Carta de un niño, sin asomo ya de duda, al Rey Melchor

por | 4 Ene 2015 | Literatura taurina

En otro 5 de enero,
unos cuantos años después,
cuando el niño no era niño,
ni las dudas seguían siendo dudas,
pero seguían vivas en la memoria

Majestad,

¡Cuánta alegría la mía cuando vi tu sobre en el alfeizar de mi ventana! ¡qué emoción al leer tus letras, nacidas de la hondonada más recóndita e íntima del alma! Tanto así que, aunque no me lo pedías en tu carta y aún cuando desconozco cómo te haré llegar la mía, me sentí interpelado, obligado a responderte.

He pasado, es cierto, una de las muchas fronteras que, dice mi madre, las personas tenemos que cruzar a lo largo de nuestra vida. No te engañaré: he desvelado el misterio que tu tupida barba blanca esconde; he atravesado la frontera. Pero, en contra de lo que suele suceder cuando uno va más allá de los límites de su tierra – ¿qué patria lo es tanto como el propio pensamiento o el propio corazón? -, no ha enraizado en mí el apátrida sentimiento del desarraigado. En tu carta, he hallado otro risco en el que hendir una bandera. No, querido Rey, no; en mí no hay hoy, en este cinco de enero en el que el misterio ha sido desvelado, sentimientos encontrados, ni enconados pensamientos de desafecto: hay una nueva ilusión, que es como aquélla de cuando aún el misterio permanecía velado, pero reverdecida en toda su potencia, en todo su esplendor.

Seguro que lo sabes: mis padres, a los que quiero mucho y con los que intento ser muy bueno, trabajan horas y horas a diario para que a mí y a mis hermanos no nos falte nada, para lograr para nosotros una felicidad temprana; la felicidad de una infancia algodonada y de una juventud conquistadora.  Y el secreto que encierra este día y que he descubierto, no ha hecho sino llenar mis ojos de esplendor ante la auténtica magia que ellos, mis padres, despliegan a diario, silenciosamente.

He de decirte, querido Melchor, que lejos de haber caído en la increencia, he reforzado mis creencias. Sí, creo en ti y en tus dos compañeros de viaje; creo que cada cinco de enero, emboscados en vuestras barbas y capas, a hurtadillas os llegáis hasta los zapatos de los niños para dejar en ellos los regalos de una Navidad que postreramente va tocando a su fin. Lo creo firmemente. ¿Qué más da si vosotros o aquellos; si en camello o en zapatillas de estar por casa? Qué más da todo eso. No son sino formas, fórmulas maravillosas en las que el acervo y el fervor se unen mistéricamente para hallar una imagen que sea hogar. ¡Qué más da, si al final ellos y vosotros os fundís en un único elemento! La ilusión.

Al cruzar esa frontera a la que te referías en tu carta, he logrado llegar a la esencia: tras las formas, queda la nuclear seguridad de una ilusión renovada año a año, en la que la infancia vuelve del pasado, vestida de fiesta y con una amplia sonrisa en los labios, con los brazos abiertos de par en par, para fundirse con nosotros en un abrazo que de confín a confín, nos haga otra vez niños; otra vez la blancura calurosa, otra vez blancura acuciosa que nos mueve y conmueve hacia ese portalito en el que la Blancura ha nacido. Y nos hace de nuevo niños.

Y esta nueva realidad que en mi pensamiento o por esas cosas de la vida, he encontrado, encontré también una fuente de temor, querido Rey: ¿cómo ser niño otra vez, cuando casi nada es nuevo ya para la mirada? ¡Es tan difícil! Y temo no poder hacerlo. Temo no poder lograr aquello para lo que estoy decidido: “ser nada menos que niño”, como decías en tu carta. Ninguna creatura es más sencilla, y por ello sublime, como un niño. ¡Es tan difícil!

Fue tu carta la que me lanzó el reto y es en ella en donde ahora, que soberanea ya el día el misterio de tu llegada, encuentro también la respuesta: no es en la razón desbridada, sino en el fondo del corazón en donde hallo de nuevo esas ropas livianas y brillantes que me hacen de nuevo niño.

Por eso, en este cinco de enero, en el que he dejado de ser niño para ser otra vez niño, te escribo esta carta, para que sepas que mi ilusión no se ha perdido por caminos tortuosos ni por senderos obscuros; que mi ilusión la guardo como un tesoro, como si fuera mi oro, mi incienso y mi mirra.

Con el abrazo de un niño,

Alvaro

PD. Y tranquilo, nuestro secreto está a salvo conmigo. Y cuando tenga yo que desvelar al hijo futuro el misterio de este cinco de enero, le daré tu carta para que lea las letras que todo un Rey remitió a un niño que, como él, también dejaba de serlo para volver a serlo. 

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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