Cuatro siglos de historia taurina en Cuba

por | 26 Ene 2013 | Ensayos

En la isla de Cuba se  celebraron las primeras corridas de toros en la América de habla hispana. Las primeras noticias que se tienen al respecto las proporciona el célebre fray Bartolomé de las Casas –fraile “trianero” dominico–, quien se trasladó a Cuba en la primavera de 1512 a requerimiento del adelantado Diego Velázquez, en calidad de capellán del conquistador Pánfilo de Narváez

Según su testimonio, la primera “corrida de toros” del Nuevo Mundo se celebró en 1514, a tenor de lo relatado en su “Historia General de Indias” que textualmente dice así: “Acaeció allí luego un terrible caso, que el día de Corpus Christi siguiente, que es cuarto día después del domingo de la Santísima Trinidad, lidiaron un toro o toros, y entre otros españoles había uno allí, llamado Salvador, muy cruel hombre para con los indios, el cual fue vecino de una villa llamada de Bonao (en el centro de la República Dominicana), en la isla de Santo Domingo, veinte leguas tierra adentro… Y trataba tan mal a los indios que lo tenían por diablo (…). Así que aqueste Salvador pasó a la de Cuba, donde también comenzó a usar de sus crueldades con los indios, y se halló aquel día de Corpus Christi con los otros que dije haber lidiado los toros…“.

Sin embargo Cossío, en el tomo IV de su tratado tauromáquico “Los Toros”, no recoge esta referencia de fray Bartolomé de las Casas y afirma que los primeros festejos se realizaron en 1538, refiriéndose a una corrida de toros celebrada en La Habana, con motivo de la llegada del Adelantado Hernando de Soto (Gobernador de la isla de Cuba entre 1538 y 1539). Por igual motivo se celebraron varios espectáculos taurinos que tuvieron lugar en Santiago de Cuba, en la parte sur-oriental de la isla.

También hay constancia que en 1569 se celebró otra corrida de toros en la capital de la isla, con el fin de honrar a San Cristóbal, que era el patrón de la antigua villa habanera y que no sería reconocida como ciudad hasta 1592. Cuentan que los vecinos pidieron al cabildo la eliminación de los mosquitos, moscas, hormigas y bibijaguas (una especie de hormiga muy agresiva, endémica de Cuba) que habían invadido las viviendas. Fue así que en una reunión con las autoridades, entre el gobierno de la ciudad y la iglesia, se acordó solicitar la ayuda al Apóstol Santiago, a quien, si sacaba los insectos de las casas, le dedicarían 32 corridas de toros entre sábado y domingo. Es de suponer que las plegarias no fueron lo suficientemente abundantes o que su débil fervor no alcanzasen los espacios celestiales, ya que los fastidiosos insectos continuaron haciendo de las suyas, por lo que también cabe imaginar que las corridas de toros no se celebraron.

Otro de los festejos importantes se celebró en 1759, donde se programó una espectacular corrida de toros en La Habana, con motivo de la coronación y subida al trono de Carlos III.

Y es que la proliferación de plazas de toros a lo largo y ancho de Cuba fue algo consustancial con la conquista y civilización de la isla, de las que someramente nos vamos a ocupar antes de entrar en detalle con las de la capital, cuya expansión se debió no sólo a la afición propia de los españoles y la prendida con celeridad entre los nativos, sino que muchas corridas se organizaban como asueto y relax de las tropas de ultramar y que servían, muchas veces, para levantar la moral de las tropas.

La ciudad de Cienfuegos, fundada en 1819 tuvo una Plaza de toros “de mediana construcción, de un solo piso al descubierto, en el que hay algunos palcos, con capacidad para 5.000 almas, según la tauromaquia de Guerrita. El 13 de febrero de 1887 aparece en el periódico “La Fraternidad” una noticia sobre el debut en la plaza de toros de Cienfuegos de una torera conocida como “La Cordovesa” y un niño de corta edad a quien denominaban “El Pequeño Mazzantini”.

