.

Lo que sigue viene a ser, en buena medida un asunto de capital importancia que, de no atenderlo como sería el caso, correríamos muchos riesgos, cuestionamientos y serias acusaciones, por lo cual la suerte de la estocada debe analizarse a profundidad.

Dice la sentencia que “torero que no hace la cruz se lo lleva el diablo” y es cierto en la medida en que la suerte suprema tan eficientemente como sea ejecutada, permitirá que se cumplan los propósitos de un posible triunfo para el torero, siempre y cuando la faena así lo amerite. La estocada en un buen sitio permite que ese punto crítico en el cual se consuma toda la labor suceda en un tiempo relativamente corto. Con lo anterior, me refiero a ese delicadísimo segmento de la lidia donde el toro o novillo se convierte en el blanco de sacrificio, en el objeto donde termina el ritual de la representación y se vuelve, en cosa de unos instantes, en la abierta revelación de la agonía y muerte del toro mismo, hecho que ocurre a la vista de quienes asisten a un festejo taurino. Ese punto cobra especial significación en estos tiempos, donde diversos sectores de la sociedad han venido a cuestionar, fundados en el discurso de la violencia que aparentemente se registra en dicho instante. El sacrificio u holocausto del toro ha sido, a lo largo de los siglos una representación en la que la dimensión de una realidad concreta, tangible y dura como pueda ser la muerte, en el toro adquiere otra dimensión, pues dicho animal, en el proceso de domesticación o crianza se convirtió en un componente especialmente confeccionado para luchar, defender su vida a base de sustentos como la bravura, nobleza o codicia, objetos de su presencia en el ruedo, y estimulados estos principios por su belleza o trapío, a morir dignamente como ese guerrero simbólico que lucha cuerpo a cuerpo con aquella otra fuerza contraria –el matador de toros- y es entre ambos donde se gesta la solución de un conflicto: la muerte. Muerte superada o retocada por elementos técnicos y estéticos sometidos al azar. En cuanto el torero considera haberlo dominado, decide culminar aquella hazaña aplicando su decisión por propia mano. Es ahí donde la suerte de la estocada, o suerte de matar (nótese el significado que el adjetivo o el verbo adquieren en ese preciso momento) se materializa “ejecutando” al toro. Pera ello se utiliza un estoque que produce la herida fatal.

Como decía al principio, si la estocada fue certera, es probable que el toro se entregue, doble, caiga incluso “patas pa´rriba”, lo cual significa que sus efectos fueron contundentes. En seguida vendrá la consagración del héroe.

Todo hasta aquí parece tener tintes de gloria.

El problema comienza donde intento enfatizar los efectos que produce una falla, la que el torero comete “pinchando en hueso”, una y otra vez y entonces el lapso de agonía se torna incluso doloroso para los aficionados, que en esos precisos momentos, en tanto alcanzamos un estado de sensibilidad, sentimos, sufrimos junto al toro por la provocación de un dolor, camino de la agonía totalmente innecesarios. Uno, dos o más viajes con la espada, incontables descabellos producen incomodidad gratuita e incómoda, misma que debería quedar sujeta a posibilidades inmediata de obviar ese dolor innecesario, evitando con ello dar elementos de prueba a los contrarios, que siempre encuentran en esta expresión, suficientes motivos para cuestionarla, y de ser necesario radicalizando sus afanes hasta poner en evidencia el maltrato hacia los animales. Por tanto, considero como innecesarias dichas prácticas hasta en tanto dicho pasaje no quede sometido a la modificación prudente en el reglamento taurino. Se necesita recortar considerablemente el tiempo que puede durar el efecto producido por las heridas, con objeto de simplificar un instante que per se podría significar otra cosa, puesto que es el culmen de todas las aspiraciones a que se ha encaminado el espectáculo taurino en tanto ritual.

En ese sentido están obligados todos los novilleros y toreros de profesión a culminar dignamente dicho pasaje en los términos más apropiados posibles, sin que ello demerite el principio secular con que carga la fiesta desde que esta se pierde en la noche de los tiempos hasta hoy.

En la figura y sentido del “matador” está fincada la idea y certeza de que tales personajes poseen la capacidad suficiente para culminar con el mayor peso de responsabilidad, pero también de certeza una suerte en la que la tauromaquia sigue teniendo hasta hoy día un sentido en el que se concentra gran parte de sus significados.

[1] Nota de la redacción: Como fácilmente puede deducir el lector, en todos estos temas el autor se viene refiriendo a la realidad taurina de México. Pero sus consideraciones se pueden extrapolar a la generalidad de la geografía taurina.
[2] Reglamento Taurino del Distrito Federal (en vigor, con las últimas reformas del 26 de enero de 2004). Capítulo V. De las ganaderías.
Art. 28.- Para lidiar corridas de toros o novilladas en el Distrito Federal, las reses deberán estar inscritas en el libro denominado Registro Obligatorio de Edades de los Astados. Dicho registro será llevado por la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia, conforme a las disposiciones legales y reglamentarias aplicables y bajo la supervisión de la Delegación.
En el Registro Obligatorio de Edades de los Astados, la Asociación llevará un estricto control de las nacencias de éstos, mismo que especificará el día, mes y año en que haya tenido lugar su nacimiento, el número con que se herró a cada animal, su pinta al nacer, muescas y señas particulares. Para efectos de su anotación en el Registro, la ganadería deberá proporcionar la información a que se contrae el párrafo anterior a la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia, dentro de los treinta días posteriores a la fecha en que las reses fueron herradas. El herradero deberá realizarse dentro de los ocho meses siguientes al nacimiento de la res. Dicho periodo se podrá aumentar por cuatro meses adicionales, previa autorización de la Asociación.
La Asociación proporcionará a la Delegación un duplicado del libro o documento en que conste el Registro Obligatorio de Edades de los Astados y lo mantendrá debidamente actualizado.
[3] Disponible en internet, agosto 7, 2014 en: http://www.torosdelidia.org.mx/sobre-nosotros/

Los escritos de José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse en su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicana”, en la dirección:
http://ahtm.wordpress.com/

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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