Con el toro íntegro, las cosas cambian. En esta ocasión, el triunfo fue para Antonio Ferrera

por | 30 May 2013 | Temporada 2013

MADRID. Vigésimo segunda de abono. Casi lleno. Toros de Adolfo Martín, cuatro de ellos cinqueños (2º, 4º, 5º y 6º), de desiguales hechuras, pero todos con mucha cara. Antonio Ferrera (de negro y oro), ovación y una oreja. Javier Castaño (de gris perla y oro con cabos negros), silencio y vuelta tras aviso. Alberto Aguilar, (de blanco y plata), que sustituía al lesionado Iván Fandiño,  ovación y silencio.
Javier Castaño resultó herido por su primero en la mano derecha; por esta lesión, se alteró el orden de lidia, para dar así tiempo a que fuera atendido en la Enfermería, donde se facilitó el siguiente parte médico: “Herida por asta de toro en cara palmar de metacarpofalangica de primer dedo de la mano derecha con lesión de musculatura adductora del dedo pulgar, pendiente de estudio radiológico. Pronóstico leve salvo complicaciones, que no le impide continuar la lidia. Fdo: Dr. García Padrós”

Adolfo Martín abrió el tramo torista con el que termina lo que constituye propiamente la Feria de San Isidro. ¿Tarde con interés? Desde luego, desapercibida no pasó. Entre otras cosas, porque sin ser  una mole, la corrida tuvo tanta seriedad por delante que el escaso remate de algunos ejemplares pasaba más desapercibido.

Pero también tomó nota el personal que la corrida tenía mucho que torear, y en ocasiones que tratar de zafarse de los arreones  y regates de los “adolfos”.  No fue precisamente cómodo el que abrió plaza; malo sin paliativo alguno el que hizo 2º; un tanto desconcertante el 3º: lo mismo metía la cara que buscaba las zapatillas; humillando algo más que sus hermanos salió el 4º, que en algunos momentos incluso tuvo nobleza; una “prenda” el que Aguilar lidió como 5º;  con un pitón bueno –el izquierdo– y sus cosillas por el otro resultó con el que Castaño cerraba la tarde. Bravos, lo que se dice bravos según los criterios convencionales del caso, un par de ellos. En cambio, resultaron espectaculares las entradas al caballo del 6º –¡bien por Sandoval!–, aunque a la hora de meter la cara ya era otro cantar.

Pero por decirlo todo, anotemos dos factores que jugaron a favor del criador. El primero y principal, durante toda la tarde la terna estuvo decidida a lucir los toros. Fenómeno escasamente frecuente en nuestros días, pero que el púbico agradeció mucho. El segundo, más anímico pero no menos real, que el personal cuando se anuncia este ciclo torista cambia de chips con respecto a las cansinas corridas que le antecedieron.

Con este material, se va a cantar bastante la actuación de Antonio Ferreras  con su lote. Salvo algunos detalles, poco habría que objetar. Estuvo el extremeño muy centrado en la lidia, siempre oportuno, y con la cabeza despierta, convertido ya en un torero cuajado y sólido. En algunos momentos, además, toreó templadamente. Como lo que tenía delante era un toro en su integridad, todo eso constituye una labor encomiable, además de poco frecuente hoy en día. Por eso, raya en la tontería discutirle la oreja que se le concedió en el 4º, como discutirle la importancia de su tarde.

Ahora bien,  también hay cosas que objetar. Y así, por ejemplo, ¿era necesario torear más encorvado que una alcayata con el capote? Desde luego, estético no era. Necesario tampoco. Y conviene no hacer paralelismo con las viejas láminas de los grandes maestros de la Edad de Oro: dominaban a los toros con problemas sin descomponer el sentido escultural que siempre tuvo el toreo. Con todo, constatemos que se le aplaudió a rabiar. Otro ejemplo, ¿es completamente seguro y necesario los premiosos 20 minutos que dedicó para banderillear parsimoniosamente al 4º? Pues muy probablemente, tampoco eran necesario; es más: sobraban. Entre otras cosas porque en esta misma tarde vimos como incluso más superiormente  –reunión incluida en la mismísima cara— banderillearon David Adalid y Fernando Sánchez sin necesidad de tantos tiempos muertos y tantas alharacas.

Javier Castaño tuvo la cara y la cruz. En primer término, la cruz de ese 2º de la tarde que era mucho más que una broma pesada. sin humillación alguna, con derrotes continuos a la altura del pecho del toreo y más orientado que una veleta. Cornadita incluida, Castaño pasó un mal rato. Como si de una ley de las compensaciones se tratara, la cara vino en las buenas embestidas por el pitón izquierdo del toro que lidió en sexto lugar, con el que se vieron los muletazos mas templados y con clase de la tarde. Fue una pena que, quizás por la lesión en la mano, se le escapara el triunfo con la espada, porque el trasteo merecía más que la vuelta al ruedo.

Con el 3º, el único claudicante del conjunto, poco pudo hacer Alberto Aguilar, salvo acreditar con su firmeza que no se amilanaba.  La media docena de embestidas que tuvo por el pitón izquierdo las aprovechó muy bien. Pero debieron ser una equivocación pasajera: el “adolfo” no cogió la rectitud ni una vez más.  Con el que hacía 5º pedir mayores empresas era completamente absurdo: de allí no se sacaba nada decente. Aguilar respondió con hombría, lo único que se podía hacer.  Luego, alargado innecesariamente los insistentes intentos imposibles, el toro se complicó a la hora de matar, como suele ocurrir. 

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Taurología

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