En la provincia más occidental de la isla, cuya capital es Pinar del Río, la antigua “Nueva Filipina” -situada al Sur-Oeste de la capital, donde se encuentra la mayor producción de tabaco y de la industria del afamado puro cubano-, tuvo también su “Plaza de Toros de fuerte construcción, pero que carece de belleza y de bastantes dependencias. Es de un solo piso, en el que hay algunos palcos además de los de autoridades. Cabida, 6.000 personas”, como reseña la tauromaquia de Guerrita.

También en la ciudad de Matanzas, fundada el 12 de octubre de 1693 y situada al este de La Habana, muy cerca de las conocidas playas de Varadero, tuvo también su plaza de toros, y se sabe que en 1747 se celebró una gran fiesta taurina en ella.

Pero donde más arraigaron las corridas de toros fue en la capital, La Habana, que era donde estaba la Capitanía General de las fuerzas españolas y donde tenían sus casas solariegas la mayoría de los terratenientes españoles, dueños de las grandes haciendas cubanas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar y del tabaco.

La primera plaza de toros de que se tiene referencia fue la conocida como el Aserradero, erigida  en La Habana en 1769, ubicada entre las calzadas de Monte y Arsenal, cuyo lugar fue llamado posteriormente “Basurero”, muy cerca a la actual Estación Central de Ferrocarriles. La segunda plaza de toros se edificó en 1796, en el sitio en que hoy se cruzan las calles Monte y Egido. A esta le siguió, en 1818, la tercera plaza de toros, ubicada al fondo de la posada de Cabrera, esquina a la calle Águila, y otra más, la cuarta, que estuvo en servicio desde 1825 a 1836, frente al famoso café de Marte y Belona, allí donde la Calzada del Monte se entroncaba con la calle Amistad, donde posteriormente se edificó el Capitolio Nacional. La quinta construida, que estuvo en servicio desde 1842 a 1855, estuvo edificada junto al paseo del Malecón y precisó de autorización expresa del Ayuntamiento de La Habana.

La sexta plaza de toros capitalina se edificó en 1853, la llamada “Plaza de Toros de Belascoaín”, ubicada en la calle Belascoaín, e, a un costado de la entonces Casa de la Beneficencia, conocida también como “de La Habana”, por su importancia, y que se mantuvo activa hasta que en 1897 un terrible incendio la destruyó. Tenía una capacidad de algo más de 6.000 espectadores.

En esta plaza de toros tenía que torear, el domingo 29 de Noviembre de 1868, Francisco Arjona Herrea “Cúchares”, que curiosamente figuraba en los carteles anunciadores de ese día, como el que se aporta, con el segundo apellido cambiado, figurando el de “Guillén. Decíamos que tenía que torear ese domingo aunque la presencia de Curro no se produjo, no por una espantá de “Cúchares” sino por haber contraído la famosa enfermedad del “vómito negro” o fiebre amarilla, también llamada “plaga americana”, cuyas secuelas le produjo la muerte cinco días después, falleciendo el viernes 4 de Diciembre de 1868, festividad de santa Bárbara.

Pero aún se construyó una séptima plaza de toros en La Habana, denominada de “Carlos III”, también conocida como “de la Infanta”, inaugurada por el torero murciano Juan Ruiz Lagartija. Esta plaza ya se mantuvo activa hasta la prohibición absoluta y definitiva en 1899, cuando se produce la toma de las islas por tropas norteamericanas a raíz del suceso del acorazado Maine.

►Plácido González Hermoso, un reconocido estudioso del mundo de la Tauromaquia, detalle con numerosos pormenores esta poco conocida historia taurina de Cuba, en un ensayo que el lector puede consultar en el adjunto documento, en formato PDF.
La versión original de este trabajo puede consultarse en
 http://www.losmitosdeltoro.com

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